Capítulo 31 — El cordel de la pizarra #2
—En el dieciséis, durante esa búsqueda, usted llevó consigo el cordel y la bola falsa.
Tal vez la bola que había tomado de la caseta.
Tal vez la que Adrien encontró y usted recuperó.
Esa parte todavía deberá precisarse. Pero tuvo una bola marcada como Adrien, una línea roja suficientemente parecida.
La colocó en un punto visible del diecisiete, donde Adrien y Baptiste creerían encontrar la suya al bajar.
Luego tendió el cordel desde la campana hasta esta zona, disimulándolo entre las estacas y las cuerdas del campo.
No necesitaba mucho tiempo. Solo conocer el terreno y estar dispuesto a arriesgar.
—Eso es absurdo —dijo Lucien.
—No. Es golf.
La frase lo dejó callado.
Delacroix señaló la loma.
—Un juego de cálculo, terreno, viento, riesgo y vanidad.
Usted no necesitaba certeza absoluta. Necesitaba una probabilidad suficiente.
Sabía que Adrien, provocado por la nota, no jugaría con prudencia.
Sabía que Henri, desesperado, golpearía en cuanto oyera la campana.
Sabía que Baptiste bajaría con Adrien. Sabía que todos mirarían hacia Henri porque Henri era el escándalo visible.
Y sabía que, si algo salía mal, Valombre haría lo que siempre hacía: elegiría el relato más cómodo.
Baptiste.
Henri.
Accidente.
Desgracia.
Lucien cerró los dedos alrededor del palo hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—No quería matar a Baptiste.
—No. Quería usarlo.
—No.
—Sí.
La palabra de Delacroix fue baja, sin ira.
—Y eso es lo que lo distingue de Adrien solo en grado, no en método.
El golpe fue brutal.
Lucien levantó la vista con los ojos brillantes.
—No soy él.
—No.
—No soy Adrien.
—No. Adrien habría disfrutado más.
Lucien dio un paso hacia él, pero Marchand lo detuvo con una mano en el pecho.
—No soy él —repitió el joven, casi sin voz.
—No —dijo Delacroix—. Pero lo escuchó demasiado.
Aprendió a hablar con sus herramientas. Tomó una debilidad de Henri, una herida de Baptiste, una vergüenza de Savary, una cobardía de Renard, un secreto suyo, una bola perdida, una frase ajena y un cordel de la pizarra.
No inventó nada. Hizo lo mismo que Adrien: convirtió las miserias de los demás en un mecanismo propio.
Lucien respiraba con la boca abierta.
El campo entero pareció quedarse quieto.
Marchand habló con voz grave:
—Monsieur Morel, ¿tiró usted del cordel?
Lucien no respondió.
—Conteste.
El joven miró la campana.
Luego la depresión.
Luego a Baptiste.
—No quería que muriera así.
Baptiste cerró los ojos.
Marchand dio un paso.
—¿Tiró del cordel?
Lucien tragó saliva.
—Quería que fallara.
—¿Tiró del cordel?
—Quería que entendiera.
—¿Tiró del cordel?
Lucien apretó el palo con ambas manos.
—Sí.
La palabra apenas sonó.
Pero bastó.
Marchand cerró los ojos un segundo, como si agradeciera y odiara al mismo tiempo la llegada tardía de la claridad.
Delacroix no se movió.
—¿Colocó la bola falsa?
Lucien tardó más.
—Sí.
—¿Recogió después la bola verdadera?
—No.
Gérard, a lo lejos, levantó la cabeza.
—Eso lo hice yo.
—Lo sabemos —dijo Delacroix.
Lucien miró a Gérard con una mezcla extraña de horror y gratitud.
—Yo no sabía dónde había caído la verdadera.
Cuando Adrien cayó, todo fue… No sé. Yo había pensado que, si él salía de la línea, si Henri fallaba, si la bola pasaba cerca, bastaría.
Bastaría con asustarlo, con hacerlo caer, con hacerle perder, con romper esa maldita seguridad.
Pero la bola le dio. Y entonces todos corrieron. Y yo no pude moverme.
—Pero sí retiró la nota del chaleco —dijo Delacroix.
Lucien negó, rápido.
—No.
Renard, escoltado junto al sendero, cerró los ojos.
Delacroix miró al secretario.
—Monsieur Renard.
Renard no esperó a que preguntara.
—La retiré yo.
Marchand giró hacia él.
—¿Qué?
—La nota de Henri. La vi en el bolsillo del chaleco cuando Savary se inclinó sobre Adrien. Asomaba un poco. La tomé.
—¿Por qué?
Renard parecía más pequeño bajo el sol.
—Porque hablaba del diecisiete. Porque si aparecía, el accidente moría. Porque todavía creí que podía… ordenar la situación.
—¿La destruyó?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Antes de que ustedes pidieran la ropa. En mi despacho.
Marchand pareció a punto de golpearlo con la libreta.
—Usted convierte la obstrucción en un arte menor.
—Lo sé —dijo Renard.
No hubo defensa.
Y eso, al menos, lo volvió menos insoportable.
Delacroix volvió a Lucien.
—Después Gérard encontró la bola verdadera y la escondió. Después fabricó el guante falso para sacar a Claire a la luz. Después Renard recibió una nota y encontró la bola. Después todo empezó a parecer más complejo de lo que era en el instante del crimen.
—No fue simple —murmuró Lucien.
—No. Pero el centro sí. Usted tiró de una cuerda sabiendo que Henri golpearía y que Adrien seguía abajo.
Lucien levantó la vista.
—Yo no sabía que lo mataría.
—No. Eligió no saberlo lo suficiente.
El joven cerró los ojos.
Aquella frase pareció derrotarlo más que la acusación misma.
—Él me enseñó —dijo.
—Sí.
—Él me hizo así.
—No.
Lucien abrió los ojos.
Delacroix sostuvo su mirada.
—Esa será la última mentira que intente regalarle. Adrien le enseñó el método. Usted eligió usarlo.
El silencio que siguió fue devastador.
Baptiste bajó la cabeza.
Marchand hizo una señal a los agentes.
—Lucien Morel, queda detenido por el asesinato de Adrien Marceau.
Uno de los agentes se acercó.
Lucien no se resistió. Dejó caer el palo de golf sobre la hierba. El sonido fue pequeño, casi ridículo. Un objeto caro cayendo en un campo perfecto después de haber servido para algo mucho más viejo que un deporte.
Antes de que lo tomaran por los brazos, Lucien miró a Baptiste.
—Lo siento.
Baptiste no respondió.
El joven insistió, con voz rota:
—No quería que fueras tú.
El caddie lo miró al fin.
—Pero sabías que podía serlo.
Lucien cerró los ojos.
—Sí.
—Entonces sí querías.
No fue una frase cruel.
Fue una sentencia.
Lucien bajó la cabeza. Los agentes lo escoltaron hacia el club.
Gérard fue llevado detrás, también en silencio. Renard permaneció un momento junto al sendero, como si esperara una orden para seguir existiendo. Marchand lo miró con un cansancio infinito.
—Usted también vendrá.
—Lo sé.
El secretario obedeció.
Quedaron en el hoyo diecisiete Delacroix, Marchand y Baptiste.
El campo parecía respirar otra vez.
Pero ya no como antes.
Delacroix caminó hasta la campana. El cordel de la reconstrucción seguía atado a la cuerda, tendido hacia la estaca desde la que Lucien había repetido su mentira. Lo desató despacio y lo dejó en manos de Marchand.
—Una cuerda pequeña —dijo el brigadier.
—Las cuerdas pequeñas han hecho mucho daño en la historia.
Baptiste miró la campana.
—Sonó una vez.
—Sí.
—Y todos pensamos que era mía.
—No todos.
—Casi todos.
Delacroix no lo negó.
Baptiste alzó la vista hacia la loma.
—Claire habría odiado esto.
—¿El qué?
—Que para que alguien dijera su nombre tuviera que morir otro.
Delacroix guardó silencio.
No había respuesta adecuada.
El sol seguía iluminando el campo. Lo iluminaba todo: la hierba, la loma, el poste, las marcas, los caminos, el barro seco junto al sendero. Durante toda la novela del día anterior, Delacroix había pensado que en Valombre el sol no iluminaba, sino que generaba sombra.
Ahora entendía algo más.
El sol también podía ser cruel por exceso.
Porque cuando por fin daba de lleno sobre las cosas, no dejaba a nadie el consuelo de decir que no había visto.