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Nora seguía apuntándome.
Había entregado el arma de Baeza a Luján, pero conservaba la que había recogido de Inés. Sus brazos temblaban por el peso.
El arma era demasiado grande para sus manos.
El peso obligaba a bajar el cañón cada pocos segundos y el retroceso habría podido lesionarla.
Aun así, la distancia entre nosotras no se medía por la capacidad real de disparar.
Se medía por todo lo que yo había hecho sin pedir permiso y por la facilidad con que podía volver a presentarme como salvadora.
Nora llevaba polvo en el cabello, sangre seca en la manga y una marca roja alrededor de la muñeca.
El impermeable amarillo tenía un desgarro en el costado.
Cada señal describía una parte del recorrido que yo no había visto.
Mi impulso era preguntar, tocar y comprobar.
Contenerlo fue la primera decisión que no intentó convertir su cuerpo en un informe para tranquilizarme.
Detrás de ella, las cajas del archivo contenían versiones de personas que nunca habían tenido oportunidad de apuntar a quienes decidían por ellas.
Nora sostenía el arma en un lugar construido para eliminar negativas.
Su gesto no necesitaba convertirse en símbolo heroico.
Era el resultado de haber sido empujada hasta una herramienta que una niña no debía conocer.
Cuando bajó el arma, la dejó sobre el suelo con cuidado, lejos de los pies. Luján la aseguró y anotó de quién procedía. La distancia entre Nora y yo permaneció. No era un fallo del reencuentro. Era la condición necesaria para que el acercamiento posterior pudiera ser elegido.
—Déjala en el suelo —dije.
—No te acerques.
Me detuve.
La había imaginado herida, llorando, corriendo hacia mí. No había imaginado que la primera distancia entre nosotras sería la longitud de un cañón.
—Soy yo.
—Eso es lo que intento saber.
Adela ayudó a Inés a tumbarse. Luján pidió una ambulancia por la radio, aunque la cobertura era inestable. Baeza permanecía boca abajo, esposado con una brida.
—Nora —dije—, no voy a quitarte el arma. Solo quiero verte.
—Me has visto todos los días.
—No como debía.
—¿Marta estaba viva cuando llegaste?
La pregunta eliminó el ruido de la nave.
Podía decirle que no lo recordaba. Podía decirle que Julia manipulaba la verdad. Podía aplazarlo hasta que no hubiera armas ni contadores. Todas esas respuestas eran otra puerta.
—Sí —dije.
Nora tragó saliva.
—¿Podías salvarla?
—No lo sé.
Sus ojos se endurecieron.
—La respuesta de siempre.
—Escúchame. Estaba herida. Me pidió que te cogiera. Yo llamé a Daniel antes que a emergencias porque temía que Andrés regresara o que la policía te entregara a él. Cuando llegó la ambulancia, Marta había muerto. No sé si esos minutos la habrían salvado. Sí sé que elegí sacarte primero.
—Y después dijiste que eras mi madre.
—Sí.
—Borraste su nombre.
—Sí.
—¿Porque me querías o porque te sentías culpable?
Marta había dejado la pregunta preparada once años atrás.
—Al principio no podía distinguirlo —respondí—.
Te miraba y veía a mi hermana, el incendio y todo lo que no había hecho.
Después empezaste a reírte cuando te enfadabas, a odiar los guisantes, a dormir con los pies fuera de la manta.
Fuiste tú. No una reparación. Pero seguí usando el miedo de aquella noche para decidir por ti.
Te quise de verdad y te mentí de verdad. Una cosa no borra la otra.
El arma bajó un poco.
—¿Por qué no me lo contaste?
—Porque cada año parecía peor. A los tres eras demasiado pequeña.
A los seis estabas empezando el colegio.
A los ocho preguntaste por el embarazo y fabriqué fotografías porque pensé que la verdad te haría sentir que no eras nuestra.
A los diez ya había mentido tanto que contar una parte derrumbaba todo. Y porque era cobarde.
—Dijeron que estabas enferma.
—Lo estuve. Después utilicé esa enfermedad para ocultar una investigación incluso de mí misma.
—Eso no tiene sentido.
—No. Fue una mala idea sofisticada. Sigo siendo capaz de eso.
Nora dejó escapar un sonido que podía haber sido una risa. El arma apuntó al suelo.
—¿Daniel es mi padre?
—Sí.
—No biológico.
—No. Pero es tu padre si tú lo reconoces como tal.
—¿Y Andrés?
—Es el hombre que aportó la mitad de tus genes y mató a Marta.
—Dice que fue un accidente.
—Puede que la caída lo fuera. Dejarla sin ayuda no.
El contador anunció quince minutos.
Nora miró la zapatilla.
—Tengo la placa del Libro. Marta dejó una firma activa. Clara más Marta abren la raíz.
—Lo sé.
—¿Qué pasa si la abrimos?
—Podemos separar los registros de víctimas y los de compradores. O podemos provocar que todo se publique.
—Julia dice que tienes que salvar la red.
—Julia quiere que vuelva a decidir por todos.
—Andrés quiere que publiques.
—Para convertir las identidades en mercancía.
Nora alzó la mirada.
—Entonces deja de escuchar lo que quieren ellos.
—¿Qué quieres tú?
La pregunta pareció sorprenderla.
—Quiero que nadie vuelva a poder borrarme. Quiero que Marta tenga su nombre. Quiero que las mujeres escondidas no aparezcan en internet. Y quiero que Andrés diga lo que hizo antes de que alguien vuelva a escribirlo por él.
Cuatro exigencias. Ninguna imposible por separado. Juntas requerían la arquitectura que Julia creía que solo yo podía construir.
Extendí la mano.
—Necesito la placa.
Nora no me la entregó.
—Primero encontramos a papá.
Asentí.
—Primero encontramos a papá.
Bajó el arma.
No corrió hacia mí. Tampoco yo crucé la distancia.
Caminamos una al lado de la otra hacia la sala central.