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La llave de latón no servía para abrir la puerta exterior. Daniel introdujo un código de seis cifras: la fecha de muerte de Marta. Dentro había un depósito metálico antiguo, encajado al fondo como una caja dentro de otra caja.
La zona de consignas ocupaba un espacio blanco, excesivamente iluminado y sin personal fijo.
Las cámaras cubrían los accesos, pero dos de ellas orientaban sus objetivos hacia ángulos ligeramente altos.
Un rostro podía quedar registrado; unas manos trabajando cerca de la cerradura quedaban fuera de plano.
La instalación parecía moderna y segura.
El defecto estaba calculado para permitir una intervención sin alterar el aspecto general.
Dentro del compartimento antiguo había una capa de polvo interrumpida por huellas recientes.
La caja metálica mostraba tres tipos de arañazos: los producidos por la llave original, otros más finos alrededor de la bisagra y una línea semicircular junto al cierre.
Daniel los fotografió con luz rasante. Alguien había abierto el depósito con herramientas y después había vuelto a cerrarlo utilizando la llave correcta, como si necesitara que descubriéramos la manipulación tarde, no que la ignoráramos para siempre.
La llave giró con resistencia.
Encontré una carpeta roja, una grabadora de casete, un pasaporte a nombre de Elena Vidal y un peluche de conejo sin un ojo.
Los objetos pertenecían a tecnologías y momentos distintos.
La carpeta estaba protegida con papel encerado; la grabadora, expuesta a humedad y golpes; el pasaporte, dentro de una funda antiestática.
Aquella desigualdad no parecía descuido.
Alguien había decidido qué debía sobrevivir intacto y qué debía ser utilizado al encontrarlo.
Daniel se puso guantes, fotografió la posición de cada pieza y registró la hora antes de moverlas. No conectó ningún soporte digital. La urgencia no justificaba inutilizar una prueba verdadera por la forma de obtenerla.
Nora había dormido con aquel conejo hasta los cuatro años. Lo llamaba Norte .
Lo acerqué a la cara. Conservaba un olor imposible: jabón infantil y armario. Durante un segundo vi a Nora con fiebre, abrazada a él, pidiéndome que contara la historia de la ciudad donde nadie podía mentir porque las palabras dejaban manchas en el aire.
—¿Por qué está aquí?
—Lo llevaba cuando la sacamos de casa de Marta —dijo Daniel.
Abrí la carpeta.
La primera hoja era un certificado de nacimiento. Nombre: Sara Galván Rivas. Madre: Marta Rivas Cuenca. Padre: Andrés Galván Mena.
Fecha: 3 de agosto, once años atrás.
Nora había celebrado siempre su cumpleaños el 3 de septiembre.
—Se llamaba Sara.
—Durante dieciséis días —dijo mi madre.
—¿Por qué cambiar la fecha?
—Para separar el parto de la muerte de Marta —respondió Daniel—. Andrés buscaba una niña de un mes. Nosotros creamos una recién nacida.
Había informes médicos, fotografías del apartamento quemado, copias de mensajes de Marta y una lista de nombres tachados. En la última página, una dirección escrita a mano: calle San Dimas, 17, sótano.
—¿Qué es esto?
—La primera sede de Umbral —dijo Adela.
Daniel cogió la grabadora.
Dentro había una cinta etiquetada con mi nombre.
CLARA. 19/08. 03:12.
—Nunca la escuchamos —dijo.
—¿Por qué?
—Porque tú dijiste que no existía.
Introduje la cinta. La grabadora no tenía pilas. Daniel sacó dos de una bolsa lateral de la mochila.
El mecanismo chirrió. Durante varios segundos solo se oyó estática.
Después, la voz de Marta.
—Clara, si has llegado antes que él, coge a Sara y vete. No llames a Julia. No uses el protocolo. Julia está dentro. Andrés tiene los nombres. No sé cuántos. La copia está donde aprendimos a mentir. No dejes que Nora…
La grabación se interrumpió con un golpe. Después se oyó respiración, un llanto de bebé y una voz masculina lejana.
Marta volvió a hablar, esta vez en un susurro.
—No dejes que Nora sepa que la elegiste por culpa.
La cinta terminó.
Nadie dijo nada.
—La llamó Nora —murmuré.
—Era el nombre que quería ponerle si conseguía salir —dijo mi madre—. Sara fue el nombre que Andrés exigió.
Rebobiné y escuché de nuevo la frase sobre Julia.
Julia está dentro.
—¿Dentro de qué?
Daniel hojeó la carpeta.
—Pensábamos que quería decir dentro de Umbral. Ya lo sabíamos.
—No. Marta estaba avisando de que Julia trabajaba con Andrés.
—O de que Andrés había infiltrado a alguien.
—La copia está donde aprendimos a mentir —repetí—. ¿Qué significa?
Mi madre señaló el conejo.
—De niñas inventabais historias en el desván de la casa de la abuela.
—La vendimos hace veinte años.
—No decía aprendimos a inventar. Decía aprendimos a mentir.
La grabadora emitió un clic.
Una luz roja se encendió en el lateral, aunque el aparato no tenía ninguna función de transmisión.
Daniel le dio la vuelta. Debajo de la tapa de pilas había un componente nuevo, minúsculo.
—Nos han oído —dijo.
En ese instante, todas las pantallas de las consignas se apagaron.