Capítulo 23 — El torneo que no terminó #3
Nadie se había atrevido a retirarla.
Delacroix bajó al vestíbulo después de lavarse la cara y cambiarse de camisa.
No había dormido más de una hora, quizá dos, y tenía esa claridad desagradable que a veces produce el cansancio cuando ya no puede permitirse el lujo de ser sueño.
Encontró al brigadier Marchand junto a la mesa donde la noche anterior habían colocado las dos bolas de Adrien.
Ahora no había nada sobre ella, salvo una marca circular en el barniz, dejada por algún vaso antiguo, que a Delacroix le pareció una broma de mal gusto.
—Buenos días —dijo Marchand.
—No exageremos.
El brigadier tenía los ojos enrojecidos y la barba mal afeitada. Llevaba la misma ropa del día anterior, aunque con el aspecto de haber discutido con ella y haber perdido.
—Renard ha pedido hablar.
—Qué milagro. Anoche parecía haber agotado la palabra.
—Quiere hacer una declaración al club.
Delacroix se volvió hacia él.
—¿A la policía?
—Al club.
—Naturalmente. La muerte es grave, pero el público siempre mejora la postura.
Marchand señaló el salón principal con un gesto de cabeza.
—El comité insiste en que hay que aclarar la situación de la Copa Valombre.
Delacroix lo miró.
—¿La situación de la Copa?
—Sí.
—Un hombre muerto, una bola sustituida, una campana falsa, un encubrimiento antiguo, un botón conservado durante años, una fotografía mutilada, un guante plantado y una nota quemada. Pero, por supuesto, lo urgente es saber qué hacemos con el trofeo.
—Le agradecería que dijera eso dentro. Necesito ver algunas caras.
Delacroix alzó una ceja.
—Brigadier, empieza usted a desarrollar gusto por la indecencia controlada.
—Este club contagia.
Entraron en el salón principal.
Casi todos estaban allí. No por deseo, sino porque Marchand había ordenado reunir a los principales implicados y Renard había convertido la orden en una escena social.
Las sillas formaban un semicírculo discreto frente a la chimenea apagada.
Sobre una mesa lateral descansaba la Copa Valombre, todavía cubierta por el paño negro.
El paño le daba un aire funerario que no conseguía ocultar del todo su brillo.
Élodie Marceau estaba sentada junto a Madeleine Vasseur.
La viuda vestía de negro por primera vez desde la muerte de Adrien, aunque en ella el luto no parecía obediencia sino elección táctica.
Madeleine tenía las manos unidas sobre el regazo y el rostro de alguien que ha pasado la noche contando fantasmas.
Lucien Morel permanecía de pie junto a una librería, demasiado joven para tanta culpa y demasiado adulto ya para fingir inocencia.
Henri Delaunay estaba sentado bajo vigilancia de un agente; Paul, su caddie, ocupaba una silla a varios pasos, hundido en sí mismo.
Baptiste Marin estaba cerca de la puerta de servicio, custodiado, recto, silencioso.
El doctor Savary parecía una ruina acomodada en una butaca.
Gérard Lenoir permanecía al fondo, con los brazos cruzados.
Beaumont, en un sillón cercano, se apoyaba en el bastón como si el cuerpo le pesara más que la edad.
Octave Renard estaba junto a la mesa del trofeo.
No parecía recuperado, pero sí recompuesto.
Había dormido poco o nada, pero se había afeitado, peinado y cambiado de traje.
A falta de alma tranquila, ofrecía una corbata perfecta.
Delacroix se preguntó si aquel hombre sería capaz de presentarse ante el Juicio Final con los documentos ordenados en tres copias.
—Gracias por venir —dijo Renard.
—No hemos venido —murmuró Henri—. Nos han retenido.
Renard fingió no oírlo.
Marchand se situó a un lado, con la libreta cerrada. Delacroix eligió permanecer de pie, cerca de la chimenea. Desde allí podía ver todas las caras y también el trofeo cubierto. La tela negra se movía apenas con una corriente de aire que entraba por alguna puerta mal cerrada.
—La situación del club es grave —empezó Renard—. Todos somos conscientes de ello. La muerte de monsieur Adrien Marceau ha conmocionado profundamente a Valombre.
Élodie no movió un músculo.
—La investigación sigue abierta —continuó—, y colaboraremos plenamente con el brigadier Marchand.
Pero la Copa Valombre, como institución, requiere una decisión formal.
El torneo no ha podido concluir. La tradición indica que, en caso de interrupción por fuerza mayor, el comité puede declarar desierta la competición, posponer el cierre o reconocer al líder provisional.
Henri levantó lentamente la cabeza.
Lucien dejó de mirar el suelo.
Baptiste no se movió.
—Adrien Marceau lideraba la clasificación en el momento de su fallecimiento —dijo Renard—. El comité considera, de manera preliminar, que sería apropiado reconocerlo como ganador honorario de esta edición.
El silencio que siguió fue tan denso que hasta el paño sobre la copa pareció pesar más.
Élodie habló primero.
—No.
Renard se volvió hacia ella, con una expresión de compasión administrativa.
—Madame Marceau, comprendo que este momento…
—No lo comprenda. Le quedaría grande.
Madeleine bajó la mirada para ocultar algo que pudo ser dolor o aprobación.
Renard apretó la mandíbula.
—Solo intento preservar la dignidad del torneo y la memoria de su marido.
Élodie se puso de pie.
—Mi marido fue asesinado antes de terminar el hoyo diecisiete. No ganó la Copa Valombre. Ni siquiera terminó la partida. Y si su gran preocupación esta mañana es colocarle un trofeo encima del ataúd, le sugiero que no hable de dignidad delante de mí.
—Élodie —dijo Beaumont, con voz baja.
—No, coronel. Ya he escuchado suficientes frases prudentes en esta casa.
Renard alzó las manos, intentando recuperar el control de la escena.
—Madame, entiendo su dolor.
—No. Usted entiende el daño a las alfombras, el daño a los apellidos, el daño a los comunicados de prensa. Mi dolor no entra en su escritorio.
Delacroix observó a Baptiste.
El caddie miraba el trofeo cubierto. No a Élodie. No a Renard. Al trofeo. Su rostro no mostraba ira visible, pero sus manos estaban cerradas. Muy cerradas.
—Adrien primero —dijo Baptiste.
La frase fue baja.
Aun así, todos la oyeron.
Renard se volvió hacia él.
—Monsieur Marin, no creo que…
—Siempre primero —continuó Baptiste—. Vivo, muerto, culpable, inocente, limpio, podrido. Siempre encuentran una manera de escribir su nombre arriba.
Henri cerró los ojos.
Lucien pareció encogerse.
Savary miró hacia el suelo.
Renard habló con frialdad:
—No corresponde al personal decidir sobre la Copa.
Baptiste lo miró entonces.
—Por supuesto. Al personal solo le corresponde recoger lo que caiga.
Gérard Lenoir dio un paso desde el fondo.
—Baptiste.
No fue una advertencia dura. Fue casi una súplica.
Baptiste no siguió. Se limitó a volver la mirada hacia el trofeo.
Marchand intervino.
—No habrá reconocimiento formal de ningún ganador hasta que la investigación concluya.
Renard se tensó.
—Brigadier, el comité tiene potestad interna para…
—El comité tiene potestad para elegir el color de las servilletas. No para convertir una escena de asesinato en ceremonia de premiación mientras yo sigo interrogando a medio salón.
La frase dejó a Renard sin respuesta inmediata.
Delacroix decidió que era un buen momento para empeorarlo todo.
—Además —dijo—, quizá la pregunta no sea si Adrien Marceau ganó o no ganó el torneo.
Todos lo miraron.
—¿Cuál sería, entonces? —preguntó Madeleine.
—Por qué alguien se aseguró de que no pudiera terminarlo.
Henri levantó la cabeza.
—Lo mataron antes del dieciocho.
—Exacto.
—Porque era el lugar donde podían usar la campana —dijo Marchand.
—Sí. Y no. El hoyo diecisiete ofrecía el mecanismo. Pero también ofrecía algo más: la víspera de la coronación. Un instante perfecto para impedir no solo la victoria, sino lo que venía después.
Renard se quedó muy quieto.
Demasiado.
Delacroix lo vio.
—Monsieur Renard —dijo—, ¿Adrien Marceau iba a pronunciar unas palabras al recibir la copa?
El secretario tardó un segundo en responder.
—Es habitual que el ganador agradezca al club.
—No le he preguntado por lo habitual.
Renard miró a Marchand, luego al salón.
—Adrien me había pedido intervenir durante la entrega.
Élodie frunció el ceño.
—No me lo dijo.
—Era una formalidad.
—Adrien no hacía formalidades sin veneno.
Madeleine asintió apenas, sin darse cuenta.
Delacroix se acercó a la mesa del trofeo.
—¿Qué iba a decir?
—No lo sé.
—Monsieur Renard.
—No lo sé —repitió el secretario, más tenso—. Me dijo que quería hacer una pequeña declaración sobre el espíritu competitivo del club.
Henri soltó una risa seca.
—Eso significa que iba a destripar a alguien delante de todos.
—Probablemente a usted —dijo Delacroix.
Henri no negó.
—Y quizá no solo a usted.
Lucien palideció.
Madeleine se llevó una mano al cuello.
Savary cerró los ojos.
Delacroix continuó:
—Adrien Marceau tenía material para un discurso extraordinariamente desagradable.
La trampa de monsieur Delaunay. Las cartas de madame Vasseur.
La situación de madame Marceau. El origen de monsieur Morel.
El pasado de Claire Marin. La cobardía del doctor Savary.
El silencio de monsieur Renard. Quizá todo eso no en forma explícita, claro.
Adrien era demasiado elegante para mancharse entero.
Le habría bastado con insinuar. Un golpe aquí, otro allí. Una frase para cada herida.
—No habría hecho eso —dijo Renard.
Pero no sonó convencido.
Élodie lo miró con tristeza fría.
—Adrien habría hecho eso y habría dormido muy bien después.
—Sí —dijo Lucien, casi en un susurro.
Savary no dijo nada.
Baptiste tampoco.
Marchand se volvió hacia Renard.
—¿Había escrito algo? ¿Un borrador?
—No que yo sepa.
—¿Lo buscó?
Renard tragó saliva.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no sabía que fuera relevante.
Delacroix levantó una ceja.