Muerte en la feria (Los misterios de Armand Delacroix 15) Capítulo 20 — El hermano muerto
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Capítulo 20 — El hermano muerto

El carrusel volvió a girar.

Lentamente.

Como si alguien lo hubiese despertado por tercera vez de una pesadilla y la máquina, obediente hasta en la desgracia, aceptara repetir su papel.

La melodía salía del organillo con una tristeza distinta.

Ya no era la tonada alegre de feria que había acompañado la muerte de Octave Chavanel.

Tampoco era el lamento roto que Béatrice había arrancado al mecanismo unos minutos antes.

Aquello era una canción reconocible, antigua, casi vulgar en otra circunstancia, pero que esa noche adquiría una solemnidad indecente.

La rueda vuelve a girar.

Clémence Aubry la había nombrado con un susurro.

Y ahora el carrusel la tocaba.

Delacroix avanzó hacia la plataforma con Marceau a su lado.

El inspector llevaba el revólver en la mano.

Morel y otro agente rodearon la atracción por el lado opuesto.

Nadie del público habló. Nadie protestó.

Incluso los niños, agotados ya de tanto miedo, parecían entender que algo antiguo estaba ocurriendo delante de ellos, algo que no pertenecía del todo al asesinato de esa noche y, sin embargo, lo explicaba de una manera terrible.

Junto a la cabina del organillo estaba el hombre.

De espaldas.

Delgado, vestido con abrigo oscuro. El cabello, ya canoso, le rozaba el cuello.

La mano izquierda descansaba sobre la palanca, y en uno de sus dedos brillaba un anillo de plata.

No tenía la postura de un feriante, aunque sabía manejar la máquina.

Tampoco la de un burgués perdido entre lonas.

Parecía un hombre que había pasado demasiado tiempo fuera del mundo y acababa de volver solo para comprobar que el mundo seguía igual de mal fabricado.

Adèle Chavanel se detuvo a varios pasos.

—Padre —dijo otra vez.

El hombre no se volvió enseguida.

El caballo blanco subió y bajó, abierto, herido, vacío. El sonido de sus piezas era áspero, irregular. Célestin Roux apretó los dientes al escucharlo, como si cada vuelta pudiera romper algo que ya no sabía si quería salvar.

—Detenga el carrusel —ordenó Marceau.

El hombre de la cabina no respondió.

—¡Adrien Chavanel!

La música siguió.

Adèle dio un paso.

—Padre, por favor.

Entonces el hombre bajó la palanca.

El organillo soltó una última frase musical, lenta, casi dulce, y el carrusel se detuvo.

Los caballos quedaron suspendidos en su inmovilidad pintada.

Adrien Chavanel se volvió.

El parecido con Octave existía, pero parecía una acusación mal resuelta.

Tenía la misma línea de la frente, quizá la misma forma de la boca, pero todo en él estaba afinado hacia otra dirección.

Donde Octave había sido blando, satisfecho, lleno de carne y dominio, Adrien era seco, casi ascético.

Sus ojos, de un gris claro, no tenían la arrogancia de su hermano.

Tenían algo peor: una serenidad que había sobrevivido al desastre y no pedía disculpas por ello.

Adèle llevó una mano a la boca.

Durante un instante, dejó de ser la joven fría, la sobrina encerrada de Chavanel, la posible culpable de una nota moral. Fue solo una hija mirando a un padre que le habían enseñado a llorar como muerto.

—Estás vivo —dijo.

Adrien la miró.

La calma de su rostro se quebró apenas.

—Sí.

—Me dijeron que habías muerto.

—Lo sé.

—Él me lo dijo.

Adrien bajó los ojos un segundo.

—Octave decía muchas cosas cuando le convenía que el mundo se ordenara a su gusto.

Marceau subió a la plataforma.

—Adrien Chavanel, queda usted detenido.

El hombre lo miró con cierta curiosidad, como si la palabra “detenido” perteneciera a un idioma que recordaba vagamente.

—¿Por qué cargo, inspector?

—Elija. Tenemos asesinato, agresión, ocultación, manipulación de pruebas, entrada ilegal en una escena criminal y, si me esfuerzo, daños a una atracción.

—No maté a mi hermano.

Marceau soltó una risa breve.

—Qué extraordinario. Nadie en esta feria ha matado a nadie. Y, sin embargo, seguimos teniendo un cadáver muy convincente.

Adrien miró hacia la mesa cubierta donde yacía Octave Chavanel.

No hubo dolor.

Tampoco satisfacción.

Eso interesó a Delacroix.

La ausencia de odio visible no era inocencia.

A veces el odio más profundo ya no necesita hacer gestos.

Pero la mirada de Adrien no era la de un hombre que acababa de ver cumplida su venganza.

Era la de alguien que contemplaba las ruinas de un edificio que él mismo había abandonado hacía años y que, de pronto, había ardido sin su permiso.

—No lo maté —repitió Adrien.

—Entonces ¿por qué estaba escondido? —preguntó Marceau.

—No estaba escondido.

—Ha aparecido tocando el organillo de una escena de asesinato después de que encontráramos su anillo, su tinta, su pañuelo y una nota escrita como si el mundo le debiera una explicación.

Adrien miró el anillo de su mano.

—No he perdido mi anillo.

Delacroix se acercó.

—Encontramos uno parecido en el taller de Célestin Roux.

—Entonces no era el mío.

—Tenía una A grabada.

—Hay más letras A en el mundo, monsieur Delacroix. Usted debería saberlo mejor que nadie.

Marceau se volvió hacia Delacroix.

—¿Lo conoce?

—No.

Adrien inclinó apenas la cabeza.

—Pero yo a usted sí. Incluso los hombres enterrados oyen ciertos nombres cuando la tierra no es muy profunda.

Adèle subió un escalón de la plataforma.

—Padre.

Adrien la miró con una mezcla de amor y culpa tan intensa que Delacroix tuvo la sensación de estar viendo algo demasiado íntimo para una feria.

—Adèle.

Ella dio otro paso.

—¿Por qué no viniste?

La pregunta no tenía nada que ver con el crimen.

Y por eso mismo era imposible de esquivar.

Adrien cerró los ojos.

—Porque Octave me dejó sin nombre, sin papeles y sin camino hacia ti.

—Eso no es una respuesta.

—No. Es la parte que puedo decir sin caerme.

Adèle respiró con dificultad.

—Me dejó contigo. Me dejó con él.

La frase abrió un silencio distinto.

Adrien apretó la mandíbula.

—Lo sé.

—No. No lo sabes. Nadie lo sabe. Todos habláis de Octave como si fuera un hombre cruel con contratos, deudas y papeles.

Pero yo viví en su casa. Yo oí sus llaves por la noche.

Yo escuché cómo decidía cuándo podía salir, a quién podía escribir, qué vestidos podía ponerme, qué libros no debía leer porque, según él, la imaginación era peligrosa para una mujer nerviosa. Tú estabas vivo y yo estaba enterrada.

Adrien dio un paso hacia ella.

Adèle retrocedió.

Fue un movimiento mínimo.

Bastó para que él se detuviera.

—No te acerques todavía —dijo ella.

La voz era baja, pero firme.

Adrien aceptó la orden como quien acepta una condena justa.

Marceau, incómodo ante una escena que no podía interrogar sin parecer monstruoso, recuperó el terreno con brusquedad.

—¿Dónde ha estado esta noche?

Adrien miró al inspector.

—En la feria.

—Eso ya lo veo.

—Antes, fuera. Cerca del coche de Octave. Después, entre los carromatos. Luego en el taller. Finalmente aquí.

—Admite haber entrado en el taller.

—Sí.

—¿Dejó usted allí una caja con tinta, pañuelo y anillo?

—No.

—¿Abrió el caballo blanco?

Adrien miró el animal de madera.

—Sí.

El aire se tensó.

Célestin dio un paso hacia él.

—¿Usted?

—Sí.

Marceau levantó el revólver apenas.

—Entonces va a explicar muy bien la diferencia entre abrir un caballo y matar a un hombre.

Adrien no pareció alterarse.

—Lo abrí después de que lo sabotearan.

Béatrice, que seguía custodiada junto a la plataforma, levantó la cabeza.

—¿Me vio?

—Sí.

Ella se quedó quieta.

—¿Y no me detuvo?

—No.

—¿Por qué?

Adrien la miró con una tristeza extraña.

—Porque entendí demasiado bien lo que estaba haciendo.

Béatrice tragó saliva.

—Yo solo quería romperlo.

—Lo sé.

—No quería matar a nadie.

—También lo sé.

Célestin subió a la plataforma.

—¿Qué hizo usted dentro del caballo?

Adrien lo miró.

—Retiré lo que ella había puesto.

Célestin negó de inmediato.

—No. Yo encontré la lámina.

—Encontró una.

La frase hizo que todos guardaran silencio.

Delacroix se acercó un paso.

—Explíquese.

Adrien respiró despacio.

—Madame Armand había colocado una pieza en la guía lateral. Mal colocada, pero con intención suficiente para dañar el movimiento. Había otra pieza cerca del eje. Más pequeña. Esa sí podía bloquear la subida de una forma peligrosa. La retiré.

Célestin frunció el ceño.

—Yo no vi esa segunda pieza.

—Porque ya no estaba.

—¿Dónde está?

Adrien metió la mano en el bolsillo interior del abrigo.

Marceau alzó el revólver.

—Despacio.

Adrien sacó una pequeña lámina metálica envuelta en papel. Se la entregó al inspector.

Célestin la tomó después con el pañuelo y la observó.

—Esto sí habría bloqueado el eje.

—Lo sé —dijo Adrien.

—¿Sabe de mecanismos?

—Fui relojero.

La respuesta cayó con una lógica nueva.

Delacroix lo observó.

Relojero.

Manos finas. Tinta. Anillo de plata. Precisión. Capacidad de entender muelles, guías, resortes, tiempos exactos. Capacidad, también, de construir un mecanismo homicida si lo deseaba.

Marceau sonrió sin alegría.

—Relojero. Qué oportuno.

—La vida no siempre evita la ironía, inspector.

—Y usted podía fabricar la pieza que mató a Chavanel.

—Sí.

—Podía instalarla.

—Sí.

—Podía calcular el momento.

—Sí.

—Pero no lo hizo.

—No.

Marceau abrió los brazos.

—Me encanta esta feria. Todos pueden cometer el crimen y ninguno ha tenido la gentileza de hacerlo.

Adrien sostuvo su mirada.

—Yo salvé el carrusel de un accidente. Alguien lo convirtió después en asesinato.

—¿Por qué no avisó?

—Porque no había venido a colaborar con la policía.

—¿A qué vino?

Adrien miró a Octave, bajo la manta.

—A recuperar los papeles que mi hermano guardaba.

—Los de Madeleine.

—Entre otros.

—¿Entre otros?

Adèle levantó la cabeza.

—¿Qué otros?

Adrien la miró.

—Los tuyos.

Ella se quedó muy quieta.

—¿Mis papeles?