Muerte en el refugio (Los misterios de Armand Delacroix 11) Capítulo 30 — El fuego que quedaba #2
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Capítulo 30 — El fuego que quedaba #2

—Diré que pudo contribuir de forma decisiva. No diré que lo mató si no puedo probarlo.

—Los tribunales aman menos las dudas que los médicos.

—Los cadáveres no mejoran porque yo simplifique.

Delacroix lo miró con respeto contenido.

—Doctor, debe de resultar agotador ser usted.

—Lo mismo digo.

—Sí, pero en mi caso al menos hay estilo.

Marchand soltó una risa seca.

—Lo suyo no es estilo. Es una enfermedad con sombrero.

—Me han diagnosticado cosas peores.

Permanecieron un momento mirando el cobertizo.

—Madeleine y Étienne —dijo Marchand—. ¿Qué cree que ocurrirá?

—Dependerá de quién logre contar mejor la verdad sin convertirla en consuelo ni en venganza.

—Eso no responde.

—No. Pero permite aplazar la mentira.

El médico asintió.

—Ella no es mala persona.

—No.

—Él tampoco.

—No.

—Y Lenoir está muerto.

—Sí.

Marchand respiró hondo.

—Odio los casos donde todas esas frases pueden ser ciertas a la vez.

—La realidad tiene una pésima vocación literaria. Insiste en no elegir un solo tema.

El médico miró el refugio.

—Valbrume salvó a mucha gente.

—Sí.

—Y casi mató a un hombre, o lo dejó morir.

—Sí.

—¿Cómo se vive con eso?

Delacroix pensó en Madeleine cortando pan, en Étienne mirando la mancha del cuarto de leña, en Céleste sosteniendo la mano de Abel, en Odette guardando a su marido de otra manera, en Lucien copiando contra su propia cobardía, en Sorel escribiendo una desobediencia con forma de reglamento.

—Sin intentar resolverlo demasiado pronto —dijo.

Marchand lo miró.

—Eso parece consejo.

—Lo retiro inmediatamente.

Volvieron al refugio antes de que oscureciera.

Esa noche, por primera vez desde la llegada de Delacroix, Valbrume recibió huéspedes que no traían crimen: dos hombres del valle que no podían bajar con seguridad y una mujer mayor que había subido a ayudar con comida.

Madeleine les dio sopa. Se disculpó porque no estaba tan buena como de costumbre.

Nadie la creyó.

La sopa estaba excelente.

Aquello, por algún motivo, hizo que ella casi llorara.

Después de cenar, mientras los demás se repartían mantas y tareas, Étienne salió un momento al umbral. Delacroix lo encontró allí, mirando el camino oscuro.

—Se marchará mañana —dijo el joven.

—Si Baptiste decide que el coche ha recordado su vocación.

—Gracias.

—No se apresure. Todavía puedo resultar decepcionante antes de irme.

Étienne sonrió apenas.

—No por salvarme.

—Bien. Porque no lo hice.

—Por no dejar que me convirtieran en lo único que pasó.

Delacroix aceptó aquello en silencio.

El joven siguió mirando la nieve.

—Cuando todo esto termine, si el refugio sigue abierto, quiero cambiar el cuarto de leña.

—¿Cambiarlo?

—Sí. Tirar el banco. Arreglar el suelo. Abrir una ventana más grande. No sé. Que no sea solo el lugar donde Lenoir cayó.

—Los lugares no olvidan porque uno mueva muebles.

—Lo sé.

—Pero a veces agradecen que uno deje de obligarlos a repetir la misma escena.

Étienne asintió.

—Eso.

Dentro, Madeleine lo llamó para ayudar con las mantas. Él se volvió.

—Voy.

Antes de entrar, se detuvo.

—Mi padre… —dijo—. Quizá nunca sepa qué pasó.

—Es probable.

—Entonces tendré que vivir con eso.

—Sí.

—Mi madre también.

—Sí.

—¿Y si no podemos?

Delacroix miró el fuego a través de la ventana. Madeleine estaba dentro, doblando una manta junto a Céleste. Abel dormía. Lucien escribía. Gérard discutía en voz baja con Baptiste. Odette, que aún no había bajado, leía una de sus cartas junto a la lámpara.

—Entonces empiecen por una tarea pequeña —dijo—. Las grandes verdades son pésimas compañeras de habitación.

Étienne miró hacia dentro.

—¿Como servir sopa?

—Por ejemplo.

El joven asintió.

Entró.

Delacroix se quedó unos segundos más en el umbral.

El cielo estaba despejándose. Entre las nubes, una primera estrella aparecía sobre la línea negra de los pinos. La nieve, bajo la noche, ya no parecía una trampa sino una extensión difícil. No menos fría. No menos peligrosa. Solo menos absoluta.

A la mañana siguiente, Baptiste anunció que el coche podía avanzar hasta Saint-Aubin con ayuda de dos caballos del valle y una cantidad indecente de empujones. Delacroix recibió la noticia con la resignación de un hombre que había confiado demasiado pronto en la inmovilidad mecánica.

Odette bajaría con él. También Lucien, si Marchand lo permitía, para presentarse ante Arnaud y seguir declarando.

El médico viajaría hasta el pueblo y volvería después por Abel.

Brissac había enviado otra nota y se había empeñado en caminar parte del trayecto, quizá porque la pala le había despertado músculos o remordimientos.

Gérard dijo que eso se curaba trabajando más.

Antes de partir, Madeleine preparó café.

No era una despedida solemne. Las despedidas solemnes habrían resultado indecentes en un lugar donde todavía quedaban platos por lavar y heridas por vendar. Fue una taza sobre la mesa, pan envuelto para el camino y un silencio más honesto que cualquier discurso.

—Monsieur Delacroix —dijo Madeleine.

—Madame Aubert.

Ella buscó palabras.

No las encontró enseguida.

—No sé si debo agradecerle.

—Probablemente no. Yo empezaría por dormir.

—No sé si podré.

—Entonces cierre los ojos y finja. A veces el cuerpo se deja engañar mejor que los jueces.

Madeleine soltó una risa mínima.

Después se puso seria.

—Usted dijo que la bondad no absuelve los cadáveres.

—Sí.

—¿Cree que, aun así, sirve para algo?

Delacroix miró la sala.

Céleste ajustaba una manta sobre Abel. Étienne cargaba leña. Lucien guardaba sus copias. Gérard metía pan en un saco. Odette esperaba junto a la puerta con su maleta. Elise limpiaba una mesa. El fuego seguía encendido.

—Sí —dijo—. Sirve para que, cuando llega el cadáver, duela mirarlo. No parece mucho, pero he conocido casas donde ni siquiera eso ocurría.

Madeleine bajó la vista.

—No quiero que este lugar se justifique por lo que pasó.

—Entonces no lo convierta en leyenda.

—¿Y en qué?

—En advertencia.

Ella asintió despacio.

—Una casa abierta también puede cerrarse por miedo.

—Sí.

—Y una buena intención puede hacer algo terrible.

—Sí.

—Habrá que recordarlo.

Delacroix tomó su sombrero.

—Conviene. La memoria es menos peligrosa cuando se la obliga a trabajar cerca del fuego.

Étienne se acercó entonces.

No ofreció un abrazo, naturalmente. Delacroix habría sospechado de él si lo hacía. Solo extendió la mano.

—Gracias —dijo.

Delacroix se la estrechó.

—Cuide a su madre.

—Lo haré.

—Y no la obedezca siempre.

Madeleine, detrás, levantó una ceja.

—Monsieur Delacroix.

—Es un consejo preventivo, madame. La obediencia excesiva ha dañado familias más respetables que esta.

Étienne sonrió un poco más.

—Lo intentaré.

—Eso espero. Intentar es menos arrogante que prometer.

Odette salió primero. Baptiste esperaba junto al coche, maldiciendo una rueda con una intimidad casi conyugal. Marchand acomodó su maletín. Lucien subió con cuidado, ayudado por Gérard. Brissac, envuelto en su abrigo, discutía con un caballo que no parecía impresionado por su pasado militar.

Delacroix se volvió una última vez hacia Valbrume.

El refugio estaba herido.

No había otra palabra.

Pero el humo salía de la chimenea.

Y, en una montaña como aquella, el humo era una declaración más antigua que cualquier sentencia.

Madeleine y Étienne quedaron en la puerta. No como acusados. No como inocentes. Como lo que eran: dos personas que habían hecho daño intentando salvar algo, y que ahora tendrían que descubrir si ese algo merecía también salvarlos de convertirse en su peor noche.

El coche empezó a moverse.

Despacio.

Con quejas de madera, resoplidos de caballo y una maldición de Baptiste que Delacroix decidió no registrar por respeto a la literatura.

Valbrume quedó atrás poco a poco.

Odette miraba por la ventanilla. Lucien sostenía una carpeta contra el pecho.

Marchand cerró los ojos, quizá por cansancio, quizá por miedo a escuchar otra ironía.

Brissac caminaba unos metros delante con la pala al hombro, una imagen tan improbable que Delacroix lamentó no tener talento para el dibujo.

El camino descendía entre pinos cubiertos de nieve.

Delacroix pensó en Gaspard Lenoir, en Maurel, en Ravel, en Valette, en todos esos hombres convencidos de que el mundo podía reducirse a firmas, deudas, procedimientos y propiedades.

Pensó también en Madeleine, en Étienne, en Céleste, en Abel, en Gérard, en la gente que había subido con palas porque una chimenea no echaba humo.

No había moraleja limpia.

Las moralejas limpias eran una falta de respeto cuando había un muerto.

Pero sí quedaba una certeza pequeña, incómoda, testaruda: algunas casas no eran buenas porque en ellas no ocurriera el mal. Eran buenas porque, cuando el mal ocurría, todavía había alguien dispuesto a encender el fuego, abrir la puerta y mirar el cadáver sin decir que la bondad lo borraba.

Delacroix se acomodó en el asiento mientras el coche bajaba hacia Saint-Aubin.

—¿En qué piensa? —preguntó Odette.

—En que debería viajar menos.

—¿Lo hará?

—Por supuesto que no.

Ella sonrió.

El coche siguió descendiendo.

Arriba, en la montaña, el refugio de Valbrume quedó entre la nieve y el humo, culpable y necesario, herido y abierto.

Un lugar donde había muerto un hombre.

Un lugar donde otros, pese a todo, seguirían llamando a la puerta.

Y esa contradicción, pensó Delacroix, era quizá lo más parecido a la vida que podía ofrecer la justicia cuando llegaba tarde.