Capítulo 35 — El último hoyo
Delacroix abandonó Valombre al atardecer.
No por dramatismo.
Aunque, si alguien le hubiese preguntado, habría admitido que el atardecer tenía una cortesía estética muy superior a la del mediodía.
El sol, cuando empezaba a retirarse, se volvía menos arrogante.
Iluminaba sin interrogar. Acariciaba los árboles, suavizaba la hierba y permitía que incluso los lugares culpables fingieran, durante unos minutos, que solo eran hermosos.
El club estaba extraño.
No en silencio, exactamente. Había pasos, voces, puertas, carros de servicio, agentes entrando y saliendo, papeles sobre mesas, firmas, órdenes, declaraciones.
Pero ya no era el silencio decorativo de Valombre.
No era esa calma antigua, pulida, satisfecha de sí misma.
Era un silencio roto por dentro. Un silencio que había empezado a entender que ninguna alfombra, ninguna copa de plata y ningún apellido largo bastaban para tapar el sonido de una campana cuando por fin se la escuchaba bien.
Marchand estaba en el vestíbulo, revisando documentos con el gesto de un hombre que había pasado de perseguir asesinos a perseguir firmas, actividad menos vistosa pero igual de peligrosa para la paciencia.
—Creí que ya se había marchado —dijo al ver a Delacroix.
—Qué poca fe en mi resistencia burocrática.
—Al contrario. Temía que hubiese desarrollado sentido común.
—Una enfermedad grave. Por suerte, no presento síntomas.
Marchand cerró la carpeta que tenía entre manos.
—Lucien ha sido trasladado.
—¿Ha dicho algo más?
—Solo lo mismo. Que no quería matarlo. Que quería detenerlo. Que quería que fallara. Que quería que todos dejaran de pertenecerle.
—Una cadena de deseos bastante humana hasta que termina en cadáver.
—Sí.
El brigadier miró hacia la pizarra de clasificación.
Seguía descubierta.
Adrien primero.
Henri segundo.
Lucien tercero.
Los nombres permanecían escritos como si el torneo aún esperara una resolución deportiva. Pero sobre la parte inferior alguien había añadido una línea con tiza:
Edición suspendida.
No era elegante.
Eso la volvía más honesta.
—Van a borrarla mañana —dijo Marchand.
—¿La clasificación?
—Sí.
—Una costumbre peligrosa.
—Beaumont dice que antes harán una copia exacta para el acta.
—El coronel está convirtiéndose en un hombre casi razonable. Debe de estar sufriendo.
Marchand soltó un ruido que pudo ser una risa.
—Renard ha declarado bastante.
—¿Bastante para él o bastante para la ley?
—Para él, una hemorragia. Para la ley, ya veremos.
—La ley siempre quiere más sangre de la que los cobardes están dispuestos a reconocer.
—Savary también declarará ante el juez. Lo de Claire será complicado.
—Lo era antes de que muriera.
Marchand asintió, cansado.
—No sé cuánto podrá probarse.
Delacroix miró hacia la puerta abierta que daba a la terraza.
—Quizá no todo. Pero algo ha cambiado.
—¿Algo?
—Sí. Antes Valombre tenía una versión. Ahora tiene una herida documentada.
—No es justicia.
—No. Pero la justicia, cuando llega veintidós años tarde, a veces empieza siendo apenas una corrección en el margen.
El brigadier guardó la carpeta bajo el brazo.
—No me gusta que tenga razón cuando habla así.
—A mí tampoco. Me envejece.
—No necesitaba ayuda.
Delacroix lo miró con fingida ofensa.
—Brigadier, empieza usted a abusar de nuestra intimidad profesional.
—Ha sido un día largo.
—Dos.
—Peor.
Marchand miró hacia el salón principal. La Copa Valombre seguía sobre la mesa, ya no como trofeo, sino como objeto incómodo. La tarjeta escrita por Beaumont y completada por la madre de Claire permanecía junto a ella.
Edición suspendida.
Adrien Marceau murió durante el torneo.
Claire Marin no murió sola.
Y se llamaba Claire Marin.
Nadie la había movido.
Eso, en Valombre, equivalía casi a una revolución.
—¿Qué harán con la copa? —preguntó Delacroix.
—Beaumont propone guardarla sin nombre grabado. Solo la fecha y la palabra «suspendida».
—Una elegancia decente. Casi sospechosa.
—Henri Delaunay no ha protestado.
—No lo hará.
—Ha pedido retirarse del comité deportivo. Y ha dicho que declarará lo de su trampa aunque no lo obliguen.
—La vergüenza, cuando no se esconde, puede volverse una herramienta útil.
—O una condena.
—A veces son lo mismo.
Marchand suspiró.
—Madeleine Vasseur ha entregado todas las cartas que conservaba. Al menos eso dice.
—¿Le cree?
—Creo que ha entregado todas las que podía soportar entregar.
—Entonces aún quedan algunas dentro.
—Eso no puedo requisarlo.
—Por fortuna. Su despacho ya parece una sacristía saqueada.
Marchand aceptó la imagen con una mueca.
—Élodie Marceau se marcha mañana.
—¿A dónde?
—No lo ha dicho.
—Bien por ella.
—¿No le interesa?
—Mucho. Por eso espero que no se lo diga a nadie.
El brigadier lo miró con cierta sorpresa.
—Es una mujer extraña.
—No. Es una mujer que ha tenido que volverse extraña para sobrevivir en un lugar donde lo normal estaba enfermo.
Marchand no respondió.
Quizá porque la frase era demasiado cierta.
Quizá porque, después de dos días en Valombre, incluso él empezaba a cansarse de discutir con las verdades que no cabían en un acta.
Delacroix salió a la terraza.
El campo se extendía delante de él, dorado por la última luz.
A esa hora, El Ciego no se veía con claridad desde el club.
Solo una ondulación lejana del terreno, una mancha de pinos, un punto donde la hierba parecía hundirse y luego levantarse otra vez.
La campana estaba oculta, pero Delacroix sabía que seguía allí.
Una campana no tenía culpa.
Tampoco la tenía una bola.
Ni una copa.
Ni una pizarra.
Los objetos del mundo eran inocentes de casi todo, salvo de prestarse con demasiada facilidad a las manos humanas.
Élodie estaba al final de la terraza.
Esta vez no llevaba sombrilla. La tenía cerrada, apoyada contra la barandilla, como si por fin fuese un objeto y no una defensa. Madeleine estaba sentada junto a ella, con una taza de té intacta entre las manos. Ambas miraban el campo.
—Monsieur Delacroix —dijo Élodie, sin volverse—. ¿Se marcha?
—Estoy intentando hacerlo con discreción.
—Ha elegido mal el sitio. Valombre convierte cualquier salida en ceremonia.
—Otro defecto que añadir a la lista.
Madeleine se volvió hacia él.
—¿Cree que volverá?
—Intento no repetir mis errores con tanta disciplina.
—Eso es un no.
—Eso es esperanza.
Élodie sonrió apenas.
—Adrien habría dicho que todos vuelven a Valombre.
—Adrien decía muchas cosas para no escuchar las que importaban.
La viuda miró hacia El Ciego.
—No sé qué hacer con su muerte.
—No tiene que hacer nada con ella hoy.
—Todos esperan que una viuda haga algo. Llorar, odiar, honrar, perdonar, derrumbarse, vestirse de negro en el ángulo adecuado.
—Puede decepcionarlos.
—Es una de las pocas libertades que me quedan.
Madeleine le tomó la mano. Élodie no la apartó.
—Me voy mañana —dijo.
—Lo sé.
—No volveré.
—Eso no lo sabe.
Ella lo miró entonces.
—Quiero no volver.
—Eso es más honesto.
Élodie asintió.
—¿Y usted? ¿Se lleva alguna conclusión brillante?
—Varias, pero la mayoría sería de mal gusto pronunciarlas en voz alta.
—Atrévase con una.
Delacroix miró el campo.
—Que los lugares hermosos deberían ser registrados con más frecuencia.
Madeleine soltó una risa baja, inesperada.
Élodie también sonrió.
—Esa no es brillante. Es práctica.
—La edad me vuelve útil.
—No tanto.
—Gracias.
Durante unos segundos, los tres guardaron silencio.
Luego Madeleine habló con voz suave:
—La madre de Claire escribió mejor que todos nosotros.
—Porque no intentó parecer inteligente —dijo Élodie.
—Eso ayuda mucho a la verdad —añadió Delacroix.
Madeleine miró hacia el salón, donde se veía la copa.
—Me habría gustado conocerla.
—¿A Claire?
—Sí.
Delacroix no respondió.
A veces las frases sinceras llegaban tarde, pero no por eso debían ser castigadas siempre.
Madeleine había callado demasiado. Había guardado cartas como quien conserva pruebas contra sí misma y contra un hombre muerto que todavía mandaba sobre sus recuerdos.
No quedaba mucho que absolver en ella. Pero quizá sí algo que dejar vivir.
—Quizá ahora la conozca un poco mejor —dijo.
Madeleine bajó la mirada.
—Sí.
Élodie se levantó.
—Le deseo buen viaje, monsieur Delacroix.
—Gracias, madame.
—Y le deseo un próximo caso con menos golf.
—Ese deseo es lo más cercano a una bendición que he recibido en días.
—No abuse. No soy tan generosa.
Delacroix inclinó la cabeza.
—Entonces lo aceptaré antes de que se arrepienta.
Se despidió de ellas y bajó los escalones hacia el jardín.
No fue directamente al coche.
Tomó el sendero hacia el hoyo diecisiete.
Marchand, desde la terraza, lo vio alejarse y no lo llamó. Eso demostraba que el brigadier, después de todo, era un hombre capaz de reconocer cuándo una persona necesitaba caminar hacia una escena ya resuelta para terminar de comprenderla. O quizá solo estaba demasiado cansado para perseguirlo.
El camino hasta El Ciego parecía más corto ahora.
O quizá Delacroix lo recorría con la mente menos ocupada por mentiras.
Pasó junto a los pinos, cruzó la zona de la loma y descendió hacia la depresión.
El césped había sido pisoteado por policías, empleados, sospechosos, curiosos y por la propia verdad, que no era mucho más delicada.
Aun así, el campo conservaba su elegancia.
Esa era una de las cosas irritantes de la belleza: su capacidad para sobrevivir incluso a lo que no debería.
La campana estaba inmóvil.
Delacroix se detuvo ante ella.
El poste mostraba la grieta, la marca del cordel, las pequeñas heridas recientes de la navaja de Gérard. La cuerda colgaba limpia, demasiado simple para todo lo que había ocurrido alrededor. Una cuerda. Nada más.
Y, sin embargo, durante dos días, aquella cuerda había sostenido más culpa que muchos hombres.
Baptiste Marin estaba allí.