Nadie debe saberlo La siguiente pieza #3
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La siguiente pieza #3

Una de las cajas de adornos navideños había caído al suelo, derramando bolas doradas, estrellas de papel y un pequeño nacimiento de plástico al que le faltaba un pastor.

Me acerqué. La caja quizá había estado mal colocada.

Quizá un ratón. Quizá una corriente. Quizá cualquier cosa que no me obligara a admitir que alguien acababa de estar allí.

Entonces vi la ventana.

La pequeña ventana lateral del coro, normalmente cerrada con un pestillo oxidado, estaba abierta hacia fuera.

No mucho. Lo suficiente para que entrara aire.

Lo suficiente para que alguien hubiera podido salir al tejadillo bajo y, desde allí, bajar por la canaleta hasta el muro del cementerio, si era joven, ágil o desesperado.

Me acerqué y miré fuera.

El cementerio se extendía bajo mí, con sus lápidas inclinadas y la hierba húmeda. Más allá del muro, un sendero estrecho llevaba hacia la parte trasera de la iglesia, donde los setos crecían más altos y la plaza ya no era visible.

Creí ver movimiento junto a un tejo. Una sombra separándose de otra sombra. Algo oscuro que se desplazaba con rapidez contenida.

​_​           ​ ¡Eh! —grité.

La figura desapareció.

No pensé.

Bajé las escaleras tan deprisa que estuve a punto de resbalar, crucé la iglesia, abrí la puerta principal y salí a la mañana con el corazón golpeándome el pecho como si quisiera escapar antes que yo.

Rodeé el edificio por el sendero lateral, pasé junto a la sacristía, pisé la hierba mojada y llegué al cementerio.

El aire frío me cortó la respiración.

No había nadie.

Solo lápidas. Setos. Un banco de piedra bajo el tejo. Un ramo de lirios marchitos sobre una tumba reciente. Y en el barro junto al muro trasero, donde la hierba había cedido bajo el paso de alguien, una marca parcial de zapato.

Me incliné.

La huella era estrecha, no demasiado grande. La lluvia de la noche anterior había reblandecido la tierra, y el borde de la suela se había impreso con claridad suficiente para mostrar un dibujo en forma de espiga.

Al lado, enganchado en una rama baja del seto, había un hilo.

No.

No un hilo.

Una fibra gris, fina, quizá de lana o de una chaqueta.

La tomé entre los dedos.

Y entonces, desde el otro lado del muro, alguien dijo:

​_​           ​ Reverendo Stock.

Me enderecé de golpe.

Una mujer estaba al otro lado, en el sendero que bordeaba el cementerio. Por un instante, el miedo me hizo esperar aquella voz del confesionario: quebrada, íntima, culpable. Pero no.

Era Margaret Bellamy, la esposa del ferretero, con una bolsa de tela en la mano y un sombrero azul demasiado alegre para su rostro.

​_​           ​ Señora Bellamy —dije, intentando recuperar el aliento—. Me ha asustado.

Ella frunció el ceño.

​_​           ​ Perdone. Lo vi correr desde la plaza. ¿Ha pasado algo?

Miré la fibra gris entre mis dedos y la cerré dentro del puño.

​_​           ​ Creo que alguien ha entrado en la iglesia.

Margaret se llevó una mano al pecho.

​_​           ​ Dios santo.

La expresión era perfecta. Preocupación, curiosidad y un punto de excitación vecinal que intentaba disimular bajo una máscara de decencia.

​_​           ​ ¿Ha visto a alguien por aquí? —pregunté—. ¿Quizá salir por este lado?

Margaret negó con la cabeza. Demasiado rápido.

​_​           ​ No. Bueno… —miró hacia el sendero—. Vi pasar un coche hace unos minutos.

​_​           ​ ¿Qué coche?

​_​           ​ No sabría decirle. Gris, creo. O plateado. Los coches de ahora son todos iguales, ¿no le parece? Grandes, brillantes, como si la gente llevara dentro más importancia de la que tiene.

Sentí una punzada de impaciencia.

​_​           ​ ¿Un coche del pueblo?

​_​           ​ No lo sé. Iba despacio. Luego aceleró al llegar a la carretera.

​_​           ​ ¿Vio al conductor?

​_​           ​ No.

​_​           ​ ¿Hombre? ¿Mujer?

Margaret se encogió de hombros.

​_​           ​ No sabría decirle.

Miré hacia la carretera que salía del pueblo.

Gris o plateado. Grande.

Nada.

Todo.

​_​           ​ Gracias —dije.

Margaret me observó con una atención que empezó siendo vecinal y terminó siendo otra cosa.

​_​           ​ Reverendo, ¿está usted bien?

Me obligué a sonreír.

​_​           ​ Sí. Solo preocupado por la iglesia.

​_​           ​ Claro —dijo ella, aunque no sonó convencida—. Por la iglesia.

Cuando Margaret se alejó, permanecí unos segundos junto al muro, con la fibra gris en la mano, la huella a mis pies y la certeza creciente de que la iglesia ya no era un refugio.

Era una escena.

Alguien había entrado. Había revuelto el confesionario. Quizá buscaba algo. Quizá dejaba un mensaje sin palabras. Quizá comprobaba si yo había entendido lo suficiente para convertirme en peligroso.

Volví dentro.

La penumbra parecía distinta ahora. Más estrecha. Más habitada.

En el confesionario, la cortina descolgada se movía apenas con una corriente de aire que venía de alguna parte, y al mirarla tuve la absurda impresión de que respiraba.

Saqué el pañuelo del bolsillo.

Lo extendí sobre la palma.

En una esquina, tan pequeña que antes no la había visto, había una mancha oscura.

No sangre.

No necesariamente.

Pero oscura.

Y seca.

Cerré los dedos alrededor del pañuelo justo cuando las campanas de la iglesia marcaron las diez.

Durante veinte años, aquel sonido había medido mi vida con una solemnidad confiable.

Por primera vez, me pareció una cuenta atrás.