Capítulo 18 — Hay verdades que se abren desde dentro #2
—A Saint Bartholomew.
—No he autorizado eso.
—Lo imaginaba.
—Inspector Reed.
Reed se volvió.
—Superintendente, un detenido ha muerto bajo nuestra custodia, un sargento ha sido secuestrado y casi asesinado, una empleada ha desaparecido, hay una habitación secreta detrás del lavadero y alguien lleva años usando nombres de muertos para mover pruebas en esta comisaría.
Si quiere detenerme por salir a buscar a la única persona que parece haber entendido esto antes que nosotros, puede preparar el informe mientras vuelvo.
Ashford no respondió.
Pritchard, en el pasillo, abrió la boca.
Delacroix le dedicó una mirada.
El periodista volvió a cerrarla.
Fue quizá su mayor acto de prudencia de la mañana.
Salieron de Blackwell Yard por la puerta lateral para evitar a la prensa, aunque evitar a la prensa era una tarea semejante a evitar la humedad en Londres: uno podía retrasarla, no impedirla.
El coche avanzó hacia Saint Bartholomew entre calles más estrechas, campanas lejanas y una niebla que parecía haber decidido abandonar toda sutileza.
Wilkes iba sentado junto a Mason, la pierna rígida, la mirada clavada en ninguna parte.
Reed sostenía la libreta de Clara. Delacroix llevaba la nota en el bolsillo.
—Clara no mató a Harrow —dijo Wilkes de pronto.
Reed no respondió.
Delacroix sí.
—Tal vez no.
—No lo hizo.
—Sargento, su convicción empieza a tener la estructura de una oración. Y las oraciones sirven para consolar, no para demostrar.
Wilkes lo miró con odio cansado.
—Usted no la conoce.
—Precisamente por eso quizá puedo verla mejor.
—No.
—¿No?
—Usted ve piezas. Ella no es una pieza.
Delacroix guardó silencio un instante.
—Tiene razón.
Wilkes pareció sorprendido.
—Clara no es una pieza. Bell tampoco. Harrow tampoco, aunque se esforzó mucho por parecer solo una enfermedad.
Nadie lo es. Ese es justamente el problema.
Los asesinos intentan convertir personas en piezas porque así pueden moverlas sin sentir el peso.
Mi trabajo consiste en recordarles que las piezas sangran.
Wilkes apartó la mirada.
No pidió perdón. Pero dejó de discutir.
Saint Bartholomew estaba detrás de una verja negra, en una calle pequeña junto a un cementerio antiguo.
La capilla era modesta, de piedra oscura, con vitrales estrechos y un campanario bajo.
El cementerio se extendía alrededor como un jardín de nombres borrados.
Algunas lápidas se inclinaban, vencidas por el tiempo.
Otras estaban cubiertas de musgo. La niebla se movía entre ellas con una lentitud casi respetuosa.
El coche se detuvo junto a la verja.
No había nadie.
Al menos, nadie visible.
Reed bajó primero con Mason. Wilkes intentó hacerlo deprisa y casi cayó por la pierna. Delacroix lo sujetó del brazo.
—No convierta su heroísmo en trabajo adicional para todos.
—Suélteme.
—Cuando pueda caminar sin parecer una acusación coja.
Wilkes se zafó, pero más por dignidad que por fuerza.
La verja estaba entreabierta.
—Mala señal —dijo Reed.
—Las puertas abiertas siempre parecen sinceras —dijo Delacroix—. Por eso conviene desconfiar de ellas.
Entraron.
El cementerio estaba húmedo y silencioso. Las pisadas crujían sobre grava y hojas podridas. Un cuervo observó desde una cruz inclinada con expresión de funcionario superior. Delacroix casi lo saludó por costumbre.
La tumba de Hargreaves estaba al fondo, cerca del muro lateral de la capilla.
La encontraron enseguida porque alguien había dejado flores frescas sobre ella.
Flores de lavanda.
Wilkes quedó clavado en el sitio.
—Clara.
Delacroix no tocó las flores.
—O alguien que desea que piense eso.
Reed examinó la lápida.
La tierra frente a la tumba estaba removida.
No como una excavación completa. Como si alguien hubiera abierto una pequeña zona junto a la base de la piedra. Allí había marcas recientes de herramienta.
Mason se arrodilló.
—Aquí han sacado algo.
Delacroix miró alrededor.
—O han metido algo.
Reed fue hacia la puerta lateral de la capilla.
Cerrada.
Golpeó.
Nadie respondió.
Wilkes avanzó hacia la lápida y vio algo que los demás no habían visto. Entre las flores había una cinta gris, atada alrededor de una tarjeta.
La tomó antes de que Delacroix pudiera impedírselo.
—Wilkes —dijo Reed.
El sargento leyó.
Su rostro perdió color.
Delacroix tomó la tarjeta de sus manos.
La letra era la misma de la nota que habían encontrado junto al sargento.
Torpe. Inclinada hacia la izquierda.
La viuda no reza por Hargreaves.
Reza para que Clara no abra la puerta equivocada.
Reed levantó la vista hacia la capilla.
—Clara está dentro.
Wilkes echó a correr.
O lo intentó.
La pierna le falló en el tercer paso. Cayó de rodillas sobre la grava, maldiciendo. Reed pasó junto a él y llegó a la puerta.
—¡Clara!
Nada.
Delacroix miró la tarjeta.
La puerta equivocada.
No la tumba.
No el cementerio.
La capilla.
O algo dentro de ella.
Mason forzó la cerradura lateral con más prisa que delicadeza. La puerta cedió.
Entraron.
La capilla olía a cera apagada, piedra fría y flores antiguas. Había bancos estrechos, un altar sencillo y vitrales que filtraban la niebla en tonos sucios de azul y gris. Al fondo, junto a una pequeña puerta que debía llevar a la sacristía, había una vela encendida.
Una sola.
Delacroix señaló con el bastón.
—Allí.
Reed cruzó la nave.
La puerta de la sacristía estaba abierta.
Dentro no había nadie.
Solo un armario, una mesa, vestiduras viejas, un reclinatorio y una trampilla en el suelo.
La trampilla estaba levantada.
Desde abajo subía un aire frío.
Wilkes llegó cojeando, sujetándose al marco.
—Clara.
Delacroix se arrodilló junto a la trampilla. Había escalones de piedra que descendían a una cripta baja.
Sobre el primer escalón había un guante negro.
De mujer.
Reed sacó la pistola.
—Mason, conmigo.
Wilkes intentó bajar.
Delacroix lo detuvo.
—No.
—Está ahí abajo.
—Y la nota decía que no la siguiera.
—Me importa un demonio la nota.
—Precisamente por eso alguien la escribió.
Reed empezó a descender con Mason.
Delacroix fue detrás, lámpara en mano.
La cripta era estrecha, húmeda y baja. Había nichos antiguos, cajas de madera, restos de velas y polvo removido. Al fondo, una puerta de hierro pequeña estaba abierta.
Más allá, una cámara aún más reducida.
Y allí estaba Clara Whitcomb.
Sentada en el suelo, con la espalda contra la pared.
Viva.
Pálida.
Con una mano presionada contra el costado y la otra sujetando un paquete de cartas atadas con cinta azul.
Reed corrió hacia ella.
—Clara.
Ella levantó la vista.
—No toquen la puerta —susurró.
Delacroix se detuvo.
La puerta de hierro abierta tenía un hilo fino sujeto al marco, casi invisible en la penumbra. El hilo estaba conectado a una pequeña botella colocada sobre una repisa. La botella contenía un líquido oscuro. Si la puerta se movía de nuevo, caería.
—Nadie se mueva —dijo Delacroix.
Mason se quedó helado.
Reed, agachado junto a Clara, miró la botella.
—Dios.
Clara cerró los ojos.
—No era una tumba.
Delacroix se acercó despacio, estudiando el hilo.
—¿Qué era?
Ella sostuvo el paquete de cartas con una fuerza desesperada.
—Una caja fuerte para muertos que no querían quedarse muertos.
—¿Quién la trajo aquí?
Clara abrió los ojos.
—La viuda.
Reed miró alrededor.
—¿Dónde está?
Clara apenas movió la cabeza hacia la oscuridad del fondo.
—Se ha ido.
Delacroix observó la cámara.
Había otra salida. Un túnel bajo, quizá hacia el exterior del cementerio o hacia una casa contigua.
Por supuesto.
La verdad siempre parecía llegar tarde a las salidas traseras.
—¿Quién es? —preguntó Delacroix.
Clara intentó responder, pero tosió. Había sangre en su pañuelo.
Wilkes, desde la entrada de la cripta, gritó su nombre.
—¡Clara!
Ella cerró los ojos con dolor.
—Dígale que no baje.
Delacroix se volvió hacia Reed.
—Hay que sacarla sin tocar la puerta.
—Y la botella?
—Con paciencia, que es la única virtud que este caso no ha intentado asesinar todavía.
Clara sujetó las cartas contra el pecho.
—No fue Bell.
—Lo sabemos —dijo Reed.
—No fue Walter.
—También empezamos a saberlo.
Ella miró a Delacroix.
—Y no fui yo.
Delacroix sostuvo su mirada.
—Eso todavía tendremos que demostrarlo.
Clara casi sonrió.
—Siempre tan cortés.
—Solo cuando la situación se vuelve indecente.
Ella respiró con dificultad.
—La viuda dijo que Harrow había robado algo que no le pertenecía. Que todos creían que Lázaro era Crowe, pero Lázaro era lo que Crowe dejó vivo.
—¿Qué dejó vivo?
Clara levantó el paquete de cartas.
—La prueba.
Delacroix miró las cartas.
Cinta azul.
Margaret.
Pembroke.
Michael Reed.
Hargreaves.
Crowe.
Y quizá algo más.
—¿La viuda intentó matarla?
Clara negó débilmente.
—No. Intentó que yo pareciera culpable. Eso era peor.
Desde arriba llegó el sonido de una puerta.
Pasos.
Alguien había entrado en la capilla.
Reed levantó la pistola.
Mason giró hacia la escalera.
Wilkes gritó desde la cripta exterior:
—¡Hay alguien arriba!
Delacroix miró a Clara, luego a la botella, luego al hilo.
El asesino había vuelto.
O la viuda.
O alguien que quería asegurarse de que las verdades abiertas desde dentro no salieran nunca de allí.
Delacroix apagó la lámpara de un soplo.
La cripta quedó en penumbra.
Y en la oscuridad, desde lo alto de la escalera, una voz de mujer dijo:
—Clara siempre tuvo el defecto de abrir las puertas equivocadas.
Clara cerró los ojos.
—Evelyn —susurró.
Delacroix sonrió apenas en la oscuridad.
Por fin.
La viuda que nunca enviudó acababa de decir su nombre sin necesidad de que nadie se lo preguntara.