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Nora encontró a Daniel inconsciente y sin respiración normal. No logró identificar signos de circulación y empezó las compresiones como le habían enseñado en el colegio, contando para no perder el ritmo.
Cuando llegué, le pedí que se apartara. Comprobé la vía aérea y sentí un pulso carotídeo débil e irregular. Las compresiones habían sido una respuesta razonable ante una persona que no reaccionaba, pero debían detenerse mientras el corazón siguiera latiendo.
La bala había atravesado el chaleco blando y entrado bajo la clavícula.
El sangrado exterior era escaso y la piel adquiría un tono gris.
Daniel intentaba inspirar sin conseguir una respiración eficaz.
Julia cortó la camisa y aplicó un apósito torácico ventilado del botiquín, sin extraer nada ni introducir agujas.
Le administramos oxígeno con la mascarilla del equipo de emergencia y lo mantuvimos inmóvil, vigilando el pulso y la respiración.
Nora sostuvo el teléfono con ambas manos y transmitió a la operadora la localización, el mecanismo de la herida y cada cambio que observábamos.
El tratamiento definitivo necesitaba sanitarios, drenaje y cirugía; nuestra tarea era impedir que se deteriorara antes de que llegaran.
—Sigue grave —dije—. Nora, no cuelgues. Diles exactamente cómo respira.
El emisor había recibido respuesta. La ambulancia estaba en la fábrica, pero no podía acceder al nivel inferior. Luján guiaba a los sanitarios.
La exportación alcanzó el treinta y uno por ciento.
—Tenemos que continuar —dijo Julia.
—Daniel no puede quedarse aquí con Andrés.
Andrés permanecía herido junto a la pared, el arma lejos, una mano presionando el hombro. Su mirada no se apartaba del panel.
—Átalo —dije.
Julia utilizó el cable de una consola. Le inmovilizó las muñecas y los tobillos con una eficacia que revelaba práctica.
—¿Cuántas veces has hecho eso? —preguntó Nora.
—Las suficientes para saber que siempre hay que revisar los zapatos.
Le quitó a Andrés una hoja oculta en la suela y un transmisor del cinturón .
—Baeza tiene el otro acceso —dijo él—. Cuando comprenda que la exportación va a la fiscal, cortará la energía.
—Baeza está esposado —respondí.
—Baeza lleva veinte años saliendo de lugares donde otros creen haberlo encerrado.
Como si la frase lo hubiera convocado, las luces parpadearon.
El generador cambió de tono.
EXPORTACIÓN: 34 %.
ENERGÍA SECUNDARIA ACTIVADA.
AUTONOMÍA ESTIMADA: 06:00.
—Ha cortado la línea principal —dijo Julia.
—¿Seis minutos para terminar? —preguntó Nora.
—La exportación necesita nueve.
—¿Generador auxiliar?
—Hay uno manual en la sala de turbinas.
—Voy yo —dije.
—No puedes mantenerlo y autenticar la transferencia.
—Nora puede supervisar.
—Nora debe salir con los sanitarios.
—Nora decide —dijo ella.
El sonido de botas llegó desde la escalera.
Luján apareció con dos sanitarios. Detrás venían cuatro agentes armados. No reconocí sus uniformes con claridad: policía autonómica, Guardia Civil, quizá una mezcla.
—Armas al suelo —ordenó uno.
Luján se interpuso.
—La menor y el herido son prioridad. El sistema contiene datos sensibles de víctimas protegidas. Nadie toca las consolas.
El agente miró a Julia y después a Andrés.
—Tenemos orden de detener a Clara Rivas por secuestro y riesgo psiquiátrico.
Julia sonrió sin humor.
—Elisa trabaja deprisa.
Luján levantó su credencial.
—Esa orden está suspendida por indicios de falsedad documental.
—No consta.
—Constará en dos minutos.
Uno de los sanitarios se arrodilló junto a Daniel. El otro pidió una camilla.
—Clara —dijo Luján—, Teresa Vidal ha recibido la grabación de Marta. Ha emitido medidas urgentes y viene hacia aquí.
—¿Cuánto?
—Una hora.
El generador marcó cinco minutos.
—No tenemos una hora.
Arriba sonó una explosión menor. Las luces se apagaron durante dos segundos.
Cuando regresaron, Andrés ya no estaba junto a la pared.
El cable cortado colgaba vacío.