Nadie debe saberlo ¡David, no! #3
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¡David, no! #3

Abrí el grifo y me lavé las manos. La sangre del nudillo se ablandó, tiñó el agua de rosa, desapareció en el desagüe.

Mientras me secaba con papel áspero, oí entrar a alguien.

Un hombre alto, con chaqueta impermeable y la capucha bajada, se colocó ante el urinario sin mirarme.

Noté, sin saber por qué, que el hombre no estaba orinando.

El aire cambió a mi alrededor. Como si esperara que ocurriera algo, dejé de secarme las manos, y entonces aquel hombre habló sin girarse.

​_​           ​ Reverendo Stock.

El corazón me dio un golpe seco y mudo contra el pecho, como un puño que golpea una puerta cerrada; y en ese instante, no ocurrió nada. Solo el zumbido del extractor, el goteo del grifo mal cerrado, el olor a lejía barata y hedor a combustible que se colaba por la rendija de una pequeña ventana.

Movido por el miedo, lancé el papel usado a la cara del hombre y corrí.

No pensé.

Si hubiera pensado, quizá habría muerto allí mismo, porque el pensamiento suele llegar tarde a las habitaciones donde el miedo ya ha tomado decisiones.

Empujé la puerta del baño con el hombro, salí a la tienda de la estación, derribé un expositor de chocolatinas y oí detrás de mí un insulto grave, no muy alto, más irritado que sorprendido.

La cajera levantó la vista. Un camionero con un termo en la mano se apartó justo a tiempo.

Crucé entre los pasillos, salí por la puerta automática y recibí la lluvia en la cara como una bofetada.

No corrí hacia la carretera.

Corrí hacia la zona de lavado, donde había dos coches cubiertos de espuma bajo la luz azulada de los túneles automáticos. Detrás, más allá de los contenedores y de un cartel oxidado que anunciaba aire y agua, vi una franja de matorrales y, al otro lado, oscuridad.

No sabía qué había allí.

Eso lo hacía mejor que la carretera.

Una mano me agarró el abrigo por detrás.

Giré con una violencia que no reconocí como mía y golpeé con el codo.

Oí una exhalación. El agarre se soltó. No esperé a ver quién era, aunque una parte de mí comprendió ya que no era el hombre del baño, sino otro, porque el cuerpo que chocó contra mí era más bajo, más compacto, y olía a colonia cítrica.

Había dos.

Corrí hacia los contenedores, resbalé en una mancha de gasóleo, caí de rodillas y noté como el dolor me subía por los muslos cual fuego.

Me levanté como pude, me metí entre los matorrales y seguí hasta que las ramas me arañaron la cara y la lluvia me empapó por completo.

Detrás oí voces, una orden seca, el crujido de alguien entrando también en la maleza.

Entonces vi, a unos cien metros, las luces mortecinas de un motel junto a la carretera secundaria.

El letrero decía THE LANTERN REST , aunque varias letras estaban fundidas y desde donde yo corría parecía leerse THE LATE REST , el descanso tardío, lo cual le habría parecido una ironía literaria a Clara y una advertencia a cualquiera que aún creyera en señales.

El edificio era bajo, de una sola planta, con puertas alineadas frente a un aparcamiento casi vacío. Una máquina de refrescos iluminaba de rojo la esquina de la recepción. Había una furgoneta blanca, un coche azul con el capó abollado y un sedán oscuro aparcado de espaldas a la salida.

Salí de los matorrales jadeando, crucé la carretera secundaria sin mirar y entré en la recepción del motel empujando la puerta con tanta fuerza que una campanilla sonó como si protestara.

Tras el mostrador, un hombre grueso con gafas y una camisa de cuadros levantó la mirada de un crucigrama.

​_​           ​ Necesito una habitación —dije.

El hombre parpadeó.

​_​           ​ Está empapado.

​_​           ​ Necesito una habitación.

​_​           ​ ¿Tiene reserva?

Saqué billetes mojados del bolsillo y los dejé sobre el mostrador.

​_​           ​ No.

El hombre miró el dinero. Luego miró hacia la puerta de cristal, más allá de la cual la lluvia dibujaba líneas oblicuas sobre el aparcamiento.

​_​           ​ Documento.

Me quedé inmóvil.

El hombre suspiró.

​_​           ​ Mire, amigo, son las normas.

Entonces pensé en mi cartera, en mi nombre, en Miller, en la orden de no salir del pueblo, en Clara entrando en el Bed & Breakfast bajo una bata azul ajena, y en el hombre del baño diciendo “Reverendo Stock” como quien no pregunta, sino que confirma lo que ya sabe.

​_​           ​ Me la han robado —dije.

​_​           ​ Qué casualidad.

​_​           ​ Por favor.

El recepcionista volvió a mirar el dinero.

Era tarde. Llovía. Yo tenía el aspecto de un hombre al que la noche ya había castigado bastante, y quizá el recepcionista había visto suficientes hombres rotos para saber que algunos pagaban mejor cuando uno no hacía preguntas.

​_​           ​ Habitación siete —dijo finalmente, dejando una llave sobre el mostrador—. Si rompe algo, lo cobraremos.

Cogí la llave.

​_​           ​ Gracias.

​_​           ​ No me dé las gracias. Déjeme dormir.

La habitación siete olía a humedad, detergente barato y ese vago desamparo de los lugares donde nadie permanece el tiempo suficiente para dejar una historia completa.

Había una cama con colcha marrón, una mesa pequeña, una silla, un televisor atornillado a la pared, una Biblia en el cajón de la mesilla y unas cortinas gruesas que no cerraban del todo.

Bloqueé la puerta con la silla antes de encender la luz.

Luego apagué la luz, comprendiendo que había hecho exactamente lo que haría un hombre que quiere ser visto desde fuera, y me quedé en la penumbra, escuchando mi propia respiración.

No estaba a salvo.

La idea no llegó como una revelación, sino como una constatación física.

A salvo era una palabra que pertenecía a otra lengua, a otra vida, a las mañanas en que Clara tostaba pan y yo revisaba notas para hablar de esperanza ante personas que asentían con los ojos húmedos porque necesitaban creer que el mundo tenía una arquitectura moral reconocible.

En aquella habitación, el mundo era una puerta de madera hueca, una cerradura barata, un aparcamiento iluminado a medias y dos hombres que sabían mi nombre.

Saqué el teléfono de prepago, lo encendí y esperé a que encontrara señal. Después marqué de memoria el número de Clara, pero no llamé. Me quedé mirando la pantalla hasta que se apagó sola.

Había una cosa peor que estar solo, pensé.

Hacer sola a la persona que amas.

Me acerqué a la ventana y separé apenas la cortina.

El aparcamiento seguía casi vacío.

La furgoneta blanca.

El coche azul.

El sedán oscuro.

La lluvia.

La máquina de refrescos.

Nada más.

Entonces, en el extremo del aparcamiento, vi encenderse las luces interiores del sedán.

Y durante una fracción de segundo, antes de que la puerta se cerrara y la figura se hundiera otra vez en la sombra, vi el perfil de un joven.

Los mismos ojos.

La misma mandíbula.

Y una mano levantada, apoyada contra el cristal, no como amenaza, sino como saludo.