Capítulo 33 — La copa sin ganador #2
Baptiste volvió la vista al agua.
—Eso se parece más.
No dijo a qué.
A justicia, quizá.
O a una verdad menos ofensiva.
Un rato después regresaron al club.
En la terraza, Élodie Marceau estaba sentada sola, por fin bajo una sombrilla.
La tenía abierta, pero no parecía esconderse.
Más bien daba la impresión de haber recuperado el derecho a usar un objeto sin que Adrien lo convirtiera en burla desde algún rincón.
Al ver a Delacroix y Baptiste, se levantó.
—Monsieur Marin —dijo.
Baptiste se detuvo.
Élodie caminó hasta él. No muy cerca.
—Mañana vendrá su madre.
Baptiste asintió.
—Sí.
—Me gustaría estar presente cuando vea el acta. Si usted lo permite.
El caddie la observó.
—¿Por qué?
Élodie miró hacia el campo.
—Porque fui esposa de Adrien Marceau. Y porque, durante años, yo también dejé que la historia de Claire me sirviera para entender la mía. Creo que ya es hora de que al menos una vez me quede donde resulte incómodo quedarme.
Baptiste no respondió de inmediato.
—Mi madre quizá no quiera verla.
—Entonces me iré.
—Quizá quiera decirle algo desagradable.
—Lo merece.
—No la conoce.
—No hace falta conocer a alguien para merecer algunas cosas.
Baptiste bajó la mirada.
—Se lo diré.
—Gracias.
No hubo más.
Élodie volvió a su silla. Baptiste entró en el club.
Delacroix se quedó en la terraza unos segundos.
—Está haciendo algo difícil —dijo.
Élodie no lo miró.
—No lo haga sonar noble.
—No era mi intención.
—Bien.
—La nobleza, en Valombre, sale bastante cara.
Ella sonrió apenas.
—Y suele pagar otro.
Delacroix se sentó en la silla cercana sin pedir permiso.
—¿Qué hará ahora?
—Sobrevivir a mi viudez, supongo. Adrien se las arregló para que incluso eso parezca una sospecha.
—La sospecha pasará.
—No en todos.
—No.
Élodie miró hacia el campo.
—Tal vez me marche.
—¿De Valombre?
—De aquí, de la casa de Adrien, de todo lo que todavía pronuncie su nombre como si fuera una habitación donde debo entrar con cuidado.
—Parece sensato.
—Lo sensato no siempre es posible.
—No. Pero sigue siendo un buen insulto al desastre.
Ella soltó una risa breve. Esta vez no fue amarga del todo.
—¿Sabe qué es lo peor, monsieur Delacroix?
—Rara vez, pero me esfuerzo.
—Que Adrien habría encontrado todo esto fascinante. Su muerte, el escándalo, Lucien, la copa suspendida, Claire escrita en el acta. Se habría sentado con un cigarro y habría dicho algo brillante. Algo insoportable. Algo que habría hecho reír a alguien antes de darle asco.
Delacroix miró hacia la Copa Valombre, visible a través de los ventanales.
—Entonces conviene alegrarse de que no pueda comentarlo.
Élodie asintió.
—Sí.
Después de un silencio, añadió:
—Gracias.
—No he hecho gran cosa por usted.
—No. Eso también ayuda.
Delacroix inclinó ligeramente la cabeza.
—Intentaré no tomarlo como elogio.
—Tómelo como descanso.
Madeleine Vasseur apareció en la puerta de la terraza. Llevaba el rostro cansado y los ojos enrojecidos, pero había algo menos rígido en ella. La caja de cartas ya no estaba en sus manos. Quizá por eso parecía no saber bien qué hacer con los dedos.
—Élodie.
La viuda la miró.
—¿Sí?
—Marchand me ha dicho que puedo retirarme a mi habitación.
—¿Y quieres hacerlo?
Madeleine miró hacia el campo.
—No.
Élodie apartó una silla con el pie.
—Entonces siéntate.
Madeleine se sentó.
Durante un rato, ninguna de las dos habló.
Delacroix pensó que tal vez debería retirarse. Pero ambas parecían haber olvidado que estaba allí, o habían decidido que su presencia era lo bastante irrelevante para tolerarla. Aquello, en su profesión, era casi un lujo.
Madeleine fue la primera en romper el silencio.
—Adrien nos habría odiado juntas.
Élodie miró el campo.
—Adrien odiaba cualquier cosa que no necesitara de él para existir.
Madeleine bajó la cabeza.
—Yo lo necesité demasiado.
—Todas necesitamos a alguien equivocado alguna vez.
—Yo guardé sus cartas como si el dolor tuviera valor por estar bien escrito.
Élodie la miró entonces.
—Las cartas ya están fuera.
—Sí.
—Tú también.
Madeleine cerró los ojos un instante.
—No sé si sé estarlo.
—Nadie sabe salir de una prisión educada. Se aprende empujando puertas que una creía paredes.
Delacroix pensó que Élodie tenía talento para frases peligrosas. Si hubiese sido novelista, habría causado bastante daño.
Desde el vestíbulo llegó la voz de Marchand llamando a un agente. Luego pasos. Luego otra puerta. El club entero seguía moviéndose alrededor de la verdad, todavía incapaz de saber si debía asimilarla o defenderse de ella.
Beaumont salió al fin a la terraza.
El coronel parecía más viejo que por la mañana. No más enfermo, sino más verdadero. Se acercó a Delacroix con una hoja en la mano.
—El acta provisional.
Delacroix la tomó.
La leyó.
Marchand había redactado la parte policial en lenguaje seco.
Beaumont, al parecer, había añadido el acuerdo del comité.
Decía que la Copa Valombre quedaba suspendida sin ganador.
Que la muerte de Adrien Marceau estaba bajo investigación judicial.
Que el club colaboraría con la reapertura de las circunstancias relativas a la muerte de Claire Marin.
Y, al final, había una frase sorprendentemente simple:
El Club de Golf de Valombre reconoce que durante años no hizo lo suficiente para esclarecer la verdad.
Delacroix miró a Beaumont.
—«No hizo lo suficiente» es generoso.
—Es lo máximo que logré sin que tres miembros del comité fingieran un infarto.
—La medicina ya tiene bastante trabajo aquí.
Beaumont sonrió con tristeza.
—Mañana intentaré que sea más fuerte.
—Mañana tal vez sea tarde para la valentía, pero no para la precisión.
—Lo sé.
El coronel miró hacia el campo.
—Yo también estaba aquí aquella noche.
Delacroix no dijo nada.
—No junto al lago. No vi a Claire. No vi a Adrien. No vi nada útil. Pero estuve aquí. Oí los rumores. Elegí creer al club. Era más cómodo. Más limpio. Más propio de gente decente.
—La decencia ha sido muy maltratada en Valombre.
—Por nosotros.
—Sí.
Beaumont asintió.
—Firmaré lo que deba firmar.
—Eso no lo absolverá.
—No espero que lo haga.
—Entonces quizá sirva.
El coronel dobló el acta con cuidado.
—¿Usted cree que Valombre sobrevivirá?
Delacroix miró la hierba perfecta, los pinos, la terraza, la Copa sin ganador.
—Los lugares como Valombre sobreviven casi a todo.
—Lo dice como mala noticia.
—No necesariamente. Pero sobrevivir no es lo mismo que seguir siendo impune. A veces, con suerte, un lugar sobrevive convertido en una versión menos satisfecha de sí mismo.
Beaumont aceptó la frase con un movimiento lento.
—Eso ya sería algo.
—Sí.
El sol empezó a bajar sobre el campo.
La tarde volvía dorada la hierba, suavizaba las fachadas, hacía brillar los cristales del club.
Valombre, visto así, podía parecer inocente otra vez.
Bastaba alejarse unos metros de la mesa, del acta, de la pizarra, del lago, de las declaraciones, y el mundo recuperaba su talento para mentir con belleza.
Delacroix no se lo reprochó.
La belleza no tenía culpa.
La culpa era de quienes la usaban como coartada.
Marchand apareció en la terraza con la libreta bajo el brazo.
—Delacroix.
—Brigadier.
—Necesito su declaración.
—Qué decepción. Creí que nuestra relación ya se basaba en la confianza.
—Mi relación con usted se basa en la paciencia. Y está gravemente comprometida.
Delacroix se levantó.
—Entonces no abusemos de ella.
Caminaron juntos hacia el interior.
Al pasar por el salón principal, Delacroix se detuvo un instante ante la Copa Valombre. La tarjeta seguía allí.
Edición suspendida.
Adrien Marceau murió durante el torneo.
Claire Marin no murió sola.
No era justicia completa.
No era castigo suficiente.
No era reparación.
Pero era una frase escrita.
Y, en un lugar donde todo se había enterrado bajo murmullos, actas ausentes y palabras elegantes, una frase escrita podía ser una forma humilde de dinamita.
Delacroix siguió caminando.
Detrás de él, en la terraza, Élodie y Madeleine permanecían sentadas bajo el sol declinante.
Delante, Marchand lo esperaba con una pluma, una silla y el aire de un hombre dispuesto a demostrar que incluso los detectives debían sufrir algún tipo de consecuencia burocrática.
—Siéntese —dijo el brigadier.
Delacroix miró la silla.
—Después de todo lo ocurrido, esperaba una copa.
—La copa está suspendida.
—Muy justo.
Se sentó.
Y empezó a declarar.