Muerte en el torneo (Los misterios de Armand Delacroix 12) Capítulo 23 — El torneo que no terminó #4
65%

Capítulo 23 — El torneo que no terminó #4

—Adrien Marceau solicita pronunciar una declaración tras ganar un torneo en el que medio club teme lo que sabe, y usted, que no olvida una silla mal colocada, no lo considera relevante después de su asesinato.

Renard cerró los ojos.

—No había borrador.

—Eso no es lo que le pregunté.

—Busqué en sus papeles anoche.

El salón pareció inclinarse.

Marchand dio un paso hacia él.

—¿Cuándo?

—Antes de que… antes de que encontráramos la segunda bola. Después de que se hablara de la nota.

—¿Con autorización?

Renard no respondió.

—Eso es un no —dijo Marchand.

—Quería saber si Adrien había dejado instrucciones, nombres, algo que pudiera comprometer aún más al club.

—Al club —repitió Delacroix—. Siempre ese pobre enfermo.

—No encontré ningún discurso.

—¿Qué encontró?

Renard dudó.

La duda, en él, ya era casi una confesión previa.

—Una lista.

—¿De qué?

—Nombres.

—Dígala.

Renard miró a las personas reunidas.

—Henri. Madeleine. Lucien. Élodie. Savary. Marin. Renard.

El orden produjo un silencio distinto.

Baptiste levantó la vista.

—¿Mi nombre?

—Sí.

—¿Y el suyo? —preguntó Delacroix.

Renard asintió.

—También.

—¿Dónde está esa lista?

—La tengo en mi despacho.

Marchand se quedó rígido.

—¿No pensó entregarla?

—Pensé hacerlo.

—Qué generoso de su futuro.

Renard bajó la mirada.

—Estaba intentando entender.

—No —dijo Delacroix—. Estaba intentando decidir qué podía seguir ocultándose sin que la muerte de Marceau perdiera elegancia.

El secretario no respondió.

Marchand ordenó a Lefèvre buscar la lista de inmediato. El agente salió del salón con prisa. Nadie habló hasta que regresó unos minutos después con una hoja doblada dentro de un sobre.

Marchand la abrió sobre la mesa.

Era papel de Adrien. Su letra. Firme, inclinada, segura.

Los nombres estaban escritos uno debajo de otro:

Henri

Madeleine

Lucien

Élodie

Savary

Marin

Renard

Al lado de cada nombre había una palabra o una señal.

Henri: bola.

Madeleine: cartas.

Lucien: padre.

Élodie: abogado.

Savary: lago.

Marin: hermana.

Renard: archivo.

Debajo, una frase incompleta:

Después de la copa, todos sabrán lo que cuesta…

La frase se detenía ahí.

Marchand miró a Delacroix.

—Ganar.

—Sí —dijo Delacroix.

Henri se puso blanco.

—Mi nota.

—No —dijo Delacroix—. Su frase.

—No entiendo.

Delacroix tomó la hoja, la examinó y luego miró a Renard.

—Adrien leyó su nota, monsieur Delaunay. «En el diecisiete sabrás lo que cuesta ganar.» Le gustó. Tanto que parece haber empezado a usarla para su propio discurso. Iba a devolverle la frase al club entera. No solo a usted.

Lucien murmuró:

—Todos sabrán lo que cuesta ganar.

Madeleine cerró los ojos.

Savary se hundió en la butaca.

Élodie soltó una risa muy baja, sin alegría.

—Adrien convirtió incluso una amenaza en material para humillar a otros.

—Sí —dijo Delacroix—. Y alguien lo supo.

Marchand miró la lista.

—Esto da motivo a todos los nombres.

—No exactamente —respondió Delacroix—. Da miedo a todos los nombres.

—¿Cuál es la diferencia?

—El miedo busca impedir. El odio busca castigar. La vanidad busca dominar. Nuestro asesino parece haber usado las tres cosas, pero aún no sabemos cuál era suya y cuáles tomó prestadas.

Renard habló con voz ronca:

—Adrien iba a destruirnos.

Baptiste lo miró.

—No a nosotros. Ustedes ya lo estaban.

La frase no fue alta. No hizo falta.

Delacroix volvió a observar la lista. Ahí estaba otra vez el inicio de la palabra incompleta de la tarjeta: Mar.

Marin. En la lista, Adrien había escrito Marin, no Baptiste.

Como si ni siquiera en su intimidad el caddie tuviera nombre propio.

Solo apellido. Solo función dentro del catálogo de debilidades.

—Monsieur Renard —dijo Delacroix—, cuando encontró esta lista, ¿por qué la guardó?

—Porque me asusté.

—No basta.

—Porque mi nombre estaba ahí.

—Tampoco basta. Su nombre lleva años estando en el lugar equivocado.

Renard apretó la hoja de papel hasta que Marchand se la retiró.

—Porque comprendí que Adrien sabía lo de la carpeta.

—La 17-B.

—Sí.

—¿Y la tenía él?

—No lo sé.

—¿La buscó entre sus cosas?

—Sí.

—¿La encontró?

—No.

—Entonces quizá la lista no era una amenaza con pruebas. Era una amenaza con conocimientos.

Renard cerró los ojos.

—En Valombre, a veces basta con eso.

—Lo sé.

Delacroix se volvió hacia todos.

—Adrien iba a terminar el torneo y luego, delante del club, iba a hacer lo que hizo toda su vida: repartir veneno en copas limpias.

No necesitaba contar la verdad completa.

Le bastaba con insinuar que podía hacerlo.

Henri quedaría marcado por la trampa. Madeleine por las cartas.

Lucien por su origen. Élodie por su separación.

Savary por el lago. Baptiste por Claire.

Renard por el archivo desaparecido. Todos quedarían recordando que Adrien seguía decidiendo quién respiraba con facilidad en Valombre.

Nadie lo contradijo.

Porque todos lo habían conocido.

—Por eso —continuó Delacroix—, el torneo no terminó. No solo porque Adrien muriera. Sino porque alguien decidió que Adrien no podía llegar vivo a la entrega de la copa.

Marchand miró la lista.

—Y esa persona pudo ser cualquiera de estos nombres.

—No cualquiera.

—Todos tenían miedo.

—Sí. Pero solo uno convirtió ese miedo en una secuencia: nota, bola, campana, retirada de la nota, guante, fotografía, segunda bola, botón devuelto. No son actos iguales. Algunos pertenecen al crimen. Otros, al encubrimiento. Otros, al pánico posterior. Nuestro trabajo es separarlos.

Henri levantó la cabeza.

—Mi nota no era parte del crimen.

Delacroix lo miró.

—No cuando la escribió.

—Pero después sí.

—Después sí.

Henri cerró los ojos.

Élodie volvió a sentarse. Parecía menos furiosa ahora y más cansada.

La idea de que Adrien hubiera planeado una última ceremonia de humillación no la sorprendía.

Tal vez la hería de una forma más profunda: no porque revelara algo nuevo, sino porque confirmaba que incluso sus peores sospechas habían sido moderadas.

—Adrien siempre decía que ganar no bastaba —dijo ella—. Que los demás tenían que saber por qué habían perdido.

—Una filosofía muy propia —murmuró Delacroix.

Lucien habló con voz baja:

—La frase de Henri… Adrien habría disfrutado repitiéndola.

—Sí —dijo Madeleine—. Habría levantado la copa y luego habría dicho algo brillante. Todos habríamos reído al principio, sin entender del todo. Después algunos habrían dejado de reír. A Adrien le encantaba ese segundo. El segundo en que la gente entiende que la broma es una condena.

Savary se cubrió el rostro con una mano.

—Dios mío.

—Doctor —dijo Delacroix—, Dios ya ha sido citado con entusiasmo suficiente. Esta vez quizá baste con los hombres.

Marchand recogió la lista y la guardó como prueba.

—El club seguirá cerrado. Nadie sale. Nadie toca documentos. Nadie decide premios, homenajes ni comunicados.

Renard abrió la boca, pero no dijo nada.

Un progreso mínimo.

El salón empezó a vaciarse bajo vigilancia.

Henri fue retirado de nuevo, aunque su rostro ya no era el mismo: seguía hundido, pero había comprendido que su culpa era una pieza, no el tablero entero.

Lucien salió con pasos lentos. Savary fue escoltado por un agente, llevando sobre los hombros el peso del botón que ya no tenía en la mano.

Gérard esperó junto a la puerta, mirando una última vez el trofeo cubierto. Baptiste fue el último en moverse.

Antes de salir, se detuvo frente a la mesa.

—Si le hubieran dado la copa muerto —dijo—, Claire habría vuelto a perder.

Delacroix lo miró.

—¿Por qué?

—Porque todos habrían hablado del campeón trágico. Del golpe fatal. Del rival desesperado. Del destino. De la desgracia.

La palabra salió con desprecio.

—Y ella habría vuelto al fondo del lago.

No esperó respuesta. Se marchó.

Delacroix permaneció en el salón junto a Marchand, Beaumont, Élodie y Madeleine. Renard seguía allí, sentado como un hombre al que le habían retirado el suelo pero no la obligación de mantenerse presentable.

Beaumont habló con voz ronca:

—Adrien planeaba destruir a todos.

—No —dijo Delacroix—. Adrien planeaba recordarles que podía destruirlos. Para él era más placentero.

—¿Y eso lo mató?

Delacroix miró el paño negro sobre la Copa Valombre.

—No directamente.

—¿Entonces?

—Lo mató alguien que entendió que, si Adrien terminaba el torneo, el verdadero golpe vendría después de la victoria.

Élodie levantó la vista.

—¿Cree que el asesino está en esa lista?

Delacroix no respondió enseguida.

Miró el papel guardado en manos de Marchand. Los nombres. Las palabras. Las pequeñas condenas privadas. Luego miró el trofeo. La copa que nadie había levantado, que nadie podía levantar ya sin mancharse.

—Sí —dijo al fin—. Pero no porque Adrien lo escribiera.

—¿Por qué, entonces?

Delacroix volvió la vista hacia la puerta por donde Baptiste acababa de desaparecer.

—Porque el asesino no improvisó una muerte. Interrumpió una ceremonia.

El silencio posterior fue breve, pero perfecto.

Afuera, más allá de los ventanales, el campo brillaba otra vez bajo el sol de la mañana. El hoyo diecisiete no se veía desde allí. Tampoco hacía falta.

El torneo seguía sin terminar.

Y quizá, pensó Delacroix, esa era la pista más clara que tenían.

Capítulo 24 — La cortesía de los verdugos

La mañana avanzó sin que nadie en Valombre pudiera llamarla día.

Había luz, sí. Había desayuno servido, puertas abiertas, pasos en los pasillos, voces en voz baja, camareros retirando tazas que nadie había terminado.

Pero algo esencial se había detenido. La Copa Valombre seguía cubierta por un paño negro.

La pizarra de clasificación permanecía oculta.

El campo esperaba vacío, verde y perfecto, como un escenario abandonado después de que el actor principal hubiera muerto en mitad de la función.