Capítulo 20 — La parte de cada uno
La verdad, cuando por fin empezaba a parecerse a sí misma, no traía alivio.
Eso era algo que Delacroix había comprobado muchas veces y que, por alguna razón, la gente seguía considerando una sorpresa personal.
La verdad no abría ventanas, ni limpiaba habitaciones, ni devolvía a los muertos la cortesía de levantarse.
A veces hacía justo lo contrario: encendía más lámparas, señalaba más manchas y obligaba a todos a contemplar la cantidad exacta de suciedad que habían confundido con sombra.
En el refugio de Valbrume, la verdad acababa de sentarse a la mesa con todos ellos.
Ravel estaba atado a una silla, no de manera cruel, pero sí suficiente.
Baptiste había usado cuerda de trabajo, nada de aquel hilo encerado que había servido para que las puertas mintieran con discreción.
El escribiente mantenía el mentón alzado, aunque la venda del brazo y el temblor ocasional de sus dedos restaban bastante fuerza a su arrogancia.
Perret, sentado a cierta distancia, lo miraba con el resentimiento cobarde de quien descubre que no era socio de una operación, sino material descartable.
Lucien Darras, con el costado vendado, parecía no poder apartar los ojos del cuaderno de tapas marrones, como si en esas páginas estuviera escrito el tipo de hombre en que él mismo habría podido convertirse con unos años más de hambre y menos vergüenza.
Madeleine Aubert estaba sentada junto a la mesa por primera vez desde que Delacroix la había conocido.
Aquello, más que cualquier confesión, daba la medida de su derrota.
Había pasado la noche de pie, recibiendo viajeros, repartiendo sopa, moviendo cuerpos, sosteniendo mentiras, protegiendo a su hijo, protegiendo el refugio, protegiendo incluso la imagen de un marido muerto que ya no podía agradecerle nada.
Ahora estaba sentada con las manos abiertas sobre el regazo, como si ya no supiera qué hacer con ellas.
Étienne permanecía cerca de ella, pero no pegado.
Entre madre e hijo había apenas un paso de distancia, y sin embargo ese paso parecía contener años: el padre, la deuda, la mentira, el golpe, el láudano, el cuerpo bajo la manta, el nombre de Delacroix enfriando la sala, la bodega, Ravel, Maurel.
Demasiadas cosas para que un abrazo pudiera cruzarlas sin tropezar.
El doctor Marchand cerró su maletín con un golpe seco.
—Lucien no corre peligro inmediato. Abel tampoco, si la noche deja de empeñarse en matarlo por turnos.
—Una aspiración modesta —dijo Delacroix—. No sé si la casa está preparada para tanta paz.
Marchand lo miró sin humor.
—Y Ravel debería conservar el brazo si se le cambia la venda después.
—Qué generoso por su parte.
—No lo hago por generosidad.
Ravel soltó una risa baja.
—Lo hace porque le gusta sentirse mejor que los demás.
Marchand se volvió hacia él.
—No. Lo hago porque, si algún día lo cuelgan, prefiero que llegue entero. Hay trabajos que conviene dejar a cada oficio.
Durante un instante nadie dijo nada.
Luego Brissac soltó una risa corta, involuntaria, casi admirada. Incluso Odette Veyrac bajó la mirada para ocultar una sombra de sonrisa. Delacroix decidió que el doctor Marchand, pese a su vocación inoportuna por la decencia, podía resultar soportable en dosis controladas.
—Necesito que revisemos otra vez el cuerpo de Lenoir —dijo el detective.
Madeleine cerró los ojos.
Étienne levantó la cabeza.
—¿Para qué?
—Para saber qué parte de esta noche le corresponde a cada uno.
—Yo lo empujé.
—Sí.
—Eso basta.
—No. Basta para la culpa. No siempre basta para la verdad.
El joven apretó la mandíbula.
—¿Qué diferencia hay?
Delacroix lo miró con una paciencia sobria.
—La culpa sirve para castigarse. La verdad sirve para que no castiguen al equivocado por la razón equivocada. Esta noche, monsieur Aubert, necesitaremos ambas cosas separadas. Si las mezclamos, Ravel y Maurel ganarán incluso perdiendo.
Ravel sonrió apenas al oír el nombre de Maurel, pero no habló.
Madeleine se levantó.
—Voy con usted.
—No.
—Lo vi morir.
—Precisamente.
—Y lo moví.
—Precisamente.
Ella sostuvo su mirada, cansada.
—No me queda mucho que proteger de esa habitación.
Delacroix la observó. Quizá era cierto. Quizá no. A los seres humanos siempre les quedaba algo que proteger, aunque solo fuera la versión de sí mismos que esperaban no perder del todo.
—Vendrá hasta la puerta —dijo al fin—. No entrará a menos que se lo pida el doctor.
Madeleine aceptó con un leve movimiento de cabeza.
Fueron Delacroix, Marchand, Étienne y Madeleine hasta la estancia lateral donde reposaba Gaspard Lenoir.
Brissac insistió en acompañar, pero Delacroix le encargó vigilar a Ravel junto con Baptiste.
El capitán pareció ofendido por ser convertido en mobiliario armado, aunque el hecho de que Ravel lo mirara con disgusto lo ayudó a aceptar.
La habitación del cadáver estaba más fría que la sala, pero ya no tanto como antes.
El cuerpo de Lenoir seguía sobre la mesa larga, cubierto hasta el pecho con una manta.
La lámpara dejaba sobre su rostro una luz amarilla y despiadada.
La muerte había terminado de quitarle a sus facciones cualquier rastro de intención.
Ya no parecía cruel. Eso, pensó Delacroix, era una de las trampas sentimentales de los cadáveres: al perder la voluntad, parecían menos culpables de haberla usado.
Marchand retiró la manta.
Étienne desvió la mirada.
—No —dijo Delacroix.
El joven lo miró.
—Mírelo.
—¿Para qué?
—Porque cerró los ojos cuando lo empujó, y quizá su madre los cerró cuando dejó de respirar. Alguien tiene que mirarlo ahora sin pedirle nada al miedo.
Étienne tembló, pero obedeció.
Madeleine se quedó en el umbral. No entró. No hizo falta ordenárselo dos veces. Su rostro estaba quieto, aunque sus dedos se apretaban entre sí hasta perder color.
Marchand examinó la herida con más cuidado que antes. Apartó el cabello seco de sangre, palpó alrededor del golpe, revisó la nuca, la mandíbula, las pupilas, la rigidez. Después abrió de nuevo la camisa del cadáver y observó el tono de la piel, las marcas de frío, la posición de las manos.
—La herida de la sien es seria —dijo al cabo de un rato.
—¿Suficiente? —preguntó Delacroix.
—Suficiente para dejarlo inconsciente. Tal vez para matarlo. Podría haber fractura. Sin abrir el cráneo no puedo asegurarlo, y no pienso convertir esta habitación en un anfiteatro.
—Una decisión estética que agradezco.
Marchand no sonrió.
—La sangre no fue abundante porque la herida se cerró parcialmente con el golpe y el frío posterior. Pero hay señales de lesión interna: la rigidez, la coloración, la forma en que debió de perder y recuperar conciencia. Lenoir pudo haber sobrevivido unas horas o morir en menos de una. Depende.
—Depende de qué.
—Del golpe exacto. De si fue movido. De si se le permitió descansar. De si recibió sedantes. De si el frío hizo el resto.
Étienne cerró los ojos.
—Entonces fui yo.
—Escuche todo antes de buscar una cuerda para ahorcarse moralmente —dijo Delacroix.
Marchand revisó la boca de Lenoir, los labios, la lengua, el olor residual.
—El láudano complicó todo. En un hombre sano, unas gotas lo habrían adormecido. En un hombre con una lesión en la cabeza, podían agravar la respiración. Si Ravel le dio más, como admitió, pudo empujarlo al punto del que ya no volvió.
Madeleine apoyó una mano en el marco de la puerta.
—Yo le di poco.
Su voz no pedía absolución. Pedía medida.
Marchand la miró.
—Es posible.
—¿Posible?
—Sí. La cantidad que usted describe no debería bastar por sí sola. Pero no sé cuánto dio realmente. Y tampoco sé cuánto añadió Ravel.
Delacroix recordó la copa. Las dos marcas. El frasco abierto. El tapón en la cocina con el hilo rojo. El frasco del médico en la bolsa de Ravel. Todo aquello había sido colocado para confundir, pero la confusión no impedía extraer una línea.
—Lenoir estaba herido por Étienne —dijo.
—Sí —respondió Marchand.
—Fue sedado por Madeleine.
—Sí.
—Luego Ravel entró, le dio más vino con láudano, tomó la llave, recuperó la caja, esperó que la situación sirviera a Maurel y dejó que Lenoir muriera.
Marchand asintió lentamente.
—Eso parece.
—¿Lo mató Ravel?
El médico tardó en responder.
—No puedo afirmarlo con certeza médica.
—No le pido certeza divina. Solo médica, que ya es bastante arrogante.
—Ravel pudo haber acelerado la muerte. Tal vez de forma decisiva. Pero la primera lesión fue el golpe. Sin el golpe, el láudano quizá no habría sido fatal. Sin el láudano, el golpe quizá tampoco. Sin el frío y el traslado, quizá habría tenido alguna posibilidad. No hay una sola mano en esta muerte.
Étienne soltó una risa breve, sin alegría.
—Eso es peor.
Delacroix lo miró.
—Sí.
El joven pareció sorprendido por la respuesta.
—Creí que diría algo elegante.
—La elegancia tiene sus límites. Uno de ellos suele ser un cadáver sobre una mesa.
Madeleine entró un paso en la habitación.
—Mi hijo no quiso matarlo.
Marchand bajó la mirada hacia Lenoir.
—Eso puede ser cierto.
—Yo tampoco.
—También.
Delacroix habló sin apartar la vista del cadáver:
—Pero ambos tomaron decisiones después de que Lenoir cayera.
Usted, madame, decidió no buscar ayuda. Decidió darle láudano.
Decidió ocultar el cuerpo. Étienne decidió ayudarla.
Ravel decidió aprovecharlo. Maurel, antes de todos, decidió convertir el refugio en una trampa.
Lenoir decidió tensar cada cuerda hasta que alguna se rompiera.
La muerte de este hombre pertenece a varias decisiones.
No todas son iguales. Ninguna es limpia.
La habitación quedó en silencio.