Ahora tú también estás dentro #2
Detuve el coche antes, detrás de una furgoneta abandonada con las ruedas desinfladas, apagué el motor y me quedé quieto, respirando por la boca.
Vi a Elena bajar del Volvo.
Llevaba un abrigo camel, un bolso pequeño y el cabello recogido en una coleta baja.
No miró alrededor con nerviosismo. Esa tranquilidad me resultó más inquietante que cualquier sobresalto.
Elena no parecía una asesina regresando al lugar donde ocultaba una verdad.
Parecía una persona que acude a una cita desagradable pero necesaria, una de esas reuniones en las que se habla poco y se pierde mucho.
Esperé a que desapareciera por la puerta corredera.
Luego conté hasta treinta.
No sabía por qué treinta. Tal vez porque una vez, en un retiro espiritual, un monje me había dicho que el miedo se podía ordenar si se le daba una liturgia. Treinta segundos. Treinta respiraciones. Treinta pasos hacia el pecado.
Bajé del coche.
El aire olía a gasóleo viejo, óxido y hierba mojada.
A lo lejos, una máquina golpeaba algo en otra nave aún en uso, un sonido metálico que llegaba de forma irregular y que hacía que todo lo demás pareciera más silencioso.
Crucé la zona abierta pegado a la pared de una oficina derruida, sintiendo bajo los zapatos el crujido de cristales diminutos y gravilla.
Cada pocos metros me detenía para escuchar, y cada vez me parecía que mi propio corazón hacía demasiado ruido.
Al llegar a la nave, descubrí una puerta lateral con el candado roto. La empujé apenas lo justo para colarme dentro.
El almacén estaba casi vacío, pero no del todo.
Había estanterías metálicas contra una pared, bobinas de cable cubiertas con plástico, cajas antiguas, una carretilla oxidada y, en el centro, un espacio amplio iluminado por franjas de luz que caían desde las ventanas altas.
El suelo estaba lleno de polvo, pero había marcas recientes de neumáticos y pisadas.
Me agaché detrás de una pila de palés y avancé desde allí, doblado, con la sensación absurda de que Dios podía verme mejor en aquella postura humillante que en todas mis homilías.
Oí voces.
Primero la de Elena, baja, tensa, con ese acento leve que hacía que algunas consonantes parecieran más duras de lo que eran.
Luego una voz masculina.
Joven.
Me quedé inmóvil.
_ No debiste venir aquí —decía Elena.
_ Tú no debiste dejar de contestar.
_ No puedo darte lo que pides.
_ No me lo tienes que dar tú.
Hubo un silencio.
Me moví un poco más, hasta que pude mirar entre dos palés.
Los vi al fondo, cerca de una mesa improvisada con tablones.
Elena estaba de espaldas a mí. Frente a ella había un muchacho alto, delgado, con una chaqueta negra y el pelo oscuro algo revuelto, no con el descuido estudiado de los jóvenes que quieren parecer interesantes, sino con la impaciencia de quien lleva varios días durmiendo mal.
No era Arthur Pendelton.
No era un empresario.
No era un marido muerto ni vivo.
Era apenas un hombre recién terminado de hacer, uno de esos muchachos que todavía conservan en los hombros la arrogancia defensiva de la adolescencia y en los ojos el cansancio prematuro de los adultos que han aprendido demasiado pronto que la verdad siempre te alimenta.
Sentí una decepción extraña, casi física.
Había esperado a un culpable reconocible.
Aquello era otra cosa.
_ Ya te dije que Arthur no está —dijo Elena.
_ Arthur siempre está cuando le conviene.
_ No sabes de qué hablas.
El joven se rió, pero no había alegría en la risa.
_ Esa frase la usáis todos cuando alguien sabe exactamente de qué habla.
Elena bajó la voz. Tuve que inclinarme hacia delante para escuchar.
_ Esto se ha ido demasiado lejos.
_ No —dijo el muchacho—. Lo que se ha ido demasiado lejos es pensar que podíais enterrarlo y seguir cenando tranquilos.
Noté que los dedos se me quedaban fríos.
Enterrarlo.
La palabra atravesó el almacén con una precisión indecente.
Elena dio un paso hacia el joven, no como quien amenaza sino como quien suplica.
_ Escúchame. Hay cosas que no entiendes. Hay gente que saldrá destruida.
_ Eso debieron pensarlo antes.
_ Tú no quieres destruir a nadie.
_ No sabes lo que quiero.
_ Quieres dinero.
_ Quiero que alguien pague.
_ Eso no es lo mismo.
_ Para mí empieza a parecerse bastante.
Contuve el aliento.
Quise grabarlo, pensé de pronto. Sacar el teléfono, grabar las voces, llevar algo tangible a Miller, algo que no violara ninguna confesión porque no había confesionario ni sacramento, solo un almacén, una conversación y una amenaza.
Pero no me atreví a moverme. La mano me pesaba junto al bolsillo como si el teléfono fuera un arma y no un aparato.
El joven golpeó la mesa con la palma abierta.
El sonido rebotó contra las paredes vacías.
_ Dile a tu marido que el dinero o la verdad, una de las dos cosas saldrá a la luz.
La frase quedó suspendida en el aire.
La oí con tanta claridad que durante un instante todo lo demás desapareció: el polvo, la nave, Elena, el muchacho, mi propio cuerpo escondido detrás de los palés.
Dinero o verdad.
Marido.
Saldrá a la luz.
No era una amenaza cualquiera. Era un plazo moral. Una cuenta atrás. Una de esas frases que no se dicen para asustar, sino porque quien la pronuncia ya ha decidido que habrá consecuencias.
Elena se llevó una mano a la boca.
_ No vuelvas a llamarlo mi marido delante de mí.
El joven ladeó la cabeza.
_ ¿Y cómo quieres que lo llame?
_ No lo llames.
_ Él tiene nombre.
_ También tiene recursos. Y tú no sabes lo que hace la gente con recursos cuando se siente acorralada.
_ No estoy acorralado.
_ Todos lo estamos.
El muchacho sacó algo del bolsillo interior de la chaqueta. No pude verlo bien: un sobre pequeño, quizá una fotografía, quizá un papel doblado. Elena intentó cogerlo, pero él retiró la mano.
_ Esto es solo una copia —dijo.
_ Por favor.
_ No me pidas por favor. No después de lo que hicisteis.
_ Yo no hice nada.
_ Nadie hace nada. Esa es la parte que más me gusta. Todos estabais allí, todos sabíais algo, todos firmasteis algo, todos cobrasteis o callasteis, pero cuando llega el momento resulta que nadie hizo nada.
Creo que en ese momento sentí que, aquella conversación, tenía capas que no podía descifrar, como cuando oyes un sermón desde otra habitación, sabes de qué va, pero no terminas de entender el contexto.
Había un marido que quizá era Arthur. Había dinero.
Había una verdad enterrada. Había un joven dispuesto a destruir a alguien.
Y en medio, Elena, que parecía menos culpable que atrapada.
Entonces el joven giró un poco la cabeza hacia la luz.
Y dejé de respirar.
No fue un reconocimiento, porque no lo conocía.
Fue peor.
Fue una colisión.
El perfil del muchacho apareció recortado por una franja de claridad que caía desde una ventana alta: la línea recta de la nariz, la mandíbula marcada, el ángulo de la frente, la forma exacta en que apretaba los labios antes de hablar, incluso la pequeña inclinación del cuello cuando escuchaba algo que no quería aceptar.
Vi aquel rostro durante menos de dos segundos y, sin embargo, tuve la sensación imposible de estar mirando una fotografía antigua de mí mismo antes de que la vida me cubriera de sotanas, funerales, compromisos, renuncias y buenas intenciones.
El muchacho tenía mis ojos.
No unos ojos parecidos.
Mis ojos.
Y mi mandíbula a los veintidós años, cuando aún creía que la fe podía ser una forma de ambición limpia y que los errores juveniles, si nadie los nombraba durante el tiempo suficiente, terminaban comportándose como si nunca hubieran ocurrido.
Retrocedí sin querer.
Mi zapato golpeó una lata vacía.
El sonido fue pequeño, ridículo, casi infantil.
Pero en el almacén sonó como un disparo.