Capítulo 2
Natalia no cerró la puerta inmediatamente.
Se quedó mirando la calle. Carmen ya había desaparecido detrás de la cortina de su casa.
El silencio de Valdemora le pareció extraño.
Demasiado profundo. Volvió al interior y cerró con llave.
Después apoyó la espalda contra la puerta.
—Eva existe —dijo en voz alta. Escuchar su propio nombre dentro de aquella casa produjo un efecto extraño.
Como si acabara de pronunciar una palabra prohibida.
Subió las escaleras. Cada peldaño crujió bajo sus pies.
En el piso superior había tres habitaciones.
La de sus padres. La suya. Y la de Eva. Natalia se detuvo frente a la tercera puerta.
El pomo estaba cubierto de polvo. Puso la mano sobre él.
Durante unos segundos no pudo abrir. Finalmente giró.
La habitación estaba vacía. No había cama.
No había escritorio. No había fotografías.
Solo paredes blancas. Natalia retrocedió.
—No puede ser. Recordaba aquella habitación perfectamente.
Recordaba las estrellas que Eva había pegado en el techo.
El armario azul. Los libros. El pequeño escritorio junto a la ventana.
Nada estaba allí. Bajó de nuevo. Necesitaba aire.
Necesitaba pensar. Abrió el armario del recibidor y encontró una caja de cartón con documentos de la familia.
Facturas. Recibos. Fotografías. Certificados.
Comenzó a revisar los papeles. Entonces encontró una fotografía.
La sacó lentamente. Era una fotografía de cumpleaños.
Natalia tenía dieciséis años. Su madre estaba detrás de ella.
Su padre junto a la mesa. Y, a la derecha, una niña de catorce años.
Eva. Natalia sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—Lo sabía. La fotografía era la prueba. No estaba loca.
No había inventado a Eva. Le dio la vuelta.
En la parte posterior había una fecha. 14 de mayo de 2006.
Y debajo, escrito con tinta azul: “Las tres debemos guardar el secreto.”
Natalia reconoció inmediatamente la letra.
Era la letra de su madre. Entonces oyó un ruido arriba.
Un golpe seco. Natalia levantó la cabeza. Había alguien en el piso superior.