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Epílogo. Rose un año después

EPÍLOGO ROSE UN AÑO DESPUÉS

En la tarde del vigésimo quinto aniversario de mi padre, Molly y yo nos escapamos de las celebraciones del palacio antes de la salida al balcón y del banquete posterior, para quedarnos merodeando en el corredor, junto a la entrada.

–Dijo que estaba a solo un minuto de aquí –le digo a Molly, que se está poniendo notablemente ansiosa.

–Van a salir sin ti –dice–. Luego todos los periódicos dirán: “Escándalo: la princesa Rosemary se pierde la segunda mitad del gran día de su padre”.

–No saldrán sin mí –digo, con moderada seguridad–. Ya casi está aquí.

Se abre la entrada al salón de gala y Eleanor y Santi irrumpen.

–Rose, tus padres me enviaron aquí para vigilarte –dice ella–. Me dijeron que fueras allí de una maldita vez. Con esas precisas palabras.

Abro la boca para responder, cuando el griterío que proviene del vestíbulo me interrumpe en seco. La miro a Molly como diciendo “te lo dije”, ella pone los ojos en blanco. Me apresuro a llegar a la puerta, seguida por los otros tres.

Danni está parada sobre la alfombra, sonriendo para las cámaras, mientras los fotógrafos gritan para que se acerque, que mire en dirección a ellos, que dé unos pasos. Se ilumina al verme y yo enfilo hacia ella.

Aún no podemos abrazarnos, pero coloco mi brazo a su alrededor mientras posamos juntas.

–Hoy tendrá que ser rápido. Lo lamento –me disculpo mientras se oyen los obturadores y los clics de las cámaras–. Ya debería estar en el balcón.

Nos movemos rápido, empujamos las puertas y entramos al corredor. Apenas hemos atravesado las puertas que ya la estoy abrazando y levantando del suelo.

–Lo hiciste, lo hiciste, lo hiciste –grito, dando un pequeño salto bajo el peso de su cuerpo.

–Rose, estuve brillante –exclama, resplandeciendo de la alegría–. ¡Me pidieron que tocara Dürnitz ! La tenía memorizada desde hacía como cinco años ya.

La bajo y los otros se acercan para abrazarla de a uno.

–¿Barniz? –le pregunta Eleanor, atrayendo a Danni para sí.

–No, Dürnitz . El primer movimiento de Sonata en Re –explica Danni por encima del hombro–. Es fácil. No podía creerlo. Estaba esperando…

–No es fácil –digo en voz baja a Eleanor y Santi se echa a reír.

–Eras la única de nosotros que faltaba –exclama Molly, agitando un puño–. Se acabó.

–Se acabará cuando obtengamos los resultados –le recuerda Eleanor, pero Molly sacude una mano.

–Estaremos bien. No importa lo que pase, estaremos bien.

Danni, todavía brillando, suspira de alegría mientras se hace crujir los nudillos.

Puedo entenderlo. Hace una semana, estuve en su lugar después del examen de Matemáticas.

El período de exámenes fue peor para Danni, por cierto.

Mientras que el resto rindió los exámenes finales en Bramppath durante el semestre, las estudiantes de música tuvieron sesiones de práctica para sus exámenes en el Conservatorio de Música Holstenwall durante una semana completa después de que el resto de nosotras ya habíamos terminado.

He estado nerviosa todo el día, todo el tiempo que duró la ceremonia en la catedral de Santa Mariana, durante la procesión y durante los disparos de salva por la tarde, preguntándome cómo le estaba yendo en el concierto.

Ahora que sé que está bien, por fin me puedo relajar y disfrutar de las festividades.

Sin mencionar que por fin podemos concentrarnos en nuestras próximas vacaciones de esquí.

Después de pasar por una tonelada de estrés por los exámenes durante semanas, no se me ocurre una mejor forma de celebrar nuestra recién descubierta libertad que pasar una semana juntas, a solas, en una cabaña suiza.

Solo Danni, yo y mi equipo de guardias reales.

Danni apresura el paso junto a mí cuando entramos al salón de baile del palacio.

Todavía tenemos que minimizar tomarnos de las manos cuando estamos en eventos reales (una regla que se ha aplicado con rigurosidad tanto en parejas heterosexuales como en nosotras), pero a mí me permiten colocar una mano en la parte baja de su espalda mientras caminamos, lo cual hago de inmediato.

–Había un panel de cinco jueces –dice–, y yo esperaba que fueran tres.

Habría creído que eso me derrotaría, pero supongo que después de todas las presentaciones en Bramppath me estoy acostumbrando a la presión.

Solo fingí que estábamos en la escuela y, eventualmente, me olvidé de que ellos estaban allí.

–Estoy tan orgullosa de ti.

Ella echa la cabeza hacia atrás como gesto de alivio, tanto que casi pierde el equilibrio y yo la atrapo, con una risa nerviosa.

Por todo el salón, los invitados han notado la llegada de Danni y ella comienza a saludar con la mano y asentir con la cabeza a medida que les pasamos por al lado.

Dudo que sepa la mitad de sus nombres, pero logra generar un cálido contacto visual con cada uno de ellos, de forma individual, como si los supiera.

Para alguien que dudaba tanto de ser el centro de las miradas cuando la conocí, no lo está haciendo para nada mal.

Solo aparta la vista cuando pasamos junto a los Paget-Harrington.

Aunque Alfie no está aquí, todavía guarda un resentimiento bastante entendible hacia la familia entera por el rol que tuvieron en el asunto de su expulsión.

Por fortuna, no hacen ningún esfuerzo por saludarnos; y nosotras seguimos de largo como si ni siquiera existieran.

Mis padres me están esperando en la sala de estar contigua al balcón, junto con varios miembros del personal del palacio, incluyendo a Penelope, mi publicista. Mamá sacude la cabeza al vernos, aunque solo parece un poco enfadada.

–Te envié a buscar hace años, Rose –me reprende.

–Me demoraron. Ya estoy aquí, lo siento.

Mi padre, con su atuendo de ceremonias negro y dorado, decorado con fajas, luce demasiado extasiado como para estar molesto conmigo.

En cambio, me da una palmada en el hombro, luego voltea hacia Danni.

Sus ojos se suavizan con cierta calidez, como sucede a menudo últimamente cuando ella está cerca.

No estoy del todo segura de si le tiene tanto cariño a Danni por quién es ella como persona, o porque la asocia con todas las cosas que han sucedido desde que el público se enteró de su importancia para nosotros.

Lo más probable es que sea una combinación de ambas razones.

–¿Cómo estuvo tu examen, Daniela? –le pregunta.

–Grandioso, muy bien –responde ella–. Felicitaciones por su aniversario. ¿Ha sido un buen día?

–Ha sido un excelente día –dice mi padre. Luego suelta una risa corta, como si se maravillara ante la idea.

Supongo que, para este entonces el año pasado, cuando pensaba en las celebraciones de su aniversario, no había ni fantaseado con una multitud tan numerosa y, sin dudas, no con el nivel abrumador de positividad y algarabía que hemos visto en las personas que asistieron el día de hoy.

Pero muchas cosas pueden cambiar en un año.

Resuenan las trompetas allí afuera para anunciar su salida al balcón. Como se trata de su aniversario, primero sale solo para tener su momento. La multitud estalla con alaridos de entusiasmo y hurras. Danni me hace girar para ver mi atuendo, estoy lista para dar mi propio saludo.

–Estás perfecta –me susurra, apoyando los dedos por debajo de la tiara de esmeraldas que han cosido a mi moño.

Es la primera vez que la uso desde que me permitieron estrenarla cuando cumplí dieciocho, como es la costumbre.

Danni deja la mano allí durante mucho más tiempo del que necesita, acariciándome la sien con el pulgar.

Incluso después de todo este tiempo, su roce todavía me hace estremecer.

Ahora sale mamá y la ovación se eleva otra vez.

–Te amo –le digo a Danni.

–Yo a ti.

–¿Vamos? –pregunto, apoyando los labios rápidamente sobre los suyos, mientras tenemos un momento de semiprivacidad. Entonces, enderezo la espalda y caminamos juntas hacia el balcón en último lugar.

Según la tradición, solo la familia real aparece en el balcón.

Sin embargo, hace unos meses mi padre decidió que, dado que estábamos deshaciéndonos de los romances reales heterosexuales de larga tradición, no podría hacer el más mínimo daño alterar esta costumbre en particular también.

Primero le pidió a Danni que saliera con nosotros, hace varios meses, como una especie de prueba, luego de ver con cuánto entusiasmo (en especial, los más jóvenes) respondían a mi relación con ella.

Y la respuesta casi histérica que tuvo la multitud cuando Danni apareció junto a nosotros aquel día cementó su decisión de continuar extendiendo la invitación.

Siempre ha sido el primero en priorizar cualquier cosa que mejorara la reputación (y la recepción) de la familia real.

Solo me sorprende porque jamás se me ocurrió a mí (ni a él, me imagino) que mi relación con Danni podría ser una de esas cosas.

El año pasado no había parecido posible.

No se había hecho nunca, así que, por consiguiente, nunca podría hacerse.

Pero supongo que, el problema de aferrarse tanto a las tradiciones, es que podemos perder de vista cuando la opinión pública hacia lo que siempre se ha hecho ha avanzado más que nosotros.

Al final, no era nuestra familia en lo que el país estaba perdiendo su fe. Era el pasado lo que estaba rechazando. Un pasado que solíamos representar.

Hasta que llegué yo. Hasta que llegó Danni.

El sol me enceguece y entrecierro los ojos.

Levanto una mano para saludar a la multitud que está allí abajo mientras estalla en un aplauso ensordecedor.

El mar de gente se extiende hasta donde me alcanza la vista.

Todos se contonean, hacen gestos y gritan nuestros nombres.

Gritan mi nombre. Vuelvo a saludar, levanto el brazo más alto y eso genera una oleada sobre la multitud como una corriente, mientras que el volumen y el movimiento vuelven a incrementarse.

Todavía no tengo todas las respuestas. No sé si las cosas cambiarían si Danni y yo nos comprometiéramos, o qué sucederá si tenemos hijos.

No podría decir con certeza qué sucedería si se llevara a cabo otro referéndum y no sé si hay un resentimiento mudo gestándose donde todavía no puedo verlo.

No es posible conocer el futuro completo y jamás se ha podido.

Lo único que puedo hacer es observar el presente y usarlo para alimentar mis esperanzas.

Así que, como siempre hago, cuento los letreros que hay entre la muchedumbre.

NO ES MI REY.

ABOLICIÓN.

EL PAÍS LE PERTENECE AL PUEBLO.

Solo encuentro un par desparramados de forma esporádica.

El número decrece cada vez que cuento, a medida que pasan los meses.

Y, como es habitual, reviso si hay letreros de enojo que contengan mensajes desdeñosos hacia Danni o hacia mí, algo que al principio di por sentado que veríamos en grandes cantidades.

Como es habitual, no hay ninguno.

Después de aquellos meses posteriores a lo sucedido en Ámsterdam y de salir al balcón ante la hostilidad gélida de la gente, ahora apenas puedo creer la recepción.

Es algo extraño y maravilloso pasar de apenas atreverme a guardar la esperanza de que podrían tolerarme como soy, a descubrir que mi yo real es amado de un modo en que mi versión falsa jamás lo fue.

Le lanzo una mirada a Danni. Ella se ve segura, hermosa y completamente llena de confianza en sí misma. Intercambia una mirada conmigo, me devuelve una sonrisa radiante y me hace un gesto para que me voltee otra vez hacia la gente.

–Mira. Están emocionados de verte –me dice con los labios.

Debería, sin dudas debería hacerlo.

Pero no puedo quitarle los ojos de encima.

Y tampoco quiero hacerlo.