Nadie recuerda a Nora 72
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La sala central estalló en movimiento.

Daniel se lanzó sobre Andrés. Julia intentó alcanzar el panel. Nora y yo corrimos hacia la puerta lateral. Otro disparo rompió una pantalla.

Las consolas estaban dispuestas en círculo alrededor de un núcleo de comunicaciones.

Los pasillos entre ellas eran estrechos y estaban llenos de cables protegidos por rampas.

Cuando empezó la lucha, cada obstáculo modificó los cuerpos: una silla impidió girar, una rampa hizo perder el equilibrio, un panel roto dejó bordes afilados.

La arquitectura diseñada para controlar información se convirtió en un riesgo físico.

Los disparos produjeron destellos breves y un olor acre que se mezcló con el humo eléctrico.

Una bala atravesó una pantalla y quedó alojada en una carcasa metálica.

Otra golpeó el techo y desprendió material aislante.

Luján marcaría después las trayectorias para reconstruir posiciones, pero en ese instante cada impacto reducía la cantidad de espacio seguro.

Daniel se movía con una pierna herida y utilizaba el peso de la silla para bloquear a Andrés.

Julia buscaba el panel porque su prioridad seguía siendo el sistema.

Nora y yo buscábamos una salida porque mi prioridad había cambiado.

Las decisiones podían leerse en la dirección de los cuerpos antes de expresarse en palabras.

El acceso que necesitaba la tarjeta de Elena se cerraba mediante tres validaciones.

El audio de Marta demostraba intención; la tarjeta demostraba custodia; el soporte de Nora demostraba continuidad.

La puerta exigía que varias generaciones se encontraran dentro de una misma operación.

Umbral había construido un mecanismo para impedir el poder individual y después había pasado años buscando formas de rodearlo.

Andrés golpeó la herida de Daniel. Él cayó, pero consiguió sujetarle el brazo armado. Julia recogió su pistola del suelo y apuntó a ambos sin un ángulo limpio.

—¡Clara, baja al archivo! —gritó.

—Nora viene conmigo.

—No —dijo Daniel—. Sácala de aquí.

Nora tiró de mi mano.

—Si nos vamos, publican las direcciones.

—Si te quedas, Andrés te utiliza.

—Ya me está utilizando aunque me vaya.

La respuesta no dejaba salida cómoda.

Salimos a la nave de hornos. La escalera inferior estaba al otro extremo, detrás de pasarelas rotas. El contador proyectado marcaba nueve minutos, pero el indicador de espera de Nora empezó a parpadear.

—Un nodo está intentando reiniciar —dijo.

—¿Cuánto?

—No sé.

Corrimos.

La fábrica había sido construida alrededor de tres hornos circulares. Aunque estaban apagados, el aire conservaba un olor mineral. Las pasarelas atravesaban fosos profundos donde antes caía vidrio fundido.

Detrás de nosotros sonó una puerta.

Alicia apareció con el arma levantada.

—Deteneos.

—Has disparado a Inés —dijo Nora.

—Ella rompió el protocolo.

—El protocolo había entregado la casa a Andrés.

—Julia lo arreglará.

—Julia te ha dejado obedeciendo órdenes de un hombre al que se suponía que debías mantener fuera.

Alicia dudó. No por el argumento, sino porque lo había pensado antes.

—¿Por qué entraste en Umbral? —pregunté.

—Mi marido me encontró tres veces.

—¿Julia te salvó?

—Sí.

—Entonces ayúdanos a impedir que el sistema que te salvó se convierta en la herramienta de otro hombre violento.

—Si publicáis, él me encontrará.

—Estamos separando las identidades.

—No puedes garantizarlo.

—No.

La palabra la sorprendió.

—Puedo garantizar que Andrés ya tiene acceso. No hacer nada no conserva tu seguridad; conserva su poder.

Alicia bajó el arma unos centímetros.

—La escalera está bloqueada.

—¿Otra entrada?

—Por el horno dos. Hay un montacargas de mantenimiento.

—Llévanos .

El indicador de Nora emitió un pitido.

REINICIO EN 04:00.

Alicia nos condujo por una pasarela lateral. Llegamos a una plataforma suspendida sobre el horno. El montacargas era una jaula metálica para herramientas. Cabíamos las tres apretadas.

—Solo baja con llave —dijo.

—¿Quién la tiene?

—Baeza.

Nora sacó la SIM de emergencia que Luján había quitado a Baeza y me había dado sin que yo recordara cuándo. En el borde había una pequeña muesca.

—No es solo una SIM —dijo—. Es una llave.

La introdujo en el lector. La jaula se abrió.

Alicia la miró.

—Nivel cinco.

—Dejad de llamarme así.

Entramos. La plataforma descendió por el interior oscuro del horno. Arriba, una figura apareció en la pasarela.

Andrés.

Disparó.

La bala golpeó una cadena. La jaula se inclinó.

Alicia respondió. Andrés se ocultó.

—¿Dónde está Daniel? —grité.

—Vivo —respondió Andrés—. Depende de cuánto tardes.

La jaula siguió bajando.

En el último metro, una segunda bala rompió el mecanismo. Caímos sobre el techo del archivo frío.

Alicia se golpeó la cabeza y quedó inconsciente.

Nora y yo saltamos al suelo.

REINICIO EN 02:11.

La puerta del archivo exigía tres verificaciones: operador, identidad raíz y vínculo de continuidad.

Coloqué mi mano. Nora puso la suya.

La tercera luz permaneció roja.

—Falta Marta —dijo.

El audio no bastaba en aquella puerta.

Necesitábamos la tarjeta de Elena Vidal.

La tenía Julia.