Capítulo 29 — Irene frente a Daniel #2
El funcionario se movió en una ventanita pequeña de la pantalla, incómodo y profesional. Irene lo había olvidado. Pobre hombre. Le tocó el turno de presenciar una carnicería emocional con auriculares. Oposiciones, decían. Estabilidad laboral, decían.
Clara habló por primera vez.
—Daniel.
Él la miró.
—Clara.
—¿Hay más?
Daniel cerró los ojos.
—Sí.
Irene miró a su madre.
Clara estaba pálida, pero firme.
—Dilo —ordenó Clara.
No preguntó.
Daniel respiró.
—Viví con otro nombre. Mateo Santos. Trabajé en alojamientos. Conocí gente. Lian...
Se detuvo.
Irene se tensó.
—¿Quién es Lian?
Daniel miró a Clara.
Luego a Irene.
—Una mujer de la isla. Me ayudó. Después supo parte de la verdad. Luego más.
—¿Estuviste con ella? —preguntó Irene.
Clara cerró los ojos.
Daniel tardó.
—Irene...
—No me Irene. Pregunta fácil. ¿Estuviste con ella?
—No como pareja.
—Define no como pareja. Porque tu capacidad de definir cosas a conveniencia es bastante histórica.
Daniel aceptó el golpe.
—Hubo afecto. Dependencia. Cercanía. No una relación formal. No una familia.
Irene sintió náusea.
—¿Tiene hijos?
—Una sobrina. Amara.
Irene soltó aire.
No una hija.
La palabra no se dijo, pero estuvo allí.
Daniel la entendió.
—No tengo otra hija —dijo.
Irene lo miró con odio limpio.
—Felicidades. Has despejado el listón que estaba enterrado bajo tierra.
Daniel bajó la mirada.
—¿Ella sabía de mí? —preguntó Irene.
—No al principio. Después supo que tenía una hija.
—¿Le dijiste mi nombre?
Daniel cerró los ojos.
—Sí.
Irene sintió una punzada rara.
Su nombre en Filipinas.
En boca de Daniel.
Junto a otra mujer.
En otra vida.
—¿Y lloraste mucho al decirlo? —preguntó con crueldad—. ¿Te pusiste interesante?
Daniel no respondió.
Eso fue respuesta suficiente.
Irene se levantó de golpe.
Clara también.
—Irene.
—Estoy bien.
Mentira.
Pero la frase salió por costumbre.
No pasa nada, versión adolescente con ropa negra y rabia premium.
Caminó hasta la ventana.
Le dio la espalda a la pantalla.
No quería que Daniel la viera respirar mal.
No quería regalarle eso.
Daniel habló desde los altavoces.
—No tienes que seguir.
Irene se giró.
—¿Perdona?
—Podemos cortar.
—Ah, no. No. Tú no me das permiso para irme. Esa parte se terminó.
Daniel cerró la boca.
Irene volvió a la silla, pero no se sentó. Apoyó las manos sobre la mesa.
—Yo decido cuándo corto.
—Sí.
—Yo decido si vuelvo a hablar contigo.
—Sí.
—Yo decido si quiero verte.
—Sí.
—Y tú no vas a aparecer en Madrid un día con cara de perro atropellado esperando que la ciudad te haga de escenario.
—No lo haré.
—No prometas.
Daniel se quedó quieto.
Irene sintió que le ardían los ojos.
—No prometas nada. Tu palabra no vale. Todavía no. Quizá nunca.
Daniel asintió despacio.
—Lo entiendo.
—No. Lo estás empezando a entender. Es distinto.
Clara miró a su hija con algo parecido al orgullo y al dolor mezclados, esa combinación tan de madre que debería venir con manual de primeros auxilios.
Irene se sentó otra vez.
Sacó la hoja de preguntas del bolsillo.
La miró.
No necesitaba casi ninguna.
—¿Viste mi vídeo? —preguntó.
Daniel palideció un poco.
—Sí.
—¿Cómo?
—Rafael me lo enseñó primero. Después lo busqué.
—Rafael es el hombre que te chantajeó.
—Sí.
—¿Y te enseñó mi vídeo para hacerte daño?
—Sí.
Irene sonrió sin alegría.
—Por fin alguien usa internet para su función real: empeorar la especie.
Daniel no dijo nada.
—¿Qué sentiste?
La pregunta salió más baja.
Daniel la miró.
—Que no te conocía.
Irene sintió que algo se le rompía por dentro.
No del todo.
Una grieta nueva.
Daniel siguió:
—Que habías crecido sin mí. Que eras mi hija y una desconocida. Que yo había fingido morir para no ver las consecuencias, y las consecuencias estaban ahí, hablando con tu voz.
Irene no pudo evitarlo.
Una lágrima le cayó.
Una.
La odió inmediatamente.
Daniel la vio.
Eso la enfadó.
—No hagas esa cara —dijo.
Él bajó la mirada.
—Perdón.
Irene se levantó otra vez, pero esta vez Clara puso una mano en su brazo.
No para detenerla.
Para estar.
Irene no se apartó.
—¿Sabes qué pensé cuando vi el vídeo donde aparecías? —preguntó Irene.
Daniel negó.
—Primero no pensé que eras tú. Primero te odié. Antes de reconocerte. Mi cuerpo te odió antes que mi cabeza supiera por qué. ¿Sabes lo horrible que es eso?
Daniel cerró los ojos.
—No.
—Bien. Porque no quiero que digas que sí.
Silencio.
Irene respiró.
—Durante años pensé que el mar te había quitado.
Daniel abrió los ojos.
Irene sostuvo su mirada.
—Y eras tú.
La frase entró en la pantalla y la atravesó.
—Siempre fuiste tú.
Daniel no habló.
Bien.
Por fin.
—Yo no perdí a mi padre —dijo Irene—. Me lo robaste tú.
Clara se tapó la boca con una mano.
Daniel no se movió.
La imagen se pixeló un instante.
Volvió.
Sus ojos estaban llenos.
No lloraba del todo.
Quizá no se atrevía.
Quizá por fin entendía que sus lágrimas no eran el centro.
—Irene —dijo, muy bajo—. No puedo devolverte lo que hice.
—No.
—No puedo arreglarlo.
—No.
—No puedo pedirte que me perdones.
—No.
—No voy a hacerlo.
Irene lo miró.
—¿Entonces qué vas a hacer?
La pregunta quedó en la llamada.
Daniel respiró.
—Responder. A todo. A la ley. A Clara. A ti, si algún día quieres preguntar más. Sin aparecer cuando no me llamen. Sin exigir. Sin explicar para que duela menos. Sin usar la culpa como excusa.
Irene lo estudió.
—Suena ensayado.
Daniel asintió.
—Lo he pensado mucho.
—Normal. Tuviste seis años libres, entre otras cosas.
Él bajó la cabeza.
—Sí.
Irene apoyó la espalda en la silla.
Estaba cansada.
De pronto, brutalmente cansada.
La rabia seguía allí, pero el cuerpo empezaba a pasar factura. Se sentía como si hubiera estado sosteniendo una puerta contra un incendio y acabara de descubrir que el fuego también estaba dentro.
—No sé qué quiero de ti —dijo.
Daniel la miró.
—Está bien.
—No digas está bien. Nada está bien.
—Tienes razón.
Irene levantó una ceja.
Daniel cerró la boca.
Aprendía rápido cuando le iba la vida en ello. Lástima que antes no se le ocurriera aplicarlo a, no sé, no fingir ahogarse.
Clara habló.
—Daniel, la llamada tiene que terminar pronto.
El funcionario asintió discretamente desde su ventanita.
Irene miró la pantalla.
No quería terminar.
Sí quería.
Quería apagarlo y no volver a verlo nunca.
Quería preguntarle mil cosas más.
Quería que sufriera.
Quería que no sufriera de una forma que lo volviera otra vez el protagonista.
Quería tener doce años y que todo fuera mentira.
Quería tener diecisiete y no necesitar nada.
Qué desastre tan mal repartido.
—No voy a perdonarte hoy —dijo Irene.
Daniel asintió.
—Lo sé.
—Ni mañana.
—Lo sé.
—Igual nunca.
Daniel tragó saliva.
—Lo sé.
—Y si algún día hablo contigo, no será para hacerte sentir mejor.
—Lo entiendo.
—Será porque yo quiera.
—Sí.
Irene se inclinó hacia la cámara.
—Y escúchame bien, Daniel.
Él levantó la mirada.
Daniel.
No papá.
No todavía.
Quizá nunca.
—El mes que viene no existe.
Daniel cerró los ojos.
La frase lo golpeó con una precisión que él no podía entender del todo, porque no había estado allí cuando Irene la escribió por primera vez. No había visto a la niña doblar esa frase dentro de una noche sin dormir. No había visto cómo una hija convertía una promesa vieja en sentencia.
Pero entendió lo suficiente.
—Lo sé —dijo.
—No. Ahora lo vas a aprender.
Silencio.
Irene miró a Clara.
Luego al funcionario.
Luego otra vez a Daniel.
—Corta tú —dijo.
Daniel parpadeó.
—¿Qué?
—Quiero verte cortar. Una vez en tu vida, termina algo de frente.
Daniel se quedó inmóvil.
Clara cerró los ojos.
Daniel asintió.
—Adiós, Irene.
Ella no respondió.
Daniel miró a Clara.
—Adiós, Clara.
Clara dijo:
—Adiós, Daniel.
La palabra adiós sonó distinta.
No como cierre.
Como límite.
Daniel miró otra vez a Irene.
No dijo te quiero.
Bien.
Quizá había aprendido una cosa.
Movió la mano hacia algún punto fuera de cámara.
La pantalla quedó congelada un segundo.
Luego desapareció.
La llamada terminó.
El funcionario aún estaba en pantalla. Dijo algo sobre seguimiento, próximos pasos, contacto posterior. Clara respondió. Irene no escuchó.
Solo miraba el espacio donde había estado la cara de Daniel.
Cuando todo terminó, el portátil volvió al escritorio.
Fondo azul.
Silencio.
Irene se levantó.
Caminó hasta su habitación.
Clara la siguió hasta la puerta, pero no entró.
Dentro, Irene abrió el cajón.
Sacó el cuaderno azul.
Lo puso sobre la mesa.
Sacó la pulsera.
La dejó aparte.
Abrió la primera página.
Está vivo.
Y yo también.
Debajo, escribió:
Hoy lo vi.
Se detuvo.
Luego añadió:
No lo perdoné.
Pasó el bolígrafo entre los dedos.
Después escribió una tercera línea:
Y no se acabó el mundo.
Leyó las tres frases.
Le tembló la mano por fin.
El temblor llegó tarde, como casi todo en aquella familia.
Se sentó en la cama, con el cuaderno abierto sobre las piernas.
Lloró.
Esta vez no intentó hacerlo en silencio.
Clara entró unos minutos después.
No preguntó.
Se sentó a su lado.
Irene apoyó la cabeza en su hombro.
—No le dije papá —murmuró.
—No tenías que hacerlo.
—Pero lo pensé.
Clara le acarició el pelo.
—También vale.
Irene cerró los ojos.
—Odio que todo valga.
—Yo también.
—Estoy muy cansada.
—Lo sé.
—No, mamá. Estoy cansada de años.
Clara la abrazó más fuerte.
—Yo también.
El cuaderno quedó abierto sobre las piernas de Irene.
La pulsera azul y blanca descansaba sobre la sábana, ya no como regalo, ni como prueba, ni como herida limpia.
Solo como un objeto pequeño.
Por primera vez en años, Irene pensó que quizá algún día podría tirarla.
O guardarla.
O olvidarla en un cajón sin que decidiera nada.
No hoy.
Hoy bastaba con haber mirado a Daniel y seguir respirando.
Una victoria pequeña.
Ridícula.
Insuficiente.
Suya.