¡David, no! #2
Había algo casi indecente en la precisión de ese razonamiento, porque era cierto. Quien había forzado la puerta trasera pudo haber llevado un arma. Pudo haber entrado antes. Pudo habernos esperado arriba. Pudo haber hecho cualquier cosa.
Pero no lo hizo.
Había querido empujarnos.
Sacarnos de la casa.
Tal vez separarnos.
Tal vez obligarnos a correr hacia la policía, donde yo tendría que callar o mentir.
Tal vez comprobar cuál de las dos cosas elegía.
Salimos de la comisaría poco antes de las dos de la madrugada, con la lluvia convertida en una llovizna fina que no caía exactamente, sino que flotaba bajo las farolas como polvo de cristal.
El coche de Clara había quedado en la entrada de la casa.
El mío también, inútil ahora que las llaves habían aparecido en una caja sobre la mesa como una burla cuidadosamente preparada.
Miller nos ofreció que un agente nos llevara al Bed allí, la farmacia donde el viejo Singh me guardaba caramelos de menta aunque yo nunca los comprara; allí, el banco de hierro donde Clara y yo nos sentábamos algunos domingos después del servicio, fingiendo que no observábamos a las parejas jóvenes cruzar con carritos de bebé.
_ No podemos quedarnos —dije.
Clara no respondió enseguida.
_ Miller ha dicho que no salgamos del pueblo.
_ Miller sospecha de mí.
_ Miller sospecha de cualquiera que le oculte algo.
La miré.
_ ¿Y tú qué crees que le oculto?
Clara se ajustó el abrigo al cuello, aunque no hacía tanto frío como para justificarlo.
_ Creo que estás asustado, que has pasado varios días siguiendo sombras y que ahora crees que todas llevan mi cara.
Sentí el golpe de aquellas palabras en el pecho.
No porque fueran injustas, sino porque quizá no lo eran del todo.
Había una crueldad especial en las verdades parciales.
Uno podía defenderse de una mentira, desmontarla pieza por pieza, señalar sus costuras, exhibir su mecanismo; pero una verdad incompleta siempre encontraba un sitio donde engancharse.
_ He visto cosas, Clara.
_ También has hecho cosas.
La frase salió baja, casi perdida entre la lluvia y el rumor de un coche lejano.
_ ¿Qué significa eso?
_ Entraste en el garaje de una mujer. Seguiste a desconocidos. Mentiste a la policía. ¿Quieres que siga?
_ Lo hice porque alguien confesó un asesinato en mi iglesia.
Clara cerró los ojos un instante.
_ No digas eso aquí.
_ No hay nadie.
_ Siempre hay alguien.
Estuve a punto de contestar, pero una luz apareció al final de la calle.
No era un taxi. Era un coche patrulla que giró despacio junto a la plaza, pasó delante de la comisaría y siguió sin detenerse.
El agente al volante no nos miró, o fingió no mirarnos.
Vi el reflejo de las luces apagadas sobre el asfalto mojado y comprendí que Clara tenía razón en una cosa: siempre había alguien.
Cuando el taxi llegó, conducido por un hombre joven que escuchaba música a bajo volumen y olía a tabaco frío, Clara dio la dirección del Bed & Breakfast de la señora Aldridge.
No dije nada durante los primeros minutos.
Me senté junto a la ventanilla trasera, observando cómo el pueblo se deslizaba hacia atrás, deformado por las gotas que corrían por el cristal.
Clara iba a mi lado, recta, silenciosa, con el bolso apretado contra el cuerpo.
A mitad de camino, hablé sin mirarla.
_ No voy a ir al Bed & Breakfast.
Clara volvió la cabeza.
_ Sam.
_ Tengo que encontrar al chico.
El taxista subió un poco el volumen de la radio, quizá para dejar claro que no escuchaba, quizá para escuchar mejor.
_ No sabes quién es —dijo Clara.
_ Sé que Elena lo conoce. Sé que amenazó a alguien con dinero o verdad. Sé que se parece a mí.
Esta vez Clara sí se giró por completo.
_ Eso es ridículo.
_ Lo viste tú también.
_ No lo vi, Sam. Te escuché contármelo después de pasarte media noche temblando en la cocina.
_ No me lo inventé.
_ No he dicho eso.
_ Pero lo piensas.
Clara apretó los labios.
Creí que iba a decirme algo distinto, algo que no pertenecía al repertorio de reproches ni al de las advertencias, algo nacido de una zona más honda y quizá más peligrosa.
Pero el momento pasó, como pasan los coches por una carretera mojada, dejando solo una estela que enseguida se confunde con la oscuridad.
_ ¿Qué quieres hacer? —preguntó ella.
_ Bájate en el Bed & Breakfast. Haz que todos te vean entrar. Llama a Miller si quieres. Dile que estoy confundido, que necesito caminar, que no sabes dónde estoy.
_ ¿Mentir otra vez?
_ Protegerte.
Clara soltó una risa sin alegría.
_ Los hombres siempre llamáis protección a lo que decidís sin preguntar.
No tuve respuesta para eso.
Y quizá por eso me dolió más.
El taxi se detuvo frente a la casa de la señora Aldridge, una construcción victoriana con persianas verdes y un letrero ovalado que prometía habitaciones cálidas y desayuno casero, como si el mundo todavía estuviera hecho de cosas razonables.
Una luz se encendió en el piso de arriba cuando el coche frenó. Clara no abrió la puerta de inmediato.
_ No hagas esto —dijo.
_ Tengo que hacerlo.
_ No. Quieres hacerlo. Es distinto.
Miré mis manos. Había sangre seca en un nudillo, quizá de cuando golpeé la puerta lateral para abrir paso hacia el jardín durante la huida, quizá de algo anterior que no recordaba. Últimamente, mi cuerpo parecía acumular pruebas de hechos que mi mente no conseguía ordenar.
_ Hay alguien moviendo todo esto —dije—. La policía no puede ayudarme porque, para pedir ayuda, tendría que entregarles lo único que todavía me permite mirarme al espejo.
Clara me miró de una manera que no supe descifrar.
_ ¿Tu fe?
Tragué saliva.
_ No sé si eso sigue ahí.
Entonces Clara hizo algo que me desarmó: me tocó la cara.
Fue un gesto breve, una caricia apenas, la yema de los dedos rozando mi barba incipiente, y en ese roce estuvo toda la vida que habíamos construido, los años de domingos tranquilos, las facturas pagadas tarde, las discusiones por tonterías, las noches en que Clara leía en la cama mientras yo preparaba sermones sobre la misericordia de un Dios que ahora parecía haber cerrado la puerta desde dentro.
_ Vuelve conmigo —susurró.
Por un instante, casi cedí.
Casi dije que sí.
Casi pensé que podíamos entrar en aquella casa, pedir una habitación, dormir vestidos sobre una colcha ajena y, por la mañana, fingir una normalidad lo bastante convincente para atravesar el día.
Pero entonces recordé la carta.
Si buscas al muerto, tú serás el siguiente.
Y recordé al joven del almacén, sus ojos, su mandíbula, la frase lanzada como un anzuelo.
Dinero o verdad. Una de las dos cosas saldrá a la luz.
_ No puedo.
Clara retiró la mano.
Algo se cerró en su rostro, tan deprisa que no habría sabido decir si era dolor, miedo o una resolución más antigua que ambos.
_ Entonces no me pidas que te perdone por lo que ocurra después.
Bajó del taxi sin añadir nada.
La vi cruzar el pequeño jardín delantero, vi cómo la señora Aldridge abría la puerta envuelta en una bata azul, vi el gesto alarmado de la anciana, las manos de Clara levantándose en una explicación que yo ya no podía oír. Luego la puerta se cerró.
_ ¿Adónde ahora, amigo? —preguntó el taxista.
Miré al frente. En el retrovisor, los ojos del chico parecían demasiado despiertos para esa hora.
_ A la estación de servicio de la A41.
_ ¿La del cruce viejo?
_ Sí.
_ Eso está fuera de Hartbridge.
_ Lo sé.
El taxista esperó un segundo, quizá por si quería reconsiderarlo, luego puso el coche en marcha.
No fuimos directamente a la estación. Le pedí que se detuviera primero junto al cajero de la calle Market, donde saqué efectivo con una tarjeta que estuve a punto de dejar en la ranura por culpa de los nervios.
Después compré en una tienda abierta veinticuatro horas una gorra negra, un cargador barato, una botella de agua, una bolsa de frutos secos y un teléfono móvil de prepago que el dependiente me vendió sin levantar la vista de un vídeo en su propio móvil.
Todo aquello me pareció obsceno, casi cómico.
El reverendo Sam Stock, que había pasado media vida predicando sobre la luz, comprando objetos de huida bajo tubos fluorescentes, como un marido infiel, un criminal menor o un hombre que se dispone a abandonar su nombre.
Al llegar a la estación de servicio de la A41, pagué el taxi con efectivo y caminé hasta los baños, donde me miré en el espejo durante más tiempo del necesario.
Estaba pálido. Más viejo. La cara de un hombre que había pasado de creer que su vida tenía cimientos a descubrir que quizá había estado viviendo sobre una trampilla.