Nadie recuerda a Nora 66
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Inés necesitaba un hospital.

La bala había entrado por el costado y no parecía haber salido. Luján presionaba la herida mientras hablaba con una operadora de emergencias que no encontraba San Miguel del Embalse en el sistema.

La herida había atravesado tejidos blandos, pero la pérdida de sangre era considerable.

Luján utilizó gasas hemostáticas y presión directa.

Alicia la mantuvo inmóvil y abrigada mientras Adela vigilaba la respiración.

Nadie intentó extraer la bala. El objetivo era conservar funciones hasta que llegara un equipo con medios adecuados.

La operadora de emergencias no encontraba la fábrica porque la dirección oficial correspondía a una parcela clausurada.

Luján envió coordenadas, fotografías del acceso y una descripción del camino desde la carretera.

También pidió que la ambulancia se aproximara acompañada por policía, ya que podía haber tiradores y explosivos.

Cada información añadida aumentaba la preparación y el tiempo de llegada.

El material de primeros auxilios de Umbral estaba completo, pero algunas ampollas habían caducado y otras carecían de trazabilidad.

La red había mantenido capacidad de intervención sin someterla a controles externos.

Inés había confiado en esa infraestructura para cuidar a menores; ahora dependía de servicios públicos a los que había ocultado la ubicación.

La espera convirtió la sala en un espacio donde las responsabilidades se mezclaban.

Inés era sospechosa, testigo y paciente.

Alicia había participado en el encierro y estaba evitando que muriera.

Luján preservaba pruebas mientras pedía ayuda.

La complejidad no suspendía obligaciones básicas: primero impedir una muerte, después determinar el lugar de cada persona en el delito.

—Mande la ambulancia a la fábrica de vidrio —repitió—. Coordenadas exactas en el mensaje. Hay múltiples heridos y personas armadas.

Adela se arrodilló junto a Inés.

—Yo me quedo.

—No —dijo Nora.

—Alguien debe mantenerla viva hasta que lleguen.

—Baeza puede soltarse.

Luján lo había esposado a una tubería. Estaba pálido, con los ojos medio cerrados .

—No llegará lejos —dijo él.

Baeza soltó una risa ronca.

—Siempre llego un poco más lejos de lo que calculáis.

Luján le quitó una segunda pistola escondida en el tobillo, una navaja y una pequeña cápsula metálica.

—¿Qué es? —pregunté.

—Cianuro no —dijo Baeza—. No soy tan teatral.

Luján abrió la cápsula. Dentro había una tarjeta SIM.

—Acceso de emergencia a los nodos —explicó Baeza—. Julia las repartía entre operadores de nivel cuatro.

—¿Cuántos niveles hay?

—Cinco.

—¿Y el quinto?

Miró a Nora.

—Las personas que no saben que son una clave.

Nora apretó la zapatilla contra el pecho.

No pregunté. No allí.

Dejamos a Adela con Inés. Luján se quedó junto a Baeza, herido y esposado, a la espera de la ambulancia. A menos de un metro del bordillo seguía la pistola que el teniente le había retirado del tobillo.

Me agaché y la recogí antes de que Luján pudiera impedírmelo.

—Déjala. Es una prueba —ordenó.

—Nora sigue dentro.

Luján avanzó hacia mí, pero Baeza se dobló y empezó a ahogarse con su propia sangre. Ese segundo bastó. Guardé el arma en la cintura y eché a correr. A mi espalda, el teniente gritó que no apuntara a nadie si no estaba dispuesta a disparar.

Nora y yo seguimos la señalización hacia la sala central. El camino atravesaba un laboratorio donde se analizaban documentos: lámparas ultravioletas, impresoras de seguridad, tintas, moldes de sellos. En una mesa había pasaportes de distintos países esperando fotografía.

Nora miró las identidades incompletas.

—¿Hacías esto?

—Una parte.

—¿Cómo decidíais quién lo merecía?

—Al principio, no decidíamos si alguien merecía una vida nueva. Decidíamos si corría peligro.

—¿Y después?

—Después empezamos a creer que podíamos evaluar personas enteras con un expediente.

—Como el colegio cuando pone notas.

—Peor. Las notas se pueden repetir.

Encontramos una cámara frente a una pared azul, luces de fotografía y un taburete. Allí convertían una cara en documento.

Nora se sentó un instante.

—¿Me hiciste aquí la primera foto?

—No lo recuerdo.

Se levantó.

—Inténtalo.

Cerré los ojos. La sala era más nueva; once años antes debía de tener otra distribución. Vi a Daniel sosteniendo un paño blanco detrás de un bebé. Mi madre agitaba unas llaves para que mirara a cámara. Yo sostenía una tarjeta con la fecha falsa.

—Llorabas —dije—. Daniel te puso el conejo junto al objetivo. Dejaste de llorar. La fotografía salió con una oreja de Norte en una esquina y tuve que recortarla.

Nora esperó algo más.

—Yo también lloraba —añadí—. Pero en la imagen no se veía.

—Eso no la hace falsa.

—No. Lo falso era el texto alrededor.

Seguimos caminando.

—¿Vas a volver a llamarme Nora? —pregunté.

—No he dejado de hacerlo.

—Quiero decir después.

—No sé qué nombre quiero. Sara me suena a una niña muerta. Nora me suena a mí, pero lo elegisteis sin preguntarme.

—Podrías conservarlo porque te pertenece ahora, no porque lo elegimos nosotros.

—También podría llamarme otra cosa.

—Sí.

La respuesta me dolió. Aun así, era suya.

Llegamos a una puerta de vidrio reforzado. A través de ella vimos la sala central. Daniel estaba atado a una silla. Andrés junto a los servidores. Julia frente al panel. Ninguno parecía controlar por completo a los otros.

El contador marcaba diez minutos.

Nora sacó la placa de memoria de la zapatilla.

—¿Puedes abrirlo en diez ?

—Puedo intentarlo.

—No. —Me miró con una seriedad que no correspondía a su edad y, al mismo tiempo, sí—. ¿Puedes?

—No lo sé.

—Bien. Esa respuesta sí me la creo.

Abrimos la puerta.