Capítulo 32 — El discurso que no pronunció Adrien #2
—Adrien la usó para sentirse impune. Madeleine la usó para guardar una prueba que no se atrevió a entregar.
Yo la usé para entender mi propio matrimonio.
Renard la usó para proteger el club. Savary para protegerse a sí mismo.
Gérard para intentar reparar a su padre.
Lucien para confiar en que la sospecha tuviera un camino natural.
Incluso usted, Baptiste, la usó para seguir aquí, odiando desde cerca, porque marcharse quizá habría significado dejarla sola del todo.
Baptiste palideció.
Madeleine susurró:
—Élodie…
—No lo digo para acusarlo —continuó la viuda—. Lo digo porque ella merece, por una vez, no ser un instrumento.
El salón quedó inmóvil.
Baptiste miró a Élodie durante mucho tiempo. Delacroix vio pasar por su rostro una emoción difícil de nombrar: dolor, ira, reconocimiento y, quizá, la herida nueva de verse comprendido por alguien que tampoco podía salvarlo.
—Tiene razón —dijo al fin.
No lo dijo con gratitud.
Lo dijo como quien acepta una losa.
Delacroix tomó entonces la fotografía de Claire, el fragmento hallado dentro del guante. No era la fotografía completa, pero bastaba para mostrar lo esencial: una mano sujetando a una muchacha que no había elegido quedarse.
—La muerte de Claire Marin será reabierta —dijo Marchand.
Savary cerró los ojos.
Renard bajó la cabeza.
Gérard respiró hondo, como si aquella frase le doliera y lo aliviara al mismo tiempo.
—Con lo que tenemos, quizá no pueda establecerse todo —continuó el brigadier—. Han pasado años. Se destruyeron pruebas. Se mintió. Se omitió. Pero habrá declaración formal sobre el informe médico, sobre el botón, sobre la fotografía, sobre la carpeta desaparecida y sobre la intervención del club.
Renard habló sin levantar la vista:
—Yo declararé.
Marchand lo miró.
—Más le vale.
—Todo.
—Eso ya veremos.
Savary también habló:
—Yo también.
Baptiste los observó a ambos. No parecía satisfecho. Nadie con un muerto querido y años de silencio encima podía satisfacerse con dos hombres viejos descubriendo la verdad cuando la verdad ya no podía salvar a nadie.
—Mi hermana no volverá —dijo.
—No —respondió Delacroix.
—Y quizá nadie pague por ella como debería.
—Quizá no.
—Entonces ¿qué queda?
Delacroix no contestó deprisa. La pregunta merecía algo mejor que una frase bonita. Y, sin embargo, las respuestas honestas rara vez eran suficientes.
—Queda impedir que sigan llamándola accidente —dijo.
Baptiste miró el fragmento de fotografía.
—Es poco.
—Sí.
—Pero es algo.
—Sí.
El caddie asintió despacio.
A veces la justicia llegaba tan tarde que solo podía corregir una palabra. Pero había palabras que pesaban como tumbas.
Lucien levantó la cabeza.
—Yo pensé que, si Adrien moría antes de la copa, todos quedaríamos libres.
Élodie soltó una risa sin alegría.
—Los muertos son pésimos libertadores.
—Ahora lo sé.
—No. Ahora lo estás pagando. Saberlo vendrá después, si tienes suerte.
Lucien aceptó la frase sin protestar.
Marchand ordenó que lo retiraran.
Cuando los agentes se acercaron, Lucien se puso de pie. Esta vez, antes de salir, no miró a Delacroix. Miró la Copa Valombre cubierta por el paño negro.
—No debería ganarla nadie —dijo.
Henri alzó la vista.
—No la ganaste tú.
—No he dicho eso.
—Ni Adrien.
—Tampoco.
Baptiste habló desde el fondo:
—Claire perdió antes que todos ustedes.
Lucien cerró los ojos.
Luego salió escoltado.
El silencio que dejó fue más pesado que su presencia.
Marchand hizo retirar también a Gérard y a Renard para tomar declaraciones separadas. Savary fue llevado a otra sala. Paul acompañó a un agente, todavía hundido por su participación involuntaria en la entrega de la nota. Henri quedó un momento en el salón, sentado, con las manos sobre las rodillas.
—¿Y yo? —preguntó.
Marchand lo miró.
—Usted responderá por su trampa deportiva y por haber ocultado la nota. Pero, respecto a la muerte de Marceau, la situación cambia.
Henri soltó el aire lentamente.
No sonrió.
—Podría haberlo matado igual.
Delacroix lo miró.
—Pero no lo preparó.
—Eso no me absuelve de haber querido algo parecido.
—No. Solo nos impide confundir su vergüenza con el crimen de otro.
Henri asintió.
—Es un consuelo mediocre.
—Los consuelos decentes suelen serlo.
Henri se levantó despacio. Al pasar junto a Baptiste, se detuvo.
—No sabía.
Baptiste lo miró.
—Nadie sabía nada en este club cuando convenía no saber.
Henri aceptó el golpe.
—Lo siento.
—Yo también.
Fue todo.
Henri salió.
Quedaron en el salón Delacroix, Marchand, Élodie, Madeleine, Baptiste y Beaumont. Por primera vez desde la muerte de Adrien, la sala no parecía llena de sospechosos, sino de supervivientes mal clasificados.
Madeleine se acercó a Baptiste.
—Debí entregarla.
El caddie no preguntó qué.
La fotografía.
La carta.
La verdad.
Todo.
—Sí —dijo.
Madeleine se estremeció.
—Lo sé.
—No basta.
—No.
—Pero dígalo igual.
Madeleine tragó saliva.
—Debí entregar la fotografía. Debí hablar de la carta. Debí decir que Claire no estuvo sola. Debí hacerlo cuando aún podía doler de una manera útil.
Baptiste la miró.
Durante un instante, pareció que iba a decir algo cruel. Tenía derecho. Quizá por eso no lo hizo.
—Gracias —dijo.
Madeleine rompió a llorar entonces. No mucho. No de forma escandalosa. Apenas unas lágrimas silenciosas que se secó casi de inmediato, como si aún le avergonzara hacer ruido delante de la verdad.
Élodie se acercó a ella y le tomó la mano.
El gesto fue pequeño.
Pero el salón lo notó.
Beaumont se puso de pie con esfuerzo.
—¿Qué haremos con la copa? —preguntó.
Marchand lo miró, exasperado.
—Coronel.
—No lo pregunto por el torneo, brigadier. Lo pregunto porque ese objeto ahí cubierto se ha convertido en una especie de cadáver adicional.
Delacroix miró el paño negro.
Beaumont tenía razón.
La Copa Valombre seguía allí, brillando debajo de una tela, esperando una decisión que ya no podía ser deportiva.
Élodie la observó.
—Adrien no debe recibirla.
—No —dijo Baptiste.
Madeleine negó despacio.
—Henri tampoco la querrá.
—Lucien no puede —dijo Marchand.
Beaumont apoyó el bastón en el suelo.
—Entonces desierta.
Renard, desde la puerta, donde un agente acababa de detenerlo antes de sacarlo por completo, habló con voz baja:
—No.
Todos se volvieron.
El secretario parecía destruido, pero algo en él seguía reaccionando ante la palabra «desierta» como si fuera una herejía administrativa.
—Esta vez, no —dijo.
Marchand lo miró con advertencia.
—Monsieur Renard.
—No hablo como secretario. Ya no creo tener derecho a eso. Pero no debe declararse desierta. Desierta significa que no ocurrió nada. Que se interrumpió. Que la edición queda en blanco. Valombre adora los blancos. Los usa para no escribir lo incómodo.
Delacroix lo observó con interés.
Renard tragó saliva.
—Que la copa no se entregue. Que no haya ganador. Pero que conste por qué. Que conste que la Copa Valombre fue suspendida por el asesinato de Adrien Marceau y por la reapertura de la muerte de Claire Marin.
Baptiste levantó la vista.
Renard no pudo sostenerla del todo.
—Su nombre debería estar en el acta.
—¿Ahora? —preguntó Baptiste.
—Sí.
—Qué valiente.
Renard recibió la frase sin defenderse.
—Tarde —dijo—. No valiente.
Baptiste permaneció en silencio.
Luego dijo:
—Sí. Tarde.
Renard asintió.
Marchand hizo un gesto al agente para que lo llevara. Esta vez el secretario no protestó.
Delacroix miró la copa cubierta.
—Es una buena propuesta.
—Viniendo de Renard, eso casi me ofende —dijo Marchand.
—La verdad, brigadier, tiene gustos muy pobres a la hora de elegir mensajeros.
Beaumont se acercó a la mesa y, con manos algo temblorosas, retiró el paño negro.
La Copa Valombre apareció bajo la luz.
Era hermosa.
Eso resultaba incómodo.
Plata pulida, asas elegantes, grabados delicados, nombres antiguos en la base. Aquel objeto no tenía culpa. Ningún objeto la tiene. Pero había recibido demasiadas miradas de hombres dispuestos a confundir el brillo con la virtud.
Beaumont la contempló un momento.
Luego tomó una tarjeta en blanco de la mesa y escribió con letra temblorosa, pero legible:
Edición suspendida.
Adrien Marceau murió durante el torneo.
Claire Marin no murió sola.
Marchand miró la tarjeta.
—Eso no es un acta oficial.
—No —dijo Beaumont—. Es un comienzo.
Baptiste cerró los ojos.
Delacroix sintió, por primera vez en muchas horas, que el aire del salón cambiaba. No se volvió ligero. Eso habría sido falso. Pero dejó de estar tan encerrado.
La verdad no había limpiado Valombre.
Nada limpiaría Valombre en una mañana.
Pero al menos había dejado una mancha imposible de cubrir con terciopelo.
Élodie miró a Delacroix.
—Adrien habría odiado esa tarjeta.
—Entonces quizá convenga conservarla.
Madeleine, todavía con la mano de Élodie entre las suyas, sonrió apenas entre lágrimas.
Marchand cerró su libreta.
—Aún quedan declaraciones.
—Siempre quedan —dijo Delacroix.
—Y papeleo.
—Ahí ya no puedo ayudarlo.
—Lo sospechaba.
Baptiste se acercó a la mesa. Miró la copa, luego la tarjeta, luego el nombre de Claire escrito sobre el papel. No tocó nada.
—Mi madre debería verlo.
—¿Vive? —preguntó Delacroix.
—Sí.
—Entonces lo verá.
Baptiste asintió.
—No sé si servirá.
—Probablemente no como debería.
—Pero servirá para algo.
—Sí.
El caddie miró una última vez el nombre de su hermana.
Luego salió del salón.
No pidió permiso.
Nadie se lo pidió tampoco.
Delacroix lo vio marcharse hacia la terraza, hacia el campo, hacia la luz.
Por primera vez desde que había llegado a Valombre, Baptiste Marin no parecía un hombre invisible.
Parecía un hombre cansado.
Que era otra cosa.
Y quizá, en aquel club, un avance considerable.