Nadie recuerda a Nora 63
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Baeza sabía que no iba a salir vivo.

Lo vi en su forma de sostener el arma: sin el cuidado de quien necesita conservar munición, distancia o futuro.

—¿Qué significa que Marta dejó una identidad activa?

—Elena Vidal contiene su firma biométrica, sus patrones de acceso y una autorización judicial previa. Julia la mantuvo para validar operaciones.

—Falsificó la firma de una muerta.

—Tú construiste el mecanismo.

—Para emergencias limitadas.

—Las emergencias siempre duran más cuando dan poder.

Baeza se apoyó en una estantería. La sangre le empapaba el costado. Julia le había disparado; su alianza había terminado.

—Dame la placa —dijo.

—No la tengo.

—Nora la escondió en la zapatilla. Tú llevas la zapatilla.

—La encontré vacía.

—Mientes mejor cuando no intentas parecer tranquila.

Di un paso hacia la mesa. Él movió el arma.

—¿Para quién trabajas ahora?

—Para mí.

—¿Qué quieres?

—Un expediente limpio y dinero suficiente para no volver a necesitar un nombre ajeno.

—Andrés te matará cuando abra el Libro.

—Julia ya lo ha intentado.

—Entonces tu mejor opción es entregarlo a una fiscal.

—Las fiscales no crean identidades nuevas.

—Yo sí.

La frase salió antes de decidirla.

Baeza me observó.

—Eso quiere Julia. Que vuelvas.

—No para ella. Para ti. Una identidad, una ruta y la oportunidad de declarar desde fuera.

—¿A cambio?

—Me das acceso a Elena Vidal y me llevas hasta Nora.

Se rio. La risa terminó en tos.

—Sigues creyendo que una negociación cambia lo que eres.

—No. Solo cambia quién sale vivo.

El altavoz anunció veinte minutos.

Baeza bajó el arma unos centímetros.

—Elena se valida con una tarjeta física guardada en la sala central. Andrés la tiene. La frase abre el contenedor. Después necesita una firma secundaria.

—¿De quién?

—La tuya.

—Entonces Julia no puede abrirlo sin mí.

—Puede utilizar tu identidad de salida, pero el sistema detectará una continuidad imperfecta. Necesita tu voz y una muestra biológica.

Comprendí por qué no me habían matado, por qué el golpe en casa, el ingreso preparado, el deseo de llevarme a San Dimas. Yo no era solo la arquitecta. Era una llave viva.

—Llévame a la sala central.

—Primero la placa.

—No la tengo.

Baeza levantó el arma.

Una voz habló desde una puerta lateral.

—Pero yo sí.

Nora estaba allí.

Sostenía la zapatilla en una mano y un arma demasiado grande en la otra. Adela sujetaba a Inés, que apenas podía mantenerse en pie.

—Baja el arma —dijo Baeza.

—Tú primero.

—No sabes usarla.

Nora apuntó al techo y disparó. El estruendo hizo caer polvo de las vigas. No cerró los ojos.

—Ahora sé una cosa más —dijo.

Baeza se volvió hacia ella.

Me lancé sobre él .

El disparo me pasó junto a la oreja. Golpeamos una estantería. Nora gritó. Baeza intentó recuperar el equilibrio, pero su pierna herida cedió. Le quité el arma y lo empujé al suelo.

Luján apareció detrás, apuntándole.

—Se acabó.

Baeza sonrió desde el suelo.

—No. Quedan dieciocho minutos.