Capítulo 28 — La última oferta #2
—No. Si tengo que responder, respondo. Si tengo que ir preso, iré. Pero no quiero salir libre de una cárcel para vivir sabiendo que firmaste otra.
La frase no era elegante.
No necesitaba serlo.
Maurel apretó la mandíbula.
—Habla como un muchacho que no conoce las consecuencias.
Étienne lo miró.
—No. Hablo como uno que acaba de conocerlas demasiado tarde.
Delacroix decidió entrar entonces.
—Juez Maurel —dijo desde el umbral—, su talento para ofrecer salidas en habitaciones pequeñas empieza a rozar la reincidencia.
Maurel giró hacia él.
No pareció sorprendido.
Solo furioso por no saber desde cuándo estaba allí.
—Escuchar conversaciones privadas es una costumbre vulgar.
—Sí. La he adquirido tratando con personas que hablan mejor cuando creen que nadie las oye.
Madeleine miró a Delacroix.
—¿Lo oyó?
—Lo suficiente.
—No he aceptado nada.
—Lo sé.
Étienne sostuvo la mirada del detective. Había algo nuevo en él. No calma. No paz. Pero sí una especie de línea interna que Maurel no había logrado cruzar.
—Vayamos a la sala —dijo Delacroix.
—No tiene autoridad para obligarme —respondió Maurel.
—No. Pero tiene usted una audiencia maravillosa esperando conocer la última oferta. Sería descortés privarla de tanto talento.
Maurel se acercó un paso.
—No hay prueba de ninguna oferta.
—Tiene razón. Solo estamos una madre, un hijo, un detective y su reputación tratando de morir con discreción en esta cocina.
Étienne habló:
—Yo lo diré.
Madeleine asintió.
—Y yo.
Maurel los miró a ambos.
Y comprendió que había perdido también esa pequeña habitación.
Regresaron a la sala.
Arnaud levantó la vista de los documentos al ver sus rostros.
—¿Qué ocurre?
Delacroix no respondió. Miró a Madeleine.
Ella tragó saliva.
Luego habló.
—El juez Maurel acaba de ofrecerme favorecer a mi hijo si firmo una cesión voluntaria de Valbrume.
La sala quedó en silencio.
No fue sorpresa completa.
Fue confirmación.
Maurel habló de inmediato:
—Eso es falso.
Étienne dio un paso.
—Yo lo oí.
—Usted entró al final.
—Oí bastante.
Delacroix añadió:
—Yo también.
Maurel miró al magistrado Arnaud.
—Una conversación privada sacada de contexto.
—Entonces existió —dijo Arnaud.
El juez se quedó callado.
Demasiado tarde.
Lucien tomó la pluma.
Arnaud lo miró.
—Consígnelo.
Maurel se volvió hacia él.
—Magistrado, esto es una provocación.
—Probablemente —dijo Arnaud—. Suya.
Lucien escribió.
Sorel también tomó nota.
Ravel, desde su silla, empezó a reír en silencio. Esta vez nadie le prestó demasiada atención. El centro ya no era él. Y eso quizá le dolió más de lo que admitía.
Gérard entró justo entonces con otra ráfaga de nieve.
—El camino está listo hasta el recodo. Con cuidado, se puede bajar.
—Excelente —dijo Arnaud—. Entonces saldrán primero dos vecinos con copia de los documentos.
Después Ravel bajo custodia de Sorel y Baptiste.
El juez Maurel bajará conmigo. Los Aubert permanecerán en Valbrume hasta nueva orden, bajo palabra y vigilancia local.
No saldrán de la zona. Doctor Marchand, ¿Abel puede ser trasladado?
—No lo recomiendo hoy.
—Entonces se queda.
—Yo me quedo con él —dijo Céleste.
Elise puso una mano sobre su hombro.
—Y yo.
Arnaud asintió.
—Bien.
Maurel pareció a punto de protestar, pero esta vez no encontró una protesta que no se pareciera demasiado a otra prueba.
Perret levantó una mano.
—¿Y yo?
Todos lo miraron.
El comerciante bajó la mano un poco.
—Pregunto con humildad.
—Una novedad bienvenida —dijo Delacroix.
Arnaud revisó sus papeles.
—Usted bajará con nosotros y quedará disponible para declarar. Sus documentos serán retenidos.
Perret asintió, pálido.
—Sí. Claro.
Brissac se acercó a Delacroix.
—Yo puedo acompañar el primer tramo.
—¿Con la pala?
El capitán miró hacia la puerta.
—Sí.
—La montaña ha hecho por usted más que algunos colegios privados.
—No abuse.
—Intento dosificarme.
Los preparativos ocuparon la siguiente media hora.
Los documentos se envolvieron en tela encerada.
Las copias se separaron. Nicolas recibió otra vez una misión, aunque esta vez acompañado por dos adultos y bajo la mirada severa de Elise.
Ravel fue levantado de la silla y atado de manos con una cuerda más segura.
Sorel lo custodiaba de cerca. El escribiente parecía menos arrogante, quizá porque la caída de Maurel ya no garantizaba su propia salvación; solo aseguraba que no caería solo.
Maurel se puso los guantes.
Madeleine lo observó desde la cocina.
El juez no la miró.
Étienne sí.
Madre e hijo se quedaron juntos junto al fuego mientras los demás cruzaban la sala. No se abrazaron. Todavía no. Pero cuando Madeleine dio un paso hacia la mesa para recoger unas tazas, Étienne las tomó antes.
—Yo lo hago.
Ella lo miró.
—Gracias.
Una palabra pequeña.
Valbrume parecía hecho de esas cosas: palabras pequeñas, mantas usadas, pan cortado, deudas enormes, nieve insistente y gente que llegaba a pie cuando una chimenea no echaba humo.
Delacroix se acercó a la puerta antes de que el primer grupo saliera.
Ravel pasó junto a él.
—No crea que esto salvará a nadie —murmuró.
—No suelo creer cosas tan ambiciosas antes de comer.
—Maurel caerá con elegancia, si cae. Yo no. Perret se arrastrará. Valette desaparecerá. La sociedad cambiará de nombre. El refugio seguirá endeudado. Y los Aubert seguirán siendo culpables de un muerto.
Delacroix miró al escribiente.
—Tiene usted razón en casi todo.
Ravel sonrió.
—Entonces ¿para qué?
Delacroix abrió la puerta.
El aire frío entró, limpio y brutal.
—Porque casi todo no es todo.
Ravel no respondió.
Sorel lo empujó suavemente hacia fuera.
Maurel pasó después, acompañado por Arnaud. Al cruzar junto a Delacroix, se detuvo apenas.
—Nos volveremos a ver.
—Es posible —dijo Delacroix—. Aunque le confieso que tengo gustos mejores.
—Esto le costará amistades.
—No se preocupe. Las amistades que se pierden por defender a Maurel suelen ser de esas que dejan la casa más ventilada.
El juez salió sin responder.
La comitiva empezó a descender hacia el recodo: Ravel, Sorel, Baptiste, Arnaud, Maurel, Perret, Brissac y dos vecinos. Las palas abrían paso delante. El trineo esperaba más abajo. La nieve seguía alta, pero el camino existía de nuevo.
Delacroix se quedó en el umbral un momento.
A su espalda, el refugio olía a sopa.
A su lado, Madeleine miraba cómo se alejaban.
—No sé qué va a pasar —dijo ella.
—Nadie lo sabe. Algunos solo cobran por fingirlo.
—¿Hice bien?
Delacroix la miró.
—¿Al no firmar?
—Sí.
—Sí.
Madeleine cerró los ojos.
—Mi hijo puede pagar caro mi dignidad.
—Su hijo acaba de pedirle que no compre su futuro vendiendo aquello que todavía puede enseñarle a vivir con lo que hizo. No es una garantía. Pero es una diferencia.
Ella asintió despacio.
Étienne se acercó al umbral.
Los tres miraron el camino blanco.
Nadie habló durante un rato.
Abajo, las figuras se hicieron pequeñas entre la nieve.
El refugio no estaba salvado.
Los Aubert tampoco.
Pero Maurel ya no se llevaba la historia en un bolsillo.
Y aquella mañana, en Valbrume, eso era algo más que nada.
Era el primer fuego que no dependía de la leña.