Nadie recuerda a Nora 2
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El agente joven tomó notas. El mayor me observó.

Llegaron en doce minutos, un tiempo razonable para cualquier emergencia que no te estuviera ocurriendo a ti.

Se llamaban Luján y Robledo. El primero no debía de pasar de los treinta; el segundo llevaba el uniforme con la comodidad de quien se había acostumbrado a que los demás bajaran la voz cuando entraba en una habitación.

Nos instalaron en un despacho con trofeos de orientación, una impresora antigua y fotografías de grupos de niños levantando diplomas. Inés dejó la puerta abierta. No sé si para protegerse de mí o para que todos pudieran oírme.

—Explíquelo desde el principio —dijo Robledo.

Lo hice.

Fecha de inscripción. Transferencia. Correo de confirmación.

Ficha médica. Alergia al kiwi. Autorización para excursiones.

Nombre de la monitora: Celia. Habitación: Robles, litera inferior junto a la ventana.

Conté incluso que Nora había olvidado el saco de dormir y que regresamos a casa a buscarlo.

Luján anotó cada detalle. Robledo pidió a Inés el listado completo del turno.

—Ya se lo he facilitado —dijo ella.

Le entregó una carpeta azul. Robledo pasó las hojas despacio. Yo conocía esa clase de listas: nombre, fecha de nacimiento, teléfono, alergias, persona autorizada. Buscó con el dedo.

El despacho improvisado conservaba los rastros de una administración que funcionaba por acumulación.

Había carpetas de temporadas anteriores, cajas de medicamentos caducados, autorizaciones de excursiones sujetas con pinzas y una pizarra donde alguien había dibujado turnos con cuatro colores distintos.

Luján fotografió la sala antes de mover nada.

Robledo pidió que se preservaran los registros de acceso, las grabaciones y los dispositivos del centro.

La precisión de esas órdenes no logró tranquilizarme; hizo que el error dejara de parecer pequeño.

La impresora expulsó tres versiones del listado.

La primera procedía del programa de gestión.

La segunda, de una hoja de cálculo enviada a cocina.

La tercera era una copia en papel firmada por los monitores el día de llegada.

Nora no aparecía en ninguna. Sin embargo, el total de dietas especiales incluía una alergia más de las que figuraban con nombre.

En la columna de observaciones había una marca borrada con corrector líquido.

Luján la examinó a contraluz y distinguió el comienzo de una palabra escrita a mano.

La tinta había penetrado el papel lo suficiente para dejar un relieve, pero no para devolver el nombre completo.

Robledo separó los documentos, anotó quién los había entregado y pidió sobres individuales.

Ninguna de aquellas precauciones era espectacular.

Precisamente por eso resultaban convincentes.

La investigación empezaba con cosas que podían tocarse: una cifra que no cuadraba, una mancha de corrector y tres listados que debían coincidir.

La ausencia de Nora no era todavía una teoría, sino una suma de anomalías que alguien había producido una por una.

—No aparece ninguna Nora Rivas.

—Porque han borrado su nombre.

Inés no reaccionó.

—¿Puede enseñarnos la confirmación de inscripción? —preguntó Luján.

Abrí el correo en el teléfono. Escribí La Encina en el buscador.

Cero resultados.

Probé con campamento, Nora, Robles, reserva, julio. Aparecieron facturas de otros años, publicidad, un mensaje del colegio sobre una excursión. Nada de La Encina.

—Lo tenía —dije.

—¿La transferencia bancaria? —preguntó Robledo.

Entré en la aplicación del banco. La pantalla tardó más de lo normal en cargar, o quizá fui yo quien dejó de respirar. Revisé junio. Había recibos, supermercado, una cena con Daniel, la cuota de natación de Nora.

No había ningún pago de novecientos ochenta euros al campamento.

—Esto no puede ser.

—¿Pagó usted? —preguntó Robledo.

—Sí.

—¿Desde esta cuenta?

—Sí.

—¿Puede que lo hiciera el padre?

La pregunta me pareció absurda. Daniel llevaba dos años separado de mí y seis meses fingiendo que nuestra relación se había vuelto civilizada. La organización de Nora seguía un sistema práctico: colegio y médicos conmigo; deportes y vacaciones con él. Pero La Encina había sido idea mía.

—Voy a llamarlo.

Daniel contestó al cuarto tono.

—Clara .

Pronunció mi nombre con cautela. No con prisa. No como un padre cuyo teléfono muestra siete llamadas perdidas de la madre de su hija.

—Estoy en el campamento. Dicen que Nora no está aquí.

Hubo un silencio breve. Al otro lado oí un motor, después el clic de una puerta al cerrarse.

—¿Dónde estás exactamente?

—En La Encina. ¿Dónde va a ser? He venido a recogerla.

—Clara, escucha.

—No, escúchame tú. No aparece en las listas. Han borrado los correos y el pago. Necesito que vengas.

Otro silencio.

Robledo y Luján me observaban. Inés permanecía junto a la ventana, con los brazos cruzados.

—Dime que está contigo —pedí.

Daniel respiró hondo.

—No tenemos una hija.

La frase atravesó el despacho sin sonido. Tardé varios segundos en entender que nadie más podía oírla.

—¿Qué has dicho?

—Clara, no tenemos hijos.

—No hagas esto.

—Necesito que te vayas de ahí y vuelvas a casa.

—Nora está desaparecida.

—Nora no existe.

Me levanté tan deprisa que la silla chocó contra la pared.

—Dímelo mirándome a la cara.

—No puedo ir ahora.

—¿Por qué?

—Porque no sería seguro.

Robledo alzó la cabeza al oírme repetir la última palabra.

—¿Seguro para quién?

Daniel bajó la voz.

—En el cajón inferior de tu escritorio hay un sobre. No lo abras allí. No hables con nadie del campamento. Vuelve a casa y cierra las persianas.

—¿Dónde está Nora?

—Lo siento.

—Daniel.

—Lo siento mucho .

La llamada terminó.

Me quedé mirando la pantalla. La fotografía de contacto de Daniel era de hacía tres veranos: él y Nora en una barca, los dos con chalecos naranjas, riéndose porque una ola acababa de empaparlos. Toqué la imagen para ampliarla.

Durante un instante apareció exactamente como la recordaba.

Después la pantalla parpadeó.

La fotografía cambió.

Daniel seguía en la barca. El asiento a su lado estaba vacío.