Nadie recuerda a Eva Capítulo 1
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Nadie recuerda a Eva

Nadie recuerda a Eva

Por Maria Leilani

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Capítulo 1

El pueblo no había cambiado. Eso fue lo primero que pensó Natalia cuando vio el cartel oxidado de Valdemora al otro lado de la carretera.

Veinte años. Veinte años desde la última vez que había pasado por allí.

Redujo la velocidad, aunque no era necesario.

Nadie la esperaba. No había tráfico y la carretera estaba casi vacía bajo la luz gris de aquella tarde de octubre.

Aun así, levantó el pie del acelerador. Valdemora apareció poco a poco entre los árboles.

Las mismas casas de tejados rojizos. La torre de la iglesia.

La pequeña plaza. La gasolinera que recordaba mucho más grande de lo que era.

Y, al fondo, la carretera que conducía a la casa de sus padres.

Natalia apretó las manos alrededor del volante.

Había imaginado aquel momento muchas veces.

Siempre había pensado que volvería algún día.

Nunca imaginó que lo haría para enterrar a su padre.

La llamada había llegado tres días antes.

Un número desconocido. Un hombre que se presentó como el médico del pueblo.

—Lo siento, señora Ferrer. Su padre ha fallecido esta mañana.

Natalia no había llorado. Tampoco cuando recibió las llaves de la casa.

Ni cuando vio el nombre de Julián Ferrer en el certificado de defunción.

Pero ahora, al entrar de nuevo en Valdemora, sintió que algo dentro de ella se cerraba.

No era tristeza. Era miedo. Aparcó frente a la casa poco después de las cinco.

Durante unos segundos permaneció dentro del coche.

La fachada estaba exactamente como la recordaba, aunque más vieja.

Las persianas verdes. El rosal seco junto a la ventana.

La puerta de madera con la pequeña grieta que Natalia había provocado cuando tenía doce años.

Y la ventana del piso superior. La habitación de Eva.

Natalia apartó la mirada. —No —susurró. Cogió las llaves y salió del coche.

La casa olía a polvo y humedad. Encendió las luces del recibidor y dejó la maleta junto a las escaleras.

Entonces escuchó tres golpes. Toc. Toc. Toc.

Natalia se quedó inmóvil. Los golpes habían venido de la puerta.

Se acercó y abrió. Una mujer mayor estaba al otro lado.

Tardó unos segundos en reconocerla. —¿Doña Carmen?

La mujer sonrió. —Sabía que eras tú. Natalia sintió alivio.

Por fin alguien que la recordaba. Hablaron unos minutos sobre su padre, sobre el entierro y sobre lo mucho que había cambiado desde que se marchó.

Hasta que Natalia dijo: —Aún me cuesta entrar aquí.

Sobre todo por Eva. La sonrisa de Carmen desapareció.

—¿Eva? Natalia frunció el ceño. —Mi hermana.

La mujer la miró en silencio. —Natalia… tú no tienes ninguna hermana.

El mundo pareció detenerse. —¿Qué? —Siempre fuiste hija única.

Natalia soltó una pequeña risa, esperando que Carmen también se riera.

No lo hizo. —Eva desapareció en septiembre de 2006, dos días antes de cumplir quince años.

La mujer palideció. —No sé de qué estás hablando.

Natalia sintió un escalofrío. —Carmen, yo tenía dieciséis años.

Eva tenía catorce. Desapareció de esta casa.

La mujer negó lentamente con la cabeza. —Tu madre solo tuvo una hija.

—Eso no es verdad. —Natalia… Carmen bajó la voz.

—Tu madre siempre decía que no quería hablar de lo que ocurrió con su familia.

Natalia dejó de respirar. —¿De qué estás hablando?

Carmen asintió. —Sí. Pero tú eres hija única. Y entonces cerró la puerta.