Capítulo 9 — Café frío para un inocente
Café frío para un inocente
Don Julián Aranda no parecía un asesino.
Clara sabía que aquel pensamiento era inútil, peligroso y, en términos policiales, casi ofensivo.
Los asesinos no estaban obligados a parecer asesinos.
A veces parecían vecinos. A veces parecían concejales.
A veces parecían organizadores de ferias con sonrisas ensayadas.
Y, si una leía suficientes novelas, a veces parecían exactamente la persona que menos convenía sospechar.
Pero aun así.
Don Julián no parecía un asesino.
Parecía un hombre viejo sosteniendo un libro que de pronto ya no sabía dónde poner.
La inspectora Elena Vega estaba frente a él, seria, inmóvil, con el móvil de Marina en una mano y el fotograma congelado en la pantalla: el quiosco, la mesa auxiliar, la carpeta gris, una mano entrando desde el lado derecho de la imagen, un anillo grande con piedra azul.
En la plaza, la gente miraba el anillo de Don Julián como si acabara de crecerle un segundo corazón en el dedo.
—Señor Aranda —dijo Elena—, necesito que me explique por qué su mano aparece retirando una carpeta gris de la mesa del quiosco esta mañana.
Don Julián bajó la vista hacia su anillo.
Era un anillo antiguo, de plata oscurecida, con una piedra azul irregular. No parecía caro. Parecía heredado, perdido, encontrado, cargado de historia. Un anillo de librero, pensó Clara. Un objeto que había leído demasiado.
—No sé si es mi mano —dijo él.
Inés Robledo soltó un sonido seco.
—Julián, por favor.
Él la miró con tristeza.
—Inés, cuando quiera mentir, al menos agradecería que me dejaras elegir una mentira mejor.
Nico Paredes levantó la libreta, nervioso.
—¿Eso lo anoto?
—No —dijeron Elena y Clara al mismo tiempo.
Nico bajó la libreta.
Elena amplió el fotograma.
—El anillo coincide.
—Hay más anillos azules en el mundo —dijo Clara.
La inspectora la miró.
—Medina.
—Lo sé. No ayudo.
—Correcto.
Pero Clara no se calló del todo. A veces callarse era permitir que una historia mala se endureciera.
—Solo digo que hoy ya vimos una taza que apuntaba al Portal 7, una caja que apuntaba a Inés, una carpeta roja que apuntaba a Lucía, café en el zapato de Tomás y una carpeta gris que apuntaba a Amelia. Todo apunta demasiado.
Elena sostuvo su mirada.
—Y aun así alguien tomó esa carpeta.
—Sí.
—Y necesito saber quién.
Don Julián levantó despacio la mano del anillo.
—Fui yo.
El efecto fue inmediato.
Teresa se llevó una mano a la boca.
Inés dio un paso atrás.
Tomás Echevarría pareció recuperar oxígeno.
Lucía Paredes cerró los ojos, como si otra puerta se hubiera cerrado dentro de ella.
Marina Soler, que sostenía el móvil con ambas manos, murmuró:
—Ay, Dios.
Migas, sentado junto a la fuente, dejó de lamerse una pata.
Eso, para Clara, fue lo peor.
—Julián —dijo Teresa.
El librero no la miró. Miraba a Elena.
—Tomé la carpeta gris.
La inspectora no cambió de expresión.
—¿Por qué?
—Porque Víctor me pidió que la guardara.
—¿Cuándo?
—Esta mañana. Antes de la inauguración. Serían las nueve y media, quizá un poco antes.
—¿Dónde?
—Junto al quiosco.
—¿Qué le dijo exactamente?
Don Julián apretó el libro contra el pecho. Clara vio entonces cuál era: una edición vieja de Antígona . No parecía elección accidental. Con Don Julián, casi nada lo era.
—Me dijo: “Si me ocurre algo, esto no puede quedar en el Ayuntamiento”. Yo le pregunté si estaba dramatizando. Me dijo que ojalá.
La plaza guardó silencio.
Un silencio distinto.
Menos acusador.
Más atento.
—¿Y usted aceptó? —preguntó Elena.
—Acepté tomar la carpeta. No acepté entender.
—¿Dónde está?
Don Julián miró hacia su puesto de libros.
—En una caja.
Nico se enderezó.
—¿Qué caja?
—La de tragedias griegas.
Clara casi sonrió.
No era momento.
Pero claro que Don Julián escondería una prueba entre tragedias griegas.
Elena hizo una señal.
—Vamos.
El puesto de la Librería Julián estaba a pocos metros de la fuente, cubierto por una lona beige y rodeado de cajas de libros usados.
Había novelas de misterio, recetarios, poesía, manuales de jardinería, enciclopedias sueltas y una pila de obras teatrales que parecían haber esperado años por una muerte adecuada para volverse pertinentes.
Don Julián caminó delante, lento, con la espalda más doblada que antes.
Migas lo siguió.
—No —dijo Elena.
El gato no se detuvo.
—Ya ni lo intenta —murmuró Nico.
—Lo intento internamente —respondió la inspectora.
Don Julián señaló una caja bajo la mesa.
—Ahí.
Elena se puso guantes. Nico retiró cuidadosamente varios libros: Edipo rey , Medea , Las bacantes , otra Antígona , un volumen con tapas rotas de teatro español del siglo XX.
Debajo apareció una carpeta gris.
La carpeta estaba cerrada con una goma negra.
En la etiqueta blanca se leía:
QUIOSCO / CONCESIÓN / RESERVADO
Tomás Echevarría palideció otra vez.
Clara lo vio.
Elena también.
Amelia Ríos, de pie detrás del grupo, ajustó sus gafas con una lentitud peligrosa.
—Esa carpeta no pertenece al archivo activo —dijo.
—¿De dónde es? —preguntó Elena.
—Del despacho de Alcaldía o de Urbanismo restringido. No debería estar en circulación.
Tomás se defendió antes de que nadie lo atacara.
—Hay copias de trabajo.
Amelia lo miró.
—Las copias de trabajo también trabajan en algún sitio, concejal. No debajo de Eurípides.
Don Julián soltó un suspiro pequeño.
—Eurípides no tiene la culpa.
Elena abrió la carpeta sobre la mesa, cuidando que todos vieran que nadie tocaba nada sin guantes. Dentro había documentos impresos, correos, una carta de intención con el logo de Dulces Serrano , planos del quiosco central y un informe comparativo de “viabilidad comercial”.
Clara leyó por encima, porque obedecer nunca había sido su punto fuerte.
Había una frase subrayada:
La permanencia de negocios actuales podría afectar la percepción de renovación del espacio.
—Qué bonito —dijo Clara—. “Percepción de renovación” como sinónimo de echar gente.
Tomás apretó la mandíbula.
—Eso es lenguaje técnico.
—No, concejal. Eso es lenguaje técnico intentando no parecer violencia.
Teresa miró los papeles con una rabia fría.
—Entonces era verdad. Querían limpiar la plaza de nosotros.
Inés, por primera vez, no corrigió el plural.
—De todos nosotros —dijo.
Elena siguió revisando.
—Aquí hay anexos.
Nico levantó uno.
—“Compensaciones privadas por renuncia voluntaria a oposición administrativa.”
Don Julián rio sin alegría.
—Sobornos con zapatos de domingo.
Amelia se inclinó sobre otro documento.
—Esto no tiene registro de entrada.
—¿Qué significa? —preguntó Clara.
—Que no existe oficialmente.
—Pero existe.
—Esa es la especialidad de los documentos peligrosos.
Elena separó una hoja.
—Hay firmas.
Tomás dio un paso.
—Inspectora—
—No se acerque.
Él se detuvo.
Clara miró la hoja. Alcanzó a ver tres nombres al final del documento. Uno era de Víctor Almazán. Otro, de un representante de Dulces Serrano. El tercero estaba parcialmente cubierto por el dedo enguantado de Elena.
Cuando la inspectora movió la mano, Clara leyó:
Tomás Echevarría.
La plaza entera pareció leerlo con ella.
Tomás no habló.
Y eso foi a coisa mais incriminadora que fizera até aquele momento.
—Concejal —dijo Elena—, ¿es su firma?
Tomás respiró hondo.
—Sí.
Un murmullo recorrió la plaza.
—Pero no es lo que parece.
Clara cerró los ojos.
—Alguien tenía que decirlo.
Elena no apartó los ojos de él.
—Explique qué parece y qué es.
—Firmé una carta preliminar, no un contrato. Era una exploración de posibilidades. No había adjudicación, no había concesión cerrada, no había ilegalidad.
Amelia Ríos levantó una ceja.
—Eso último es optimista.
—Amelia.
—Concejal.
Elena guardó los documentos en bolsas separadas.
—Señor Aranda, ¿por qué no entregó esta carpeta cuando encontramos la primera nota?
Don Julián bajó la vista.
—Porque Víctor me pidió que no se la diera a nadie hasta la reunión de las siete.
—Víctor estaba muerto.
—Lo sé.
—Entonces la reunión ya no iba a ocurrir.
—Eso también lo sé.
—¿Por qué la ocultó?
El librero tardó en responder.
Cuando lo hizo, su voz sonó más velha do que antes.
—Porque pensé que, si la entregaba, alguien haría desaparecer lo que quedaba. Porque vi demasiados papeles perderse en esta plaza. Porque hace treinta años también había documentos, promesas, firmas, reuniones, y al final solo quedó una pared pintada y gente haciendo como si nada hubiera pasado.
Lucía cerró los ojos.
Don Julián continuó:
—No confié en la policía. No confié en el Ayuntamiento. No confié en nadie que pudiera decir “procedimiento” mientras una vida se desarmaba. Eso fue un error.
Elena lo miró.
—Sí.
—Pero no maté a Víctor.
La frase ficou no ar sem teatralidade.
Justamente por isso doeu.
Inés Robledo, que nunca perdia uma chance de ser áspera, ficou em silêncio.
Teresa deu um passo na direção do livreiro, mas parou antes da cinta policial improvisada em torno da mesa.
—Julián, ¿por qué no me dijiste?
Él la miró.
—Porque pensé que te protegía.
—Eso nunca funciona.
—Empiezo a sospecharlo.
Clara observaba a Elena. La inspectora seguía seria, pero no convencida del todo. Clara lo notaba. Había algo en el modo en que miraba la carpeta, la mano del video, el anillo de Julián.
—Inspectora —dijo Clara.
—Medina.
—La mano en el video toma la carpeta de la mesa auxiliar.
—Sí.
—Pero Julián dijo que Víctor se la pidió.
—Sí.
—Entonces falta algo.
—Siempre falta algo.
—No. Falta el momento en que Víctor se la entrega. En el video parece que alguien la toma sin que Víctor mire. Como si la robara.
Marina levantó tímidamente el móvil.
—El video no muestra todo. Yo estaba grabando otra cosa.
Elena la miró.
—¿Tiene más segundos antes?
—Sí. Pero está movido. Lo corté porque enfocaba el suelo.
—No me interesa su curaduría estética. Reprodúzcalo.
Marina obedeció.
El video empezó unos segundos antes. La imagen temblaba. Se veía el suelo de piedra, un zapato de alguien, la esquina de la fuente, un pedazo de mantel. Luego subía hacia el quiosco.
Antes de que la mano con anillo tomara la carpeta, se veía a Víctor colocarla sobre la mesa.
Y hacer un gesto.
Pequeño.
Casi imperceptible.