Nadie recuerda a Nora 1
1%
Nadie recuerda a Nora

Nadie recuerda a Nora

Por Pilar R. de la Iglesia

© inepub.com

1

La mujer de la recepción sonrió cuando le dije el nombre de mi hija.

No fue una sonrisa amable. Fue la sonrisa automática de quien cree haber oído mal y está dispuesto a concederte una segunda oportunidad antes de avergonzarte.

—Nora Rivas —repetí—. Grupo de once años. Cabaña Robles.

La mujer bajó la vista hacia la pantalla. Tenía las uñas pintadas de un azul casi blanco y una cicatriz fina en el dorso de la mano izquierda. Tecleó Nora. Después Rivas. Después juntó ambas palabras, como si mi hija pudiera haberse escondido en el ordenador por culpa de un espacio.

Detrás de mí, otros padres aguardaban con bolsas de deporte, botellas de agua y ese cansancio alegre de los viernes de recogida.

Desde el patio llegaban gritos, carreras y el golpe hueco de un balón contra una pared.

Olía a resina caliente, a polvo y a crema solar.

Todo en La Encina parecía exactamente igual que diez días antes, cuando había dejado a Nora allí con una mochila demasiado grande y una promesa demasiado pequeña: no mirar el móvil cada cinco minutos.

La Encina ocupaba la ladera de un monte bajo, entre robles jóvenes y una franja de pinos que ocultaba la carretera.

El edificio principal había sido un preventorio y conservaba una arquitectura pensada para vigilar: ventanas altas, corredores rectos, una torre con reloj y dos pabellones laterales unidos por galerías acristaladas.

A esa hora, el sol se filtraba entre las nubes y hacía brillar las pulseras de colores de los niños que salían al patio.

Todo transmitía una seguridad antigua, casi institucional, la clase de seguridad que se apoya en paredes gruesas, listas impresas y adultos que llevan acreditaciones al cuello.

Había llegado con tiempo. Durante el trayecto me había detenido en una gasolinera para comprar la bebida de mango que Nora pedía después de los viajes largos.

También llevaba una sudadera limpia, sus auriculares y el libro que había olvidado en la mesilla.

Esos objetos ocupaban el asiento del copiloto con la naturalidad de una presencia.

Al aparcar, vi otros coches abiertos, maleteros llenos de sacos de dormir y padres que se buscaban entre grupos de niños.

No había ninguna razón para sentir miedo.

Por eso tardé en reconocerlo cuando apareció.

En una pared, un mapa del recinto mostraba las cabañas, el comedor, la enfermería y un pequeño lago al norte.

Localicé Robles antes de volver al mostrador.

Nora había dibujado aquella distribución en un mensaje y señalado su litera junto a la ventana.

La cabaña existía. El grupo existía. Hasta el nombre de la senda que llevaba al lago era el mismo.

Lo único que faltaba en aquella representación ordenada del mundo era mi hija .

—¿Me confirma el apellido? —preguntó la mujer.

—Rivas. Con uve.

Volvió a escribirlo.

—¿Y el segundo?

—No usa segundo apellido en la inscripción. Su padre es Daniel Orduña.

La sonrisa desapareció.

—Un momento.

Se levantó y cruzó una puerta de cristal esmerilado. La vi hablar con otra mujer, más alta, vestida con un polo verde del campamento. Ambas miraron hacia mí. La segunda negó despacio.

Algo se contrajo bajo mi esternón.

Saqué el teléfono. Ningún mensaje de Nora desde el miércoles por la noche. No era extraño: en La Encina confiscaban los móviles durante las actividades y permitían una hora de uso antes de dormir. Aun así, abrí nuestra conversación.

Mamá mira lo que ha hecho Alba con mi pelo.

La foto mostraba dos trenzas torcidas y la lengua de Nora asomando entre los dientes.

No me traigas galletas de avena. Son castigo.

Y el último mensaje:

Cuando vengas no aparques delante. Te tengo que contar una cosa.

Lo había leído como se leen las confidencias de una niña de once años: con curiosidad, no con miedo.

La puerta se abrió. La mujer del polo verde se acercó y me tendió la mano.

—Soy Inés Aranda, directora del campamento.

No acepté el saludo.

—¿Dónde está mi hija?

—Vamos a sentarnos un momento.

—No necesito sentarme. Necesito que la llamen.

Las conversaciones a mi espalda fueron apagándose. La recepcionista miró a Inés y luego a mí, como si yo fuera una pieza frágil que alguien había dejado en el borde de una mesa.

—Señora Rivas —dijo Inés—, hemos revisado la inscripción, las listas de grupos y las autorizaciones de recogida. No tenemos ninguna menor llamada Nora Rivas.

Me reí. No porque encontrara nada gracioso, sino porque el cuerpo a veces elige un sonido equivocado para defenderse.

—La dejé aquí el martes de la semana pasada.

—El turno empezó el lunes.

—La dejé el lunes. A las diez y cuarto. Había una cola hasta el aparcamiento. Usted estaba junto a la mesa de pulseras.

—Yo no estuve en recepción ese día.

—Claro que estuvo. Le prestó un rotulador a Nora para escribir su nombre en una etiqueta. Verde. Se manchó la mano.

Miré la cicatriz de la recepcionista. No. Había sido la directora. Recordaba el rotulador, el gesto, la mancha. Recordaba a Nora diciéndome que no hiciera memoria fotográfica de todo porque era inquietante.

Inés sostuvo mi mirada sin parpadear.

—No conozco a su hija.

La sala se inclinó unos grados. Apoyé una mano en el mostrador.

—Enséñeme las cabañas.

—No puedo permitirle acceder a la zona de menores.

—Mi hija está en esa zona.

—Señora Rivas…

—Llame a Alba. Su amiga. Alba Montes. Están juntas en Robles.

La recepcionista buscó el nombre antes de que Inés pudiera impedírselo. Esta vez apareció algo. Lo vi en el cambio de su expresión.

—Alba Montes sí está inscrita —admitió Inés.

—Perfecto. Pregúntele por Nora.

—No interrogamos a menores por petición de personas ajenas.

Personas ajenas.

Aquellas dos palabras hicieron más daño que cualquier negativa anterior.

Saqué la cartera, abrí el compartimento transparente y coloqué sobre el mostrador mi documento de identidad. Debajo estaba la fotografía tamaño carnet de Nora que había sobrado de la renovación del pasaporte. Pelo castaño, ojos grises, un lunar diminuto bajo la oreja derecha.

—Esta es mi hija. Yo soy su madre. Y si no me dicen dónde está, llamo a la Guardia Civil.

Inés miró la fotografía durante apenas un segundo.

—Hágalo.

Había seguridad en su voz. No desafío. No miedo. Seguridad.

Fue entonces cuando comprendí que la situación no era un error informático.

La directora sabía exactamente quién era yo.

Y estaba esperando mi llamada.