Ahora tú también estás dentro
No dormí aquella noche, aunque permanecí en la cama con los ojos cerrados durante horas, inmóvil como un cadáver que aún conserva la cortesía de no inquietar a los vivos.
Clara había dicho que aquella noche leyó en casa.
El ticket decía que no.
Y entre una frase y un trozo de papel se había abierto una grieta por la que yo, quisiera o no, estaba empezando a ver el sótano entero de mi vida.
Al amanecer, cuando el cielo todavía era una lámina sin color detrás de las cortinas, me levanté con un cuidado exagerado, como si cada gesto pudiera delatar no solo que estaba despierto, sino que había dejado de ser el hombre que Clara creía conocer.
Me puse los pantalones en silencio, elegí una camisa gris que no usaba para los oficios y bajé a la cocina sin encender la luz.
La casa, a esas horas, parecía menos una casa que una escena reconstruida después de una desgracia: las tazas colgadas en su sitio, los cuchillos en el taco de madera, la mesa limpia, el cuenco de fruta en el centro con tres manzanas demasiado brillantes, el calendario parroquial clavado en la pared con una fotografía de la iglesia nevada en enero.
Todo estaba tan ordenado que resultaba obsceno.
Preparé café, no por deseo sino por hábito, y mientras la cafetera empezaba a escupir su primer vapor, me quedé mirando el reflejo distorsionado de mi rostro en la ventana negra.
No vi al reverendo Stock.
No vi al hombre al que los vecinos saludaban en la calle con una confianza casi filial.
Vi a un desconocido con los ojos hundidos, la mandíbula tensa y una especie de sombra moral en la piel, como si la culpa no fuera una idea sino una enfermedad dermatológica que empezaba siempre por la mirada.
Cuando oí los pasos de Clara en la escalera, guardé el teléfono en el bolsillo con un movimiento tan rápido que yo mismo me avergoncé de mi torpeza.
Ella apareció con una bata azul marino, el cabello recogido de cualquier manera y esa expresión serena que durante veinticinco años había sido para mí una forma de refugio; una expresión que ahora, precisamente por su serenidad, me aterrorizaba.
_ Has madrugado —dijo.
_ No podía dormir.
Clara se acercó, me tocó el brazo con dos dedos y me miró con una mezcla de ternura y estudio.
_ Llevas días sin dormir.
_ Es la parroquia.
_ No es la parroquia.
Bajé la vista hacia el café.
_ Hay demasiadas cosas.
_ Siempre hay demasiadas cosas, Sam. La diferencia es cuánto decides cargar sobre tus hombros.
La frase, en otro tiempo, habría sonado a consejo amoroso, a esa sabiduría seca que Clara desplegaba cuando yo me dejaba arrastrar por la angustia ajena.
Pero aquella mañana tuvo un peso distinto, como si ella supiera exactamente qué llevaba yo encima y hubiera decidido, por algún motivo que no alcanzaba a comprender, dejarme caminar unos metros más antes de quitármelo de las manos.
El primer sorbo fue un error que supe en el mismo instante; el calor mordió mi lengua con una intensidad que me hizo olvidar todo lo demás, dejándome solo con el dolor y el sabor a quemado.
_ Tengo que salir un rato —dije.
_ ¿A la iglesia?
_ Primero sí. Luego pasaré por casa de la señora Willoughby. Me pidió que revisara unas cartas de su hijo.
Clara sostuvo mi mirada apenas un segundo más de lo normal.
_ Creía que la señora Willoughby estaba en Bristol con su hermana.
El pecho se me contrajo como si dentro hubiera una puerta pesada y oxidada que acabara de encajar en su marco; el sonido no llegó a mis oídos, pero lo sentí en los huesos, y supe que había algo que ya no podría sentir nunca más.
_ Volvió ayer —mentí.
Clara asintió despacio, como si esa respuesta no le pareciera convincente pero tampoco mereciera ser discutida, y caminó hacia la cafetera.
Observé sus manos. Las mismas manos que habían corregido ensayos de adolescentes hasta pasada la medianoche.
Las mismas manos que me habían arreglado el cuello de la camisa antes de cada funeral.
Las mismas manos que habían sostenido mi cara el día en que murió mi madre y yo, por primera vez en años, lloré como un niño.
No había sangre en aquellas manos.
No había temblor.
No había nada.
Eso era lo peor.
No había nada.
Cuando salí de casa, el pueblo empezaba a desperezarse bajo una mañana de nubes bajas.
Los escaparates aún tenían los reflejos apagados, el carnicero colocaba bandejas en la vitrina con una precisión de cirujano, dos madres empujaban carritos camino de la guardería y un repartidor dejaba cajas junto a la puerta trasera de la farmacia.
Todo seguía igual.
Todo parecía dispuesto a seguir igual aunque mi corazón se hubiera convertido en una habitación donde alguien había dejado una vela encendida junto a una cortina.
Conduje primero hasta la iglesia, porque necesitaba que mi mentira tuviera al menos una parte de verdad, y aparqué junto al muro lateral.
Dentro, el aire olía a cera fría, piedra húmeda y flores empezando a pudrirse.
Caminé hasta el confesionario y me detuve delante, sin tocarlo, como si aquella madera oscura fuera un animal dormido capaz de despertarse y repetir la voz de la mujer.
La voz.
Había intentado reconstruirla durante días, separar sus matices, limpiarla del miedo y del susurro, quitarle la distorsión de la rejilla y la penumbra, pero cada vez que lo hacía aparecía otra cosa: el timbre de Elena Rostova en el coche, la llamada por manos libres, la frase fugaz que había bastado para helarme la sangre.
Me había dicho que era ella porque necesitaba que fuera ella; porque Elena, con su Volvo gris, su garaje, su crema de manos y su vida en las afueras, era una respuesta soportable. Una extraña. Una mujer ajena. Un pecado fuera de mi casa.
Pero ahora Clara tenía un ticket de peaje.
Ahora el parachoques de su coche tenía tierra roja.
Ahora yo empezaba a sospechar que las respuestas soportables eran las mentiras más peligrosas.
Saqué del bolsillo el papel donde había anotado, con letra nerviosa, las rutinas de Elena que había reconstruido observando su casa durante dos tardes desde una distancia prudente y vergonzosa.
Elena salía casi siempre después de las once, volvía al mediodía, no recibía visitas evidentes, no paseaba perros, no hablaba con vecinos.
El Volvo permanecía en el garaje salvo cuando ella desaparecía hacia el norte, en dirección a la carretera comarcal que bordeaba Blackwood antes de enlazar con la zona industrial antigua.
Zona industrial.
Había evitado pensar en esa palabra porque tenía algo indecente, algo demasiado concreto.
Las confesiones pertenecían a iglesias; los cadáveres, a bosques o sótanos; las amenazas, a llamadas anónimas.
Pero un polígono abandonado, con sus naves de ladrillo sucio y sus cristales rotos, pertenecía al mundo real.
Y lo real, estaba descubriéndolo demasiado tarde, era mucho más aterrador que cualquier pesadilla.
A las diez y media volví al coche y conduje hasta una calle desde la que podía vigilar, sin llamar demasiado la atención, la salida de la urbanización donde vivía Elena.
Llevaba una gorra que había encontrado en el armario, una de esas prendas que Clara compraba para excursiones que nunca hacíamos y que en mí resultaba tan ridícula que quizá precisamente por eso me volvía menos reconocible.
Me sentía absurdo.
Un reverendo de cincuenta años siguiendo a una mujer en un utilitario oscuro, con un paquete de caramelos de menta en la guantera y una Biblia en el asiento trasero. Si alguien me hubiera visto, habría pensado que me estaba derrumbando.
Y quizá habría tenido razón.
El Volvo salió a las once y doce minutos.
Esperé unos segundos antes de arrancar, procurando recordar lo que había visto en películas que siempre había considerado moralmente simplistas y que ahora me parecían manuales de supervivencia.
No me acerqué demasiado. Dejé que un camión de reparto se interpusiera entre nosotros.
Cuando Elena tomó la carretera de circunvalación, sentí como la sangre me golpeaba en las sienes, no por miedo a perderla sino por la certeza, cada vez más nítida, de que ella no iba a la compra, ni al médico, ni a visitar a una amiga.
Elena conducía con la seguridad de quien conoce el camino.
Pasamos junto al cementerio, luego junto a la gasolinera donde yo había bendecido una vez a un empleado que se marchaba a Australia, y después dejamos atrás las últimas casas del pueblo.
A partir de allí, la carretera se estrechaba entre setos altos y campos húmedos.
Había llovido durante la noche y la luz se quedaba atrapada en los charcos como un metal barato.
Mantenía las manos firmes en el volante, aunque por dentro sentía que cada curva me alejaba no solo del pueblo sino de una versión anterior de mí mismo, una versión que aún creía que las malas acciones tenían bordes claros y que bastaba con no cruzarlos para seguir siendo bueno.
El Volvo giró a la izquierda antes del puente viejo.
Casi seguí recto por miedo a que Elena me viera, pero corregí a tiempo y tomé el desvío con un retraso calculado.
La carretera desembocaba en una zona industrial que llevaba años muriéndose sin terminar de desaparecer, una colección de naves abandonadas, almacenes medio hundidos y oficinas con carteles descoloridos en los que todavía se anunciaban empresas de logística, piezas metálicas y distribución alimentaria.
Había maleza creciendo entre las grietas del asfalto, palés podridos junto a las puertas, una valla caída como un animal vencido y, al fondo, una chimenea estrecha que parecía señalar un crimen que nadie había investigado.
Elena aparcó junto a una nave de ladrillo oscuro, sin rótulo, con las ventanas superiores tapadas por paneles de madera y una puerta corredera oxidada que alguien había dejado entreabierta.
No entré en el recinto.