Capítulo 29 — Irene frente a Daniel
La videollamada se programó para un jueves a las once de la mañana.
La palabra programó le dio ganas de reír a Irene.
Como si aquello fuera una tutoría.
Una revisión médica.
Una entrevista de trabajo.
“Buenos días, hemos reservado un espacio para que pueda mirar a su padre, que fingió morir durante seis años y la dejó crecer dentro de una mentira. Duración estimada: cuarenta minutos. Por favor, compruebe su conexión a internet.”
El mundo moderno tenía una capacidad espectacular para meter el horror en calendarios.
Clara preparó el portátil en la mesa del salón.
No en la habitación de Irene.
No en la cocina.
En el salón.
Territorio neutral, si es que una casa podía tener algo neutral después de tanto año de fantasmas ocupando metros cuadrados sin pagar alquiler, muy al estilo Daniel, por otra parte.
Había una botella de agua sobre la mesa. Pañuelos. Un cuaderno. El móvil de Clara. El móvil de Irene. Una libreta con el número de referencia del caso. El cuaderno azul estaba en la habitación de Irene, cerrado dentro del cajón.
Irene no quiso traerlo.
—No es una reunión familiar —dijo.
Clara no discutió.
A las diez y cincuenta, Irene estaba de pie junto a la ventana.
Llevaba vaqueros negros, camiseta negra y el pelo suelto. No se había vestido para estar guapa. Tampoco para parecer fuerte. Se había vestido como alguien que no quería que nada en su cuerpo pareciera una invitación a la ternura.
Clara lo entendió.
Daniel no tenía derecho a encontrar una niña.
Irene ya no era la niña del chat.
Ya no era la niña de “no te mueras”.
Ya no era la niña del cuaderno.
Si Daniel quería mirar, que mirara lo que había quedado después.
A las diez y cincuenta y siete, Clara preguntó:
—¿Quieres que me siente contigo?
Irene no se giró.
—Sí.
—¿A tu lado?
—Un poco detrás.
Clara asintió.
Un poco detrás.
No delante.
No hablando por ella.
No sustituyéndola.
No protegiéndola hasta borrarla.
A las once en punto llegó el enlace.
La llamada estaría mediada por una persona del consulado. Daniel estaba en Filipinas, en una sala habilitada para la comunicación. No era una llamada privada. Mejor así. La intimidad con Daniel era un sitio peligroso; siempre acababa uno pagando algo que no había comprado.
Clara hizo clic.
Pantalla de espera.
Irene se sentó.
Puso las manos sobre las rodillas.
No temblaban.
Eso la preocupó.
Le habría gustado temblar. Habría sido más humano, quizá. Pero estaba quieta. Demasiado quieta. Como si su cuerpo hubiera decidido convertirse en estatua hasta que terminara el bombardeo.
Primero apareció un funcionario.
Español.
Rostro serio.
Voz cuidadosa.
Explicó las condiciones: podían terminar la llamada en cualquier momento, nadie estaba obligado a hablar, se recomendaba mantener la calma, aquello no sustituía procedimientos legales ni declaraciones oficiales.
Irene lo escuchó con una paciencia que no sentía.
Cuando terminó, dijo:
—¿Está él ahí?
El funcionario asintió.
—Sí. Voy a incorporarlo.
Incorporarlo.
Como si Daniel fuera un archivo adjunto.
La pantalla cambió.
Y allí estaba.
Daniel Salcedo.
Vivo.
La primera impresión fue absurda.
Estaba más viejo.
Eso fue lo primero que pensó Irene.
No “está vivo”.
No “es él”.
No “lo odio”.
Viejo.
El pelo más corto. Más gris. La cara más delgada. Arrugas nuevas alrededor de los ojos. Barba mal recortada. Piel más oscura. Una camisa sencilla. Un fondo blanco detrás. Luz mala. Cámara mediocre.
Un hombre.
No un fantasma.
No una tumba abierta.
No una explicación.
Un hombre sentado frente a una pantalla.
Daniel miró primero a Clara.
Luego a Irene.
Cuando sus ojos llegaron a ella, algo en su cara se rompió.
No mucho.
Suficiente.
—Irene —dijo.
Su voz.
Seis años y seguía siendo su voz.
Más áspera.
Más baja.
Pero suya.
Irene sintió un golpe en el pecho tan fuerte que casi le dio rabia tener cuerpo.
Había imaginado esa voz muerta.
Había imaginado esa voz viva.
Había imaginado insultarla, apagarla, desearla, odiarla.
Y ahora estaba ahí, saliendo de los altavoces del portátil, como si la tecnología no tuviera ni una mínima vergüenza moral.
Irene no contestó.
Daniel tragó saliva.
—Hola, Clara.
Clara respondió:
—Daniel.
Nada más.
Ni hola.
Ni qué tal.
Ni gracias por resucitar, qué detalle, nos pillas fatal pero bueno.
Solo Daniel.
El nombre como una puerta cerrada.
El funcionario dijo algo sobre que estaría presente, pero en segundo plano. Irene apenas lo escuchó.
Daniel seguía mirándola.
—No sé cómo empezar —dijo.
Irene se inclinó un poco hacia delante.
—Qué raro. Tú siempre fuiste buenísimo empezando cosas que no sabías terminar.
Daniel cerró los ojos un segundo.
Clara no habló.
Bien.
—Irene...
—No.
La palabra salió limpia.
Daniel abrió los ojos.
—No me llames como si tuvieras derecho a sonar triste.
Él bajó la mirada.
—Tienes razón.
—Eso va a ser muy cansado si lo dices cada vez que tengo razón. Te recomiendo hidratarte.
Daniel casi sonrió.
No llegó.
Mejor.
Si hubiera sonreído, Irene probablemente habría cerrado el portátil.
—No voy a defenderme —dijo él.
—Qué generoso.
—No. No lo es.
—Mira, ahí sí estamos de acuerdo.
Silencio.
La imagen de Daniel se congeló medio segundo y volvió. La conexión decidió aportar su cuota de miseria técnica, porque claro, seis años de dolor necesitaban buffering.
Irene respiró.
Había escrito preguntas.
Muchas.
Las tenía en una hoja dentro de su bolsillo.
No quería sacarla.
Sacarla parecía concederle a Daniel una entrevista organizada, y aquello no era una entrevista. Era una colisión.
—¿Desde cuándo? —preguntó.
Daniel levantó la vista.
—Desde el principio.
Irene asintió despacio.
—Define principio. Me encantan los detalles. Últimamente son como cuchillos, pero al menos cortan recto.
Daniel miró a Clara.
Clara no lo ayudó.
—Desde el día de la barca —dijo él—. Fingí el accidente. Fingí la desaparición.
Irene sintió que la frase le entraba en el cuerpo con retraso.
Fingí.
Accidente.
Desaparición.
—Entonces cuando yo te escribí —dijo—, estabas vivo.
Daniel cerró los ojos.
—Sí.
—Cuando escribí “papá contesta”.
—Sí.
—Cuando mamá llamó a números que no servían.
—Sí.
—Cuando llegaron tus cosas.
—Sí.
—Cuando cumplí trece.
Daniel no respondió enseguida.
Irene golpeó la mesa con la palma.
—Di sí.
Daniel abrió los ojos.
—Sí.
—Cuando cumplí catorce.
—Sí.
—Quince.
—Sí.
—Dieciséis.
—Sí.
—Cuando dije en clase que estabas muerto porque era más corto.
Daniel se quedó inmóvil.
No podía saber eso.
Ahora lo sabía.
—Sí —dijo, casi sin voz.
Irene sintió que algo dentro de ella quería llorar.
Lo sujetó.
No por orgullo.
Porque todavía no.
—¿Pensaste en mí? —preguntó.
Daniel respiró.
—Todos los días.
Irene soltó una risa seca.
—No.
Daniel se quedó callado.
—No me des esa frase. Esa frase es de padre de película barata. “Pensé en ti todos los días.” Precioso. Muy emotivo. Casi falta una puesta de sol y un violín para que me vomite encima.
Daniel agachó la cabeza.
—Pensar no sirvió de nada —dijo.
Irene se quedó quieta.
Esa respuesta no era la que esperaba.
—No —dijo ella—. No sirvió de nada.
Daniel levantó la vista.
—Pensé en ti y no volví. Pensé en ti y seguí escondido. Pensé en ti y dejé que crecieras creyendo que estaba muerto. Así que si te digo que pensé en ti, no es una defensa. Es parte de la culpa.
Clara cerró los ojos.
Irene miró a su padre.
Por primera vez desde que empezó la llamada, algo en su rabia cambió de textura. No se redujo. No se suavizó. Solo encontró otra pared.
Daniel no estaba excusándose.
Eso la enfadó de otra manera.
Era más fácil odiar a alguien que intentaba venderte su versión.
Daniel, al menos en ese momento, no vendía.
Llegaba tarde hasta a eso.
—¿Por qué? —preguntó Irene.
La pregunta era enorme.
Demasiado grande.
Ridícula en una videollamada con conexión dudosa.
Pero era la pregunta.
Daniel se quedó mucho tiempo sin responder.
—Porque era cobarde —dijo al fin.
Irene esperó.
—Sigue.
—Porque tenía deudas. Porque había perdido el control. Porque no sabía enfrentar lo que había hecho. Porque creí que si desaparecía, todo el mundo estaría mejor sin mí.
Irene levantó una mano.
—No.
Daniel se calló.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Eso de “estaríais mejor sin mí”. Eso te pone triste a ti en el centro. Otra vez. Qué sorpresa. Daniel Salcedo protagonizando hasta su muerte falsa. Una innovación tremenda.
Daniel recibió el golpe.
—Tienes razón.
—Te dije que iba a cansar.
—Lo hice porque quería escapar —dijo él.
Esta vez más claro.
—De las deudas. De la vergüenza. De Clara. De ti. De mirarte y saber que te estaba fallando. De todo. No fue por vosotros. Fue por mí.
Irene se quedó en silencio.
Esa frase sí cortó.
No porque curara.
Porque no mentía.
—Gracias —dijo ella.
Daniel parpadeó, sorprendido.
—¿Por qué?
—Por no insultarme diciendo que lo hiciste por amor.
Él bajó la mirada.
—Nunca fue amor.
Irene sintió un golpe.
Daniel corrigió rápido, pero sin intentar suavizarlo demasiado.
—No la huida. La huida no fue amor. Yo te quería. Te quiero. Pero lo que hice no fue amor.
Irene notó que Clara se movía detrás de ella, apenas.
La palabra te quiero cayó sobre la mesa como un objeto que nadie había pedido.
Irene la miró desde dentro.
Durante años habría matado por oírla.
Ahora no sabía dónde ponerla.
—No digas eso todavía —dijo.
Daniel asintió.
—Vale.
—No porque sea mentira.
Se sorprendió de decirlo.
Daniel también.
Irene tragó saliva.
—No sé si es mentira. Eso es lo peor. Si no me quisieras, sería más fácil. Serías un monstruo completo y ya está. Pero tú... tú eres peor escrito que eso.
Daniel soltó una respiración que casi fue risa y casi fue llanto.
—Sí.
—No te rías.
—No me río.
—Bien.
Silencio.