Capítulo 31 — El cordel de la pizarra
Lucien Morel llegó al hoyo diecisiete escoltado por dos agentes.
No parecía un asesino.
Aquello, pensó Delacroix, era una de las primeras condiciones para serlo con cierta eficacia.
Los asesinos que parecen asesinos tienen carreras breves y muy mala relación con los jueces.
Lucien parecía lo que era: un muchacho agotado, demasiado elegante para su ruina, demasiado joven para cargar con tanta vergüenza y demasiado inteligente para no saber que la inteligencia, llegada cierta hora, deja de salvar y empieza a delatar.
El campo volvía a estar lleno de luz.
Una luz limpia, clara, indecente.
Marchand había ordenado despejar la zona del hoyo diecisiete.
Solo estaban allí Delacroix, el brigadier, Lucien, Baptiste, dos agentes, Gérard Lenoir bajo custodia a cierta distancia, y Octave Renard, convocado por necesidad técnica y vigilado por Lefèvre como si el secretario pudiera esconder un archivo en cualquier pliegue del traje.
Élodie Marceau no estaba.
Delacroix la había dejado en el salón, bajo vigilancia, con su sombrilla cerrada y una frase en el aire.
Una mira hacia donde miran los hombres, hasta descubrir qué intentan no ver.
Aquella frase había abierto el cajón de la pizarra.
Y el cajón había devuelto un carrete de cordel encerado.
—No entiendo por qué estoy aquí —dijo Lucien.
—Eso suele ser el primer paso para entenderlo —respondió Delacroix.
El joven miró la campana, luego la depresión, luego el sendero del lago. Su rostro perdió algo de color al ver el poste. Quizá recordaba el sonido. Quizá recordaba la idea. Quizá recordaba ambas cosas y esperaba que nadie pudiera diferenciarlas.
Marchand mostró el carrete hallado en el cajón de la pizarra.
—Reconoce esto.
Lucien lo miró.
—Cordel.
—Del vestíbulo. Se usa para trazar líneas rectas en la pizarra de clasificación.
—No lo sabía.
—No exagere —dijo Delacroix—. Ha mirado esa pizarra con más devoción que algunos hombres miran un altar.
Lucien apretó los labios.
—Mirar una pizarra no significa conocer sus cajones.
—No. Pero acercarse a ella en el momento exacto en que todos miraban a Adrien leyendo una nota permite conocerlos con bastante rapidez.
El joven guardó silencio.
Baptiste estaba a unos pasos, con las manos cruzadas delante del cuerpo.
No miraba a Lucien con odio. Eso lo volvía peor.
El odio, al menos, ofrece al culpable una forma de defenderse.
Baptiste lo miraba como si quisiera entender cuánta parte de su dolor había sido robada por un muchacho que ni siquiera sabía cargar bien con el suyo.
Delacroix caminó hasta el poste de la campana. Señaló la rozadura en la madera.
—Alguien ató un cordel a la cuerda. No necesitaba tocar la campana con la mano. No necesitaba estar junto al poste. Solo necesitaba tender una línea desde aquí hasta un punto donde pudiera tirar sin ser visto.
—Eso lo ha dicho usted —respondió Lucien.
—Sí. Y ahora voy a hacerlo.
Marchand hizo traer un tramo de cordel similar.
Delacroix lo ató al extremo inferior de la cuerda de la campana, no sin cierta incomodidad física que decidió ignorar por dignidad y porque Baptiste, con una discreción admirable, fingió no notar.
Después pasó el cordel por detrás del poste, siguiendo la marca de la madera, y lo tendió hacia los pinos.
No muy lejos.
No hasta la salida del hoyo.
Solo hasta una zona intermedia, junto a unas estacas de delimitación donde los jugadores y algunos acompañantes podían detenerse sin parecer fuera de lugar.
La línea se perdía entre hierba, sombras de raíces y cuerdas del propio campo.
Vista desde la salida, era casi invisible.
Vista desde el sendero, parecía parte del material usado para ordenar el recorrido.
Gérard Lenoir, esposado, miraba con el rostro hundido.
—Así —dijo en voz baja.
Marchand se volvió hacia él.
—¿Así qué?
—Así se podía hacer. Si el cordel era fino y estaba encerado, corría bien. Bastaba con que no se enredara.
—¿Por qué no se le ocurrió antes?
Gérard miró a Baptiste.
—Porque yo también estaba mirando donde querían que mirara.
Baptiste no respondió.
Delacroix terminó de fijar el cordel en una estaca baja.
—Monsieur Morel, colóquese donde estaba cuando Henri Delaunay se preparó para golpear.
Lucien no se movió.
Marchand hizo un gesto a un agente.
El joven obedeció antes de que lo tocaran.
Caminó hasta una zona cercana a la salida, algo apartada de la línea de golpe, donde había declarado estar.
Desde allí podía ver a Henri. También podía ver parcialmente la depresión.
Y, con un leve giro del cuerpo, alcanzaba el extremo del cordel disimulado junto a la estaca.
Delacroix tomó un palo de golf prestado de una bolsa de prácticas y se lo ofreció.
—¿Para qué?
—Para que no tenga que mancharse las manos.
Lucien lo miró.
La frase le había llegado.
—No sé qué pretende.
—Sí lo sabe.
—No.
—Adrien le enseñó demasiado bien el valor de no tocar las cosas directamente.
Marchand se situó junto a Lucien.
Delacroix continuó:
—Usted no tenía que desaparecer entre los pinos.
No tenía que estar junto a la campana. No tenía que tirar de la cuerda con la mano ni dejar barro en un guante.
Bastaba con enganchar el cordel con el palo, tensarlo y dar un tirón en el momento exacto.
Una sola vez. Henri oía la campana. Henri golpeaba.
Y Adrien, abajo, quedaba situado junto a la bola falsa que usted había colocado antes.
Lucien negó despacio.
—No.
—Todavía no he terminado.
—No hace falta.
—Al contrario. Hace mucha falta. Los crímenes incompletos tienen una tendencia vulgar a convertirse en leyenda.
Delacroix caminó hacia la depresión. Se detuvo en el lugar donde Adrien había caído y luego en el punto donde se había encontrado la bola falsa.
—La bola no fue tomada de la bolsa de Adrien esa mañana. Esa fue nuestra primera equivocación. Era una posibilidad tentadora, porque usted estuvo cerca de la bolsa. También Renard. También otros. Pero no hacía falta. Usted ya tenía una bola de Adrien.
Lucien tragó saliva.
—La que tomé de la caseta desapareció.
—Sí.
—Adrien la tomó.
—Tal vez.
El joven alzó la cabeza.
—Usted mismo lo dijo.
—Dije que pudo verla. Pudo tomarla. Pudo convertirla en otra arma contra usted. Eso explica parte de su miedo. No todo.
Lucien apretó los dedos alrededor del palo.
—Yo no la usé.
—Entonces déjeme ofrecer una historia más sencilla.
—No.
—Hace tres días, usted tomó una bola de Adrien de la caseta del lago.
No por estrategia al principio. Por impulso.
Por rabia. Por ese hambre absurda de poseer algo del hombre que lo había elegido, humillado y convertido en hermano secreto sin apellido.
La guardó en su habitación. Adrien la encontró.
Le dijo aquello de las cosas perdidas y los mejores dueños.
Usted comprendió que había vuelto a darle otra cuerda para atarlo.
Lucien respiraba con dificultad.
—Siga —dijo, con desprecio débil—. Parece disfrutarlo.
—No. Pero usted lo necesita contado en voz alta.
Adrien iba a ganar el torneo. Iba a levantar la copa.
Iba a pronunciar una pequeña declaración donde cada nombre de su lista recibiría una herida.
Henri, Madeleine, usted, Élodie, Savary, Baptiste, Renard.
Pero usted sabía que en su caso la herida era distinta.
No era solo una vergüenza privada. Era sangre.
Lucien miró hacia la pizarra inexistente, como si aún pudiera verla desde allí.
—No tenía derecho.
—Adrien rara vez necesitaba derechos para actuar.
—No tenía derecho a decir lo de mi madre.
—No.
—Ni lo de mi padre.
—Tampoco.
—Ni a mirarme como si yo fuera una deuda que la familia había pagado con retraso.
Delacroix dejó que la rabia se mostrara. Era útil. Y, más importante, era verdadera.
—Cuando Henri escribió la nota, le regaló a usted el lenguaje perfecto —dijo—.
«En el diecisiete sabrás lo que cuesta ganar.
» Adrien la leyó y sonrió. No porque temiera la amenaza.
Porque vio una frase aprovechable. La misma frase con la que pensaba convertir su victoria en otra humillación pública. Usted lo entendió.
Lucien cerró los ojos.
—Todos lo entendimos.
—No. Todos lo temieron. Usted lo entendió como una oportunidad.
El joven abrió los ojos.
—No.
—Mientras todos miraban a Adrien, usted se acercó a la pizarra. Su nombre estaba tercero. El de Henri, segundo. El de Adrien, primero. En el cajón inferior estaban las tizas, el paño y este cordel. Cordel encerado. Fino. Resistente. Usted tomó un tramo.
—No.
—Después necesitaba prepararlo en El Ciego. Y tuvo una ocasión en el hoyo dieciséis.
Marchand levantó la vista. Aquello era nuevo incluso para él.
Delacroix continuó, sin apartar los ojos de Lucien:
—Su caddie ya ha confirmado que en el hoyo dieciséis usted envió una bola al margen derecho y tardó más de lo normal en recuperarla. No la perdió. La había enviado allí. Desde esa zona se llega al sendero trasero del diecisiete en menos de un minuto si uno sabe dónde ir.
—No sabía.
Baptiste habló por primera vez:
—Sí sabías. Te lo enseñé yo.
Lucien se volvió hacia él.
El caddie sostuvo su mirada.
—Hace meses. Me preguntaste por los atajos del diecisiete. Dijiste que querías entender por qué Adrien lo jugaba como lo jugaba. Te mostré el sendero. Te dije que desde ahí se veían cosas que desde arriba no. Pensé que querías aprender golf.
La frase fue simple.
Por eso dolió.
Lucien bajó la mirada.
Delacroix siguió: