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Nora y yo volvimos a la consola mientras Julia corría hacia las turbinas.
En la pantalla, la exportación se había estabilizado al cincuenta y uno por ciento. El tiempo restante oscilaba. No era una cuenta atrás fiable; dependía de la energía, la velocidad de cifrado y el número de conflictos que marcáramos para revisión.
La pantalla mostraba no solo porcentaje, sino bloques confirmados, conflictos y destinatarios.
El cincuenta y uno por ciento podía incluir todos los expedientes útiles o ninguno de los críticos.
Nora abrió el detalle y clasificó por tipo de evidencia.
Faltaban las relaciones financieras, los registros de acceso y parte de la orden de Marta.
El humo empezaba a entrar por las rejillas y depositaba una película sobre el teclado.
Las teclas respondían con retraso. Cada error podía enviar un expediente a la cola incorrecta.
Utilizamos guantes finos para evitar contaminar, pero reducían sensibilidad.
La preservación forense y la necesidad de actuar competían en cada movimiento.
Nora creó tres destinos: juzgado, unidad técnica y depósito sellado.
El paquete público quedaba limitado a información que no identificaba a víctimas.
Los archivos dudosos se marcaban para revisión.
La estructura evitaba una filtración indiscriminada sin concentrar todo en una persona.
Era una solución imperfecta diseñada para que el poder pudiera ser discutido después.
La hora de la orden de Marta apareció vinculada a credenciales de Julia y a un terminal de Casa Cero. El dato no necesitaba interpretación inmediata. Necesitaba preservarse con contexto, firmas y registros que permitieran demostrar que no había sido creado durante el incendio.
—No mires el porcentaje —dijo Nora—. Mira qué falta.
Había aprendido algo que los adultos olvidaban bajo presión: una barra de progreso podía transmitir precisión sin explicar el contenido.
El primer cincuenta por ciento incluía índices, pagos y referencias pequeñas.
Los bloques pesados —grabaciones, imágenes, copias documentales— estaban al final.
Podíamos llegar al ochenta y perder la pieza decisiva.
Ordenamos por prioridad.
Primero, la lista de nodos y compradores activos. Después, los registros que demostraban reutilización de credenciales. Luego las órdenes de cierre forzado y las comunicaciones de Andrés. Los expedientes personales se enviarían por canales separados si quedaba energía .
—¿Y tu firma? —preguntó Nora.
—Dentro del registro de operaciones.
—Podrías ponerla al final.
—Sí.
—¿Lo has hecho?
—No.
Nora comprobó la cola. Mi nombre figuraba en el tercer bloque.
—Bien.
No era confianza. Era verificación.
El intercomunicador transmitía ruido de la sala de turbinas. Oímos el esfuerzo de Julia al accionar el volante. Cada variación de energía ralentizaba el sellado.
—¿Qué hace exactamente? —preguntó Nora.
—Mantiene el generador por encima del nivel mínimo. No produce toda la electricidad; estabiliza la carga para que los armarios no se apaguen de golpe.
—¿Podría hacerlo una máquina?
—La máquina está dañada.
—Siempre termináis utilizando un cuerpo para compensar un sistema mal mantenido.
La frase habría sonado diseñada en boca de un adulto. En la suya era observación literal.
Un conflicto apareció en la clasificación. EXPEDIENTE N-088. Menor protegida. Identidad vendida a un tercero antes de su asignación. Dos familias vinculadas. Publicación de la operación podía permitir la reidentificación.
—Revisión —dijo Nora.
—El comprador sigue activo.
—Alerta privada a la persona y judicial completa. Público solo el identificador del comprador y el pago.
Aplicamos la regla.
Otro conflicto: funcionario que había colaborado en una extracción legal y después aceptado dinero de Andrés. Si ocultábamos su nombre por aparecer en una operación de protección, quedarían impunes los pagos. Si lo publicábamos con fechas, podía revelar a la víctima.
—Separa la conducta —dijo Nora—. Publica el pago y el cargo, no el expediente donde ayudó.
No era técnicamente simple. Los datos estaban conectados por identificadores comunes. Tuvimos que generar referencias sustitutas y comprobar que las fechas combinadas no permitieran reconstruir la ruta. Cada paso consumía tiempo.
—Podemos automatizar —dije.
—No con reglas que acabamos de inventar.
—Si no, no llegamos.
—Entonces automatiza solo lo seguro y manda los conflictos a revisión.
Construí filtros conservadores: domicilios, coordenadas, colegios, centros sanitarios, nombres de menores y relaciones familiares siempre privados. Pagos, sociedades y cargos públicos solo si podían separarse de una identidad protegida. El resto, revisión.
El progreso subió al cincuenta y seis.
—Mamá —dijo Nora.
Fue la primera vez que utilizó la palabra desde que nos encontramos sin que fuera parte de una declaración al sistema.
—¿Sí?
—Cuando termine, no digas que yo salvé a todas estas personas.
—No lo haré.
—Solo he escrito un programa pequeño y elegido etiquetas. Si alguien muere porque algo quedó fuera, tampoco será culpa mía.
—No.
—Promételo.
—Te prometo que no convertiré lo que has hecho en una obligación ni en una culpa que te pertenezca.
—Eso es muy largo.
—Lo sé.
—Di que soy una niña.
La petición me atravesó.
—Eres una niña.
—Y no debería estar haciendo esto.
—No.
—Pero ya estoy aquí.
—Sí.
—Entonces terminamos lo que podamos y después los adultos se encargan.
—Sí.
La respuesta no reparaba nada. Establecía un límite para lo que viniera después .
La radio de Luján informó de que Daniel estaba siendo evacuado y que Andrés había escapado por un corredor lateral. Nora dejó de escribir durante un segundo.
—¿Está vivo?
—Sí.
—¿Seguro?
—Los sanitarios están con él.
—Eso no es seguro.
—Es lo que sabemos.
Aceptó la diferencia.
La exportación alcanzó el cincuenta y nueve por ciento. En el listado apareció el cierre de Marta Rivas.
Nora abrió el detalle.
La hora era anterior a la llamada.
Julia había ordenado cerrar sus credenciales sabiendo que Andrés iba hacia ella.
La siguiente elección ya no era técnica.