Nadie recuerda a Nora 62
53%

62

Nora y Adela alcanzaron la sala de archivo desde el lado opuesto.

La puerta se cerró detrás de ellas. No podían regresar al conducto; Baeza había bloqueado el mecanismo. La nave estaba llena de cajas con nombres dobles.

Las cajas estaban fabricadas con cartón libre de ácido y llevaban etiquetas dobles: un código visible y otro escrito con tinta ultravioleta.

Algunas conservaban fotografías, otras documentos notariales, expedientes escolares o muestras biológicas.

Umbral no confiaba en una única clase de prueba.

Construía identidades mediante la acumulación de rastros capaces de sostenerse en instituciones diferentes.

Nora reconoció nombres que había visto en el índice y otros que parecían pertenecer a familias enteras.

Encontró sobres con dientes de leche, mechones de cabello y pulseras hospitalarias.

Aquellos objetos podían confirmar parentescos o destruir las vidas que los documentos habían construido.

El archivo no almacenaba solo información.

Almacenaba posibilidades de control futuro.

Adela se detuvo ante una caja con la fecha del nacimiento.

Dentro había gasas selladas, copias de análisis y una etiqueta de cuna sin nombre.

La evidencia física que podía demostrar el origen de Nora había sido conservada por personas que, al mismo tiempo, le negaban el derecho a conocerlo.

La protección y el dominio ocupaban el mismo estante.

Inés apareció herida entre dos filas. La sangre había mojado varias etiquetas y amenazaba con transferirse a documentos.

Nora utilizó una lona limpia para arrastrarla sin contaminar más cajas.

Incluso bajo amenaza, la preservación de pruebas se convirtió en una forma de impedir que otros volvieran a decidir qué versión sobreviviría.

Nora leyó algunos.

MARÍA LUISA CARRASCO → ANA VELASCO.

FÁTIMA EL HADDAD → LAURA IBÁÑEZ.

INÉS ARANDA → INÉS ARANDA.

—No cambió de nombre —dijo.

Adela abrió el expediente. Dentro había una fotografía de Inés veinte años más joven, con un ojo hinchado, y una orden de protección. Umbral había borrado su domicilio, no su identidad.

—No todos desaparecían igual — explicó.

—Pero Julia guardaba sus nombres.

—Para mantener las conexiones.

—O para poder encontrarlos.

Al fondo, una luz parpadeó. Nora siguió el cable hasta una mesa con un lector antiguo. La tarjeta interna del emisor había quedado vacía después de enviar la grabación, pero la placa verdadera estaba perdida en la zapatilla. Necesitaba recuperarla.

—Podemos buscar el expediente de Marta —dijo.

Adela negó.

—No habrá uno.

Nora escribió MARTA RIVAS en el terminal.

Apareció un resultado.

MARTA RIVAS → ELENA VIDAL. ESTADO: OPERATIVA.

—Está viva —susurró Nora.

—No.

—Aquí dice operativa.

Adela se acercó a la pantalla. Comprendió antes que Nora.

—Elena no era una persona nueva. Era una identidad compartida. La usaban cuando necesitaban actuar fuera de sus nombres.

El expediente contenía accesos posteriores a la muerte de Marta. Alguien había seguido firmando como ella.

—¿Quién?

—Julia. Clara. Quizá Daniel.

—Entonces pueden hacer que parezca que Marta hizo cosas después de morir.

—Sí.

—Y también pueden usar su firma para abrir el Libro.

Nora recorrió la lista de archivos. Uno se llamaba FIRMA_MR_ORIGEN. Estaba cifrado, pero no oculto.

—La raíz necesita a Marta —dijo—. Por eso nadie podía abrirla solo.

Adela la miró.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque Clara hace copias divididas cuando algo no debe depender de una persona. En casa, el archivo de contraseñas necesita su clave y una tarjeta que guarda papá.

—Daniel.

—Papá.

La precisión no admitía discusión.

Una puerta se abrió. Inés entró con el rostro ensangrentado.

—Tenemos que salir.

Nora corrió hacia ella.

—Baeza tiene mi tarjeta.

—No. —Inés mostró la zapatilla—. La encontré antes que él.

Dentro, la carcasa marcada estaba vacía, pero bajo la plantilla permanecía la placa verdadera.

—Clara la vio —dijo Nora—. Sabrá sacarla.

—Clara está en la fábrica.

—¿Dónde?

—La última cámara la situó en el archivo norte.

—Vamos.

Inés la sujetó.

—Andrés controla las puertas. Hay una salida al embalse desde esta sala.

—No me voy sin Clara.

—Ella vino para sacarte.

—Y yo dejé pistas para encontrarla. No es lo mismo que esperar quieta.

Un disparo atravesó la puerta. Inés cayó hacia delante.

Alicia estaba en el pasillo con un arma.

—Lo siento —dijo—. Julia ha ordenado que la menor llegue a la sala central.

Inés miró la sangre que se extendía por su abdomen.

—Julia no ha dado esa orden.

Alicia temblaba.

—Andrés sí.

—Entonces ya has elegido.

Adela empujó una estantería. Las cajas cayeron entre ellas y Alicia. Nora recogió la zapatilla y tiró de Inés hacia una puerta lateral.

—No podemos cargarla —dijo Adela.

—No la dejamos.

—Nora…

—He dicho que no.

Entre las tres arrastraron a Inés hacia la oscuridad mientras Alicia disparaba contra el metal.