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Regresé.
No pensé en Julia ni en Baeza. Corrí hacia Nora.
El humo convertía el corredor en una garganta negra. Detrás de mí, Baeza gritó algo que no entendí. Delante, el sonido de disparos rebotó contra las paredes.
El humo había reducido la visibilidad a menos de tres metros.
Las luces de emergencia se reflejaban en la espuma y creaban un resplandor sin profundidad.
Avancé siguiendo el cable principal de la consola y las marcas de zapatos en el suelo húmedo.
El edificio había dejado de parecer una fábrica.
Era una sucesión de obstáculos donde cada sonido podía proceder de otra nave.
Encontré un casquillo, una tarjeta rota y una mancha de sangre junto a una columna.
No me detuve, pero memoricé la ubicación mediante el número pintado en la base.
La necesidad de llegar a Nora convivía con la certeza de que después habría que demostrar lo ocurrido.
El cuerpo puede huir y registrar al mismo tiempo cuando ha aprendido que una versión no documentada puede ser borrada.
Baeza gritaba detrás, quizá pidiendo ayuda o intentando distraer.
No distinguí las palabras. Andrés disparó dos veces y el intervalo permitió calcular que cambiaba de posición.
La primera bala golpeó metal; la segunda, material blando.
El miedo se volvió espacial: dónde estaba Nora respecto a cada trayectoria.
Al verla junto a la consola, dejé de pensar en el archivo. La elección no consistió en destruir la verdad. Consistió en aceptar que ninguna prueba justificaba volver a convertir a Nora en recurso. El cierre podía costarnos años de investigación. No debía costarle otra vida decidida por otros.
Llegué al archivo frío.
Luján estaba en el suelo, consciente, con una herida en el brazo. Andrés sujetaba a Nora frente a la consola. Tenía el antebrazo alrededor de su cuello y el arma apoyada bajo la mandíbula.
—Baja la pistola —dijo.
La dejé en el suelo.
La exportación marcaba ochenta y uno por ciento.
—Cancela el filtrado —ordenó—. Envía el Libro completo a mi nodo.
—No.
Apretó el arma. Nora no lloraba. Miraba la pantalla.
—Puedes matarla y perder la raíz —dije.
—La raíz ya está abierta.
—La transferencia necesita su vínculo hasta el final.
Era mentira. Una vez validada, Nora no era necesaria. Andrés no lo sabía.
—Entonces la mantendré viva hasta que termine.
—Y después la matarás.
—Es mi hija.
—Has vendido cuarenta y ocho cierres forzados. ¿Cuántos eran hijos de alguien?
—No sabes qué significan esos registros.
—Julia emitió la orden de Marta y tú avisaste de que ibas a buscarla. Todo está en la exportación pública.
Andrés miró la pantalla. Ese segundo bastó para que Nora dejara caer el pequeño emisor. El dispositivo golpeó el suelo y activó una grabación.
La voz de Marta llenó la sala:
Si me ocurre algo, no ha sido un accidente.
Andrés se estremeció.
Nora le clavó el talón en la rodilla herida por la caída anterior. Él aflojó el brazo. Ella se agachó. Me lancé.
El disparo rompió el suelo de vidrio junto a la consola. Una grieta se extendió bajo nuestros pies.
Andrés y yo forcejeamos. Era más fuerte, pero tenía un hombro herido. Le golpeé la herida. Él me empujó contra el panel. La exportación se detuvo en el ochenta y tres por ciento.
Nora intentó reactivarla.
—¡Sal! —grité.
—No.
El humo entraba por la puerta. La energía manual caía. Julia ya no podía mantener la turbina o el fuego había alcanzado el mecanismo.
Andrés me agarró del pelo y me arrastró hacia la grieta.
—La elegiste a ella y dejaste morir a Marta —susurró—. Hazlo otra vez. Salva a la niña y deja morir el Libro.
El vidrio cedió.
Una sección del suelo cayó al nivel inferior. Nora quedó al otro lado, atrapada entre la consola y una viga caída. El fuego apareció en el corredor.
La pantalla ofrecía dos opciones:
REANUDAR EXPORTACIÓN .
CIERRE DE EMERGENCIA.
Para reanudar necesitaba permanecer en el panel. Para liberar a Nora debía cruzar la zona inestable.
Andrés sonrió.
—Ahora sí tienes todos los datos.
Pulsé cierre de emergencia.
El sistema comenzó a apagar servidores.
Andrés dejó de sonreír.
—¿Qué has hecho?
—Elegir a mi hija.