Nadie Escapa a su Destino Epílogo
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Epílogo

Melissa se despertó muy temprano en su antiguo apartamentito.

Se desperezó en la cama y recorrió la habitación con la mirada.

En el suelo estaban las bolsas con sus cosas empaquetadas.

No era mucho, si se tiene en cuenta que dejaba su casa para siempre.

Adónde iba, Melly no lo sabía, pero le daba igual.

Tenía el cuerpo entumecido, porque había tenido que compartir aquella cama estrechísima con el enorme Ares.

Él se había ofrecido a dormir en el suelo, pero ella había rechazado la propuesta, indignada.

Aquel día se mudaban, y Melly ya no podía esperar más.

Se escurrió sin hacer ruido de debajo de su brazo pesado y fue a la cocina.

Sabía que Ares siempre tenía el sueño ligero.

Seguro que había notado que se había levantado, pero así le resultaría todavía más agradable recibir en la cama una taza de café aromático.

Con motivo de la mudanza, Ares había comprado un auto, y cuando la última bolsa estuvo en el maletero, se pusieron en camino. En un momento dado, Ares frenó en seco y dio la vuelta. Melissa lo miró asustada, y él dijo:

—Perdona, se me olvidó pasar por un sitio. Será rápido.

Se detuvo ante una tiendecita en una calle estrecha. Se bajó, miró a su alrededor y luego le abrió la puerta a Melissa.

—Vamos.

Sin preguntar nada, Melissa lo siguió. Él empujó la puerta de la tienda y la dejó pasar primero. Se encontraron en una pequeña joyería; detrás del mostrador estaba sentado un viejecito muy, muy anciano. Miró atentamente a los clientes y luego dijo:

—Por fin. Sí que han tardado en decidirse a pedir la mano.

Melissa miraba sorprendida al viejecito y a Ares, y este dijo:

—Hace tiempo me prometieron aquí los mejores anillos de boda. Y yo prometí que vendría a buscarlos justo aquí. No podía faltar a mi promesa.

—Podría no haber llegado a tiempo, joven. Hace mucho que debería estar en la tumba, como usted me dijo entonces. Pero los estaba esperando. Quizá por eso he vivido diez años de más.

Se fue a la trastienda y tardó mucho en volver; luego les trajo un estuche con unos anillos magníficos, una obra maestra del arte de la joyería.

—De verdad que son los mejores —dijo Melissa, admirada.

Tras despedirse del viejo joyero, Melly y Ares salieron de la ciudad.

Viajaron casi todo el día y llegaron a su destino cuando ya se ponía el sol.

Melly se había adormilado y no vio que habían entrado en una ciudad y la habían atravesado casi de punta a punta, hasta las afueras.

Cuando el auto se detuvo, Melissa se despertó y vio que no habían llegado a una casa, sino a un edificio grande y antiguo.

Estaba claro que necesitaba una restauración, pero era sólido y seguro, construido con pequeños ladrillos rojos.

Llevaba muchos años bien plantado en la tierra y estaba dispuesto a aguantar otros tantos.

Melissa bajó del auto y miró a Ares, desconcertada.

—Pero ¿qué es esto?

—Es un orfanato, Melly. Querían cerrarlo por falta de financiación, y yo lo he comprado.

Es mi regalo de boda para ti. Serás la mejor madre para todos los niños que lo necesiten, y será el mejor orfanato que pueda existir.

Aquí trabajarán los mejores especialistas, porque podremos pagarles como se merecen.

—Pero, Ares, eso a lo que te dedicas…

Ares soltó una carcajada:

—No soy un maníaco, Melissa. También puedo no dedicarme a eso.

—Entonces, ¿puedo pedirte otro regalo?

—Lo que quieras.

—Quiero un hijo nuestro.

—Ahí dentro hay un par de habitaciones preparadas para nosotros; podemos entrar y empezar ahora mismo.

Y así, abrazados, cruzaron de nuevo el umbral de un orfanato, dispuesto una vez más a convertirse en su hogar.

8 de agosto de 2013

Simferópol