La siguiente pieza #2
Henry Pollard, que había trabajado cuarenta años en la oficina de correos y desde su jubilación se había dedicado a vigilar las infracciones morales del vecindario con entusiasmo de profeta sin desierto, me dijo que alguien había vuelto a dejar botellas vacías junto al muro del cementerio.
Le prometí echar un vistazo.
Promesas pequeñas. Mentiras pequeñas.
El pegamento de una comunidad.
Al llegar a la verja de la iglesia, me detuve.
Había algo distinto.
No supe identificarlo al principio, y eso me inquietó más que si hubiese encontrado una señal evidente: una pintada, un cristal roto, un sobre clavado con un cuchillo en la puerta.
La iglesia se alzaba como siempre al final de la plaza, con su torre cuadrada de piedra gris, sus vidrieras estrechas y el tejado oscuro salpicado de musgo, tan antigua y tan discreta que parecía haber renunciado hacía mucho a impresionar a nadie.
Las lápidas del cementerio se inclinaban bajo el peso de nombres que casi todos en el pueblo habían olvidado, aunque aún recibían flores de plástico, ángeles de yeso y alguna vela apagada por la lluvia. El sendero de grava conducía a la puerta principal.
Y la puerta principal…
Avancé dos pasos.
Estaba entornada.
No abierta de par en par. No violentada. Entornada apenas unos centímetros, con una franja negra entre la madera y el marco, como una boca que hubiera empezado a decir algo y se hubiera arrepentido a mitad de palabra.
Sentí el pulso en el cuello.
Yo siempre cerraba la iglesia por la noche.
Siempre. Podía olvidar comprar leche, perder las gafas, dejar una carta sin responder durante una semana, pero jamás dejaba abierta la iglesia.
Era una de esas manías que Clara llamaba mi pequeño ejército de obsesiones útiles.
Revisaba la sacristía, apagaba las luces, comprobaba las velas, cerraba la puerta lateral, luego la principal, y antes de volver a casa tiraba del pomo dos veces.
No una. Dos. Lo hacía desde mi primer mes en Saint Bartholomew, cuando una tormenta abrió una hoja mal cerrada y llenó el vestíbulo de hojas muertas.
Miré a mi alrededor.
La plaza seguía su curso. Un coche pasó despacio. Un perro ladró detrás de una valla. Bellamy continuaba barriendo. Nadie parecía mirarme, y quizá por eso tuve la certeza irracional de que todo el mundo lo hacía.
Empujé la puerta con dos dedos.
Las bisagras emitieron un gemido bajo.
_ ¿Hola?
Mi voz entró en la iglesia y se perdió entre los bancos.
Nadie respondió.
Permanecí en el umbral, dejando que mis ojos se acostumbraran a la penumbra.
Dentro olía a cera fría, madera envejecida, flores algo pasadas y humedad de piedra.
El olor familiar que siempre me había parecido una forma humilde de eternidad.
La luz de la mañana atravesaba las vidrieras laterales y caía en manchas opacas sobre el suelo: azules, rojas, amarillas.
Colores santos debilitados por el polvo.
Todo parecía en su sitio.
El atril. Las velas. El crucifijo sobre el altar. Los bancos alineados con esa obediencia muda de los objetos que no saben nada de la culpa.
Pero algo había cambiado.
Entré y cerré la puerta detrás de mí. No del todo. Solo lo suficiente para dejar de sentirme expuesto desde la plaza.
Esperé.
Escuché.
Nada.
Entonces lo noté.
No era un ruido. Era la ausencia de un ruido que debería estar allí.
La iglesia tenía una acústica propia, un murmullo casi imperceptible compuesto por corrientes de aire, madera que se dilataba, alguna hoja rozando el exterior de una vidriera.
Esa mañana, en cambio, el silencio parecía colocado a propósito, como una manta gruesa sobre un cuerpo.
Avancé por el pasillo central.
Cada paso sobre las losas sonó demasiado fuerte. Al llegar al primer banco, vi un libro de himnos en el suelo. Me incliné para recogerlo. La página abierta correspondía al himno 231, Abide with Me .
Permanecí un instante mirándolo.
No porque aquel detalle tuviera significado, sino porque la mente, en presencia del miedo, intenta convertir cualquier cosa en un mensaje. Me sorprendí haciendo justo eso: interpretando un libro caído como si el cielo o el infierno se hubieran tomado la molestia de subrayarme una amenaza.
Lo dejé sobre el banco.
_ ¿Hay alguien aquí?
La pregunta viajó hacia el altar, subió por las paredes de piedra y volvió a mí sin respuesta.
Giré hacia el lado izquierdo, donde una puerta estrecha conducía al pasillo de la sacristía y, más allá, a las dependencias pequeñas que los feligreses raramente veían.
La puerta estaba cerrada.
Comprobé el pomo. Cerrada con llave.
Saqué el llavero, introduje la llave en la cerradura y abrí. La sacristía estaba ordenada: las vestiduras colgadas, los cálices guardados, las carpetas parroquiales en su estante. Nada faltaba. Al menos nada evidente.
Me obligué a respirar.
Quizá había olvidado cerrar.
Quizá la confesión me había trastornado hasta el punto de alterar mis hábitos.
Quizá la vejez moral empezaba así, no con grandes pecados, sino con pequeñas grietas en la memoria.
Regresé al cuerpo principal de la iglesia y fui hacia el confesionario.
No quería hacerlo.
La resistencia era física, absurda y poderosa. Aquella estructura de madera oscura había dejado de ser un mueble litúrgico para convertirse en el lugar exacto donde mi vida había empezado a separarse de sí misma.
Estaba situado en una capilla lateral, bajo una vidriera que representaba a María Magdalena con las manos juntas y la mirada levantada hacia una luz que nunca cambiaba.
Durante años había escuchado allí culpas previsibles: infidelidades a medias, resentimientos familiares, robos infantiles que habían crecido dentro de adultos culpables, blasfemias, mentiras, desesperaciones sin nombre.
Y siempre había salido de allí con la convicción humilde de que el pecado humano, incluso en sus variaciones más feas, tenía una especie de monotonía. La gente dañaba por miedo, por deseo, por orgullo o por hambre de ser amada.
Pero aquella mujer había hablado de sangre.
Y ahora la puerta del confesionario estaba abierta.
Me detuve.
No la de mi lado. La otra. La pequeña puerta por la que entraban los penitentes.
Abierta unos centímetros.
Igual que la puerta principal.
Se me secó la boca.
_ No —susurré.
No sabía a quién.
Avancé con una lentitud que me pareció ridícula. Al llegar, vi primero la rejilla. Luego el banco pequeño del penitente. Luego el suelo.
Había papeles.
No muchos. Tres o cuatro hojas arrancadas de un viejo misal, una tarjeta parroquial, un pañuelo blanco arrugado. El cojín donde la gente se arrodillaba estaba torcido. La cortina interior, aquella tela oscura que apenas se usaba ya, aparecía parcialmente descolgada, con uno de los ganchos roto.
Y sobre la madera del lateral, justo bajo la rejilla, alguien había dejado marcas de uñas.
Abrí la puerta del todo.
El olor me golpeó antes que la imagen completa.
No era fuerte. No era desagradable. Era leve, casi íntimo, como si alguien hubiera estado allí muy cerca, respirando contra la madera, tocándolo todo con manos recién untadas de una crema floral.
Rosas, pensé.
O algo parecido.
Algo dulce. Femenino. Impropio de una iglesia vacía.
Me arrodillé y recogí el pañuelo.
Estaba limpio.
Lo giré entre los dedos. No tenía iniciales, ni manchas visibles, ni perfume más allá de ese rastro casi borrado. Podía pertenecer a cualquiera. A una anciana. A una novia. A una adolescente que hubiera entrado a rezar antes de un examen.
A una mujer que había confesado haber matado a su marido.
Lo guardé en el bolsillo sin pensar.
En cuanto lo hice, me sentí culpable, como si hubiera robado una prueba que ni siquiera sabía si lo era.
Entonces escuché un golpe.
Arriba.
En el coro.
Levanté la cabeza con tanta brusquedad que el cuello me crujió.
El golpe no se repitió.
El coro ocupaba una balconada estrecha sobre la entrada principal, accesible por una escalera de caracol situada junto al vestíbulo. Allí se guardaban partituras viejas, atriles plegables, cajas con adornos de Navidad y un armonio que ya nadie tocaba porque desafinaba incluso cuando estaba callado.
Miré hacia la oscuridad de la balconada.
No vi nada.
Pero el golpe había venido de allí.
Estaba seguro.
_ ¿Quién está ahí?
Mi voz sonó menos firme de lo que habría deseado.
Esperé.
Silencio.
Sentí el impulso de salir, cruzar la plaza, llamar a la policía y decir que alguien había entrado en la iglesia. Eso habría sido lo sensato. Lo que habría hecho cualquier hombre razonable.
Pero el problema de los hombres razonables es que casi siempre descubren demasiado tarde que la razón no gobierna las decisiones importantes. Solo las justifica cuando ya han sido tomadas.
Caminé hacia la escalera.
La madera del primer peldaño crujió bajo mi peso.
Me agarré a la barandilla de hierro, fría y ligeramente húmeda, y empecé a subir.
Cada vuelta reducía la luz. El aire olía más a polvo, a cuerda vieja, a cartón húmedo.
Al llegar arriba, me detuve antes de asomar la cabeza por completo, escuchando con tanta atención que el latido de mi propio corazón me pareció una interferencia.
Nada.
Asomé.
El coro estaba vacío.
O casi.