Capítulo 22 — La mujer que esperó al trueno #2
Maud abrió los ojos.
No miró a Delacroix.
Miró el papel.
Como se mira a un muerto que por fin aparece.
—Adrien tenía razón —dijo.
La frase fue tan baja que casi no existió.
—Sí —dijo Delacroix.
Aquello la quebró más que cualquier acusación.
Porque durante años, quizá, Maud no había querido solo venganza.
Había querido que alguien dijera eso.
Adrien tenía razón.
Y lo peor era que la frase llegaba demasiado tarde para salvarlo de nada.
Varenne se acercó a mirar el documento.
—Ese papel...
—Habría destruido a Renaudin —dijo Marchal.
Delacroix negó.
—No necesariamente. Renaudin habría dicho que informar no es decidir, que proceder no es firmar, que la responsabilidad estaba por encima, por debajo, en otra mesa, en otra fecha, en otra mano.
Los hombres como Renaudin no sobreviven porque sean inocentes.
Sobreviven porque saben dividir la culpa en porciones demasiado pequeñas para que parezcan crimen.
Maud lo miró.
—Por eso lo maté.
La frase no fue un grito.
No fue un derrumbe.
Fue una puerta cerrándose con suavidad.
Nadie habló.
Ni siquiera Varenne.
La confesión, al llegar, no tuvo el esplendor que Bréval habría querido. Fue seca. Casi administrativa. Como si Maud hubiera aprendido de sus enemigos hasta la forma de condenarse.
Victorine se sentó.
Félix bajó la cabeza.
Blanche lloró sin cubrirse el rostro.
Marchal cerró los ojos.
Oriane miró a Maud con tristeza.
Delacroix no se movió.
—Repítalo —dijo.
Maud sostuvo su mirada.
—Maté a Géraud Renaudin.
—¿Escribió las cartas?
—Sí.
—¿Convocó a los demás?
—Sí.
—¿Reservó como Valmont?
—Sí.
—¿Usó el nombre de Valmer?
—Sí. Quería que estuviera allí, aunque fuera como sombra. Él llevó los avisos y no los entregó a tiempo. O los entregó a quien debía enterrarlos. Nunca lo supe. Pero su nombre merecía estar en la casa.
—¿Preparó la galería?
—Sí.
Félix cerró los ojos.
—¿Cómo aprendió?
Maud lo miró.
—Escuchando. Leyendo notas de reparación. Viendo cómo usted hablaba de la instalación cuando creía que nadie entendía. No entendía todo. No hacía falta.
Félix palideció.
—El lunes.
—Sí. Probé el contacto el lunes por la noche. Por eso la pieza estaba tibia. Por eso marqué el guante. Me asusté. Pensé que no sería capaz.
—Pero lo fue —dijo Varenne.
Maud lo miró.
—Sí.
El comerciante no pareció preparado para esa honestidad.
—¿La segunda descarga? —preguntó Delacroix.
—También fui yo.
—Para reforzar la idea de la casa peligrosa.
—Sí. Y para ganar tiempo.
—¿Las amenazas contra mí?
Maud dudó.
—Sí.
Delacroix la observó.
—No mienta ahora.
Ella sostuvo su mirada.
—Las escribí yo.
—La letra cambió demasiado.
—La hice cambiar.
—No.
Maud calló.
Delacroix esperó.
—Las amenazas torpes no eran suyas —dijo—. Eran de alguien que empezó a tener miedo por usted.
Todos miraron alrededor.
Félix.
Blanche.
Victorine.
Marchal.
Varenne.
Oriane.
Bréval.
Maud cerró los ojos.
—No.
Delacroix no apartó la vista de ella.
—¿Quién la ayudó?
—Nadie.
—Alguien tomó la fotografía desde la torre después de mi llegada.
Alguien reveló la copia mientras usted estaba en el salón o bajo vigilancia.
Alguien dejó amenazas torpes cuando sus notas elegantes empezaban a exponerla.
Alguien intentó retirar el cable verdadero durante el último apagón, quizá no para salvarse, sino para salvarla.
Y ese alguien se asustó de mí antes que usted.
Maud negó despacio.
—No.
Blanche dejó de llorar.
Félix se puso rígido.
Victorine miró a la muchacha.
Delacroix habló sin volverse.
—Blanche.
Félix dio un paso.
—No.
—Blanche —repitió Delacroix.
La joven alzó la vista.
Tenía los ojos hinchados, el rostro blanco, las manos apretadas.
—Yo no maté a nadie —dijo.
—Lo sé.
—No sabía que ella iba a matar a Renaudin.
—Lo sé.
Félix la miró como si acabara de caer otro puente.
—Blanche.
La muchacha rompió a llorar.
—Yo solo... después entendí. Cuando encontré la pieza. Cuando vi las notas. Cuando monsieur Delacroix empezó a mirar demasiado. Yo pensé que si todo parecía accidente, si todo parecía la casa, quizá... quizá nadie tendría que pagar otra vez.
Maud dio un paso hacia ella.
—Blanche, no.
Delacroix alzó la mano.
—No se acerque.
Maud se detuvo.
Blanche lloraba ahora con una desesperación casi infantil.
—Mi padre murió todos los días después de Veyrac. Todos. Y nadie vino. Nadie preguntó. Nadie dijo su nombre. Cuando Maud habló de Adrien, cuando dijo Lenoir, cuando vi que ella... que ella recordaba... pensé que quizá era justo. No sabía lo de la galería. No antes. Pero después...
—Después protegió la escena —dijo Delacroix.
Blanche asintió, rota.
—Tomé la pieza de la cocina y la devolví a la caja.
Dejé la fotografía en la puerta. Escribí las amenazas.
Intenté tirar del cable porque pensé que, si lo encontraban, la condenarían.
También subí a la torre. Revelé la fotografía como pude.
Pensé que, si usted parecía parte del juego, monsieur Delacroix, quizá dejaría de mirar hacia ella.
Félix parecía incapaz de respirar.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Blanche lo miró.
—Porque me habrías detenido.
—Sí.
—Lo sé.
Maud habló, con la voz quebrada por primera vez:
—Ella no tuvo nada que ver con la muerte.
—No —dijo Delacroix—. Pero sí con las mentiras posteriores.
—Por mí.
—Sí.
—Entonces no la toque.
La frase salió como una orden.
No de asesina.
De mujer que, después de usar a todos, descubría demasiado tarde que alguien inocente había querido salvarla.
Delacroix la miró.
—Eso no depende de mí.
—Entonces debería.
—No. Nadie debería tener tanto poder sobre las consecuencias de un crimen. Ni siquiera para ser misericordioso.
Maud bajó la cabeza.
Varenne se sentó, completamente agotado.
Marchal murmuró:
—Dios.
Oriane miró a Blanche con una dureza suave.
—La compasión también puede equivocarse de lado.
Blanche lloró más.
Félix no se acercó a ella.
Tal vez porque no podía.
Tal vez porque, si lo hacía, la perdonaría antes de entenderla, y eso también habría sido otra forma de no mirar.
Delacroix volvió hacia Maud.
—¿Por qué Renaudin obedeció?
La viuda respondió con voz apagada:
—Porque puse el documento sobre el velador. La copia. Solo la primera hoja. Lo bastante para que viera el encabezado. Lo bastante para que se acercara. Él reconoció la frase. Me preguntó dónde estaba el resto.
—¿Usted estaba en la galería?
—No al principio. Estaba junto al panel. Lo vi entrar por el reflejo del cristal.
—¿Activó la descarga desde el panel?
—Sí.
Félix cerró los puños.
—Pudo matarse usted también.
—Lo sé.
—No lo sabía lo bastante.
Maud casi sonrió.
—Probablemente.
—¿Y después? —preguntó Delacroix.
—Entré. Él estaba muerto. Tardé unos segundos en moverme. No sentí nada. Eso fue lo peor. Pensé que sentiría alivio, horror, algo. Solo escuché la tormenta.
—Retiró el cable.
—Parte. No todo. No pude. Se atascó.
—La pieza.
—La arrojé al cesto de leña cuando oí pasos.
—La ventana.
—La rompí después. Con el bastón de Renaudin.
—La marca del marco.
—Con una pieza caliente.
—Los guantes.
—Los guardé. No pensé en la marca.
—El cable en su habitación.
Maud miró a Blanche.
—Eso fue mío. No de ella. Lo puse para que, si todo fallaba, pareciera que alguien intentaba incriminarme y no que yo intentaba esconderlo.
Delacroix asintió lentamente.
—Una prueba contra usted usada como defensa futura.
—Sí.
Oriane murmuró:
—Arriesgado.
Maud la miró.
—Todo lo era.
—No todo —dijo Delacroix—. Usted podía no matar.
La frase volvió.
Esta vez Maud no respondió.
Quizá porque ya no le quedaba ningún argumento que no sonara como epitafio.
Victorine se puso de pie.
—¿Qué hacemos ahora?
La pregunta era sencilla.
Terrible.
Delacroix miró hacia la ventana rota.
La tormenta se había debilitado hasta convertirse en lluvia fría. El camino seguiría cortado durante horas, quizá hasta la tarde, quizá más. La policía no estaba allí. La justicia formal tampoco.
Solo una casa, un cadáver, una asesina, una cómplice secundaria y demasiadas personas que habían sobrevivido a la misma ruina de formas distintas.
—Volvemos al salón —dijo.
Maud levantó la cabeza.
—¿Y luego?
—Luego esperaremos a que el camino permita traer a la policía.
—¿Me encerrará?
—Sí.
Blanche soltó un sollozo.
Maud la miró.
—No llores por mí.
—Lo siento.
—No. Yo lo siento.
Aquello fue, tal vez, lo más parecido a una confesión humana que Maud había pronunciado.
Félix se acercó por fin a Blanche.
No la abrazó.
Solo se puso junto a ella.
A veces la cercanía era lo único que una persona podía ofrecer sin mentir.
Maud caminó hacia la puerta de la galería sin que nadie la tocara.
Al pasar junto a Delacroix, se detuvo.
—Adrien tenía razón —dijo.
—Sí.
—Mi padre también.
—Probablemente.
—Y aun así usted me entregará.
—Sí.
Maud lo miró con una tristeza inmensa y seca.
—Entonces la verdad no sirve de nada.
Delacroix sostuvo su mirada.
—Sirve para no seguir matando en su nombre.
Ella no respondió.
Salieron de la galería.
Detrás, Renaudin permaneció cubierto.
El cielo, por fin, callaba casi del todo.
Pero nadie en La Maison de l’Orage confundió aquel silencio con paz.