Capítulo 9 — La caja negra #3
Perret se volvió hacia él con alivio mal calculado.
—Monsieur Delacroix, esta mujer intentó abrir mi caja.
—Qué costumbre tan desagradable empieza a adquirir la noche con las cajas.
Odette no se disculpó.
—Cuando usted se fue, monsieur Perret intentó moverla hacia la puerta lateral.
—¡Para apartarla de la humedad!
—La puerta lateral da al patio.
—¡No lo sabía!
Baptiste soltó una risa corta.
—Todo el mundo sabe dónde da una puerta cuando intenta salir por ella.
Perret tragó saliva.
Delacroix dejó la caja metálica de Lenoir sobre una mesa. El sonido hizo que Perret mirara hacia ella.
Demasiado rápido.
—Monsieur Perret —dijo el detective—, hemos encontrado documentos muy interesantes en la capilla.
—¿En la capilla?
—Sí. La religión siempre ha tenido talento para guardar secretos ajenos.
Perret se humedeció los labios.
—No sé nada de eso.
—Qué frase tan fatigada. Casi merece una manta.
Delacroix sacó el contrato preliminar de venta y lo desplegó.
—Sin embargo, su firma parece saber bastante.
Perret miró el papel.
El color abandonó su rostro con una eficacia admirable.
—Yo puedo explicarlo.
Brissac dio un paso hacia él.
—Hace un momento no conocía a Lenoir.
—No dije eso.
—Sí lo dijo —replicó Lucien, demasiado rápido, feliz de contribuir al orden jurídico del universo.
Perret le lanzó una mirada furiosa.
—Dije que no tenía nada que ver con sus negocios.
—Y al parecer uno de sus negocios consistía en comprar este refugio —dijo Delacroix.
—No comprarlo. Representar a una sociedad. Soy comerciante. Hago gestiones. Transporte documentos, consigo firmas, llevo muestras, contacto propietarios…
—Miente usted con mucha variedad. Es casi refrescante.
Perret se aferró a la caja.
—No maté a Lenoir.
—Todavía no le he preguntado por su faceta más ambiciosa.
—No lo maté.
—Ya veo que la respuesta tenía prisa.
Madeleine dio un paso hacia él. Su rostro había cambiado. Ya no era solo miedo, ni culpa, ni cansancio. Era indignación pura.
—Usted venía a quedarse con este lugar.
—No yo.
—Entró en mi casa, comió mi sopa, se calentó en mi fuego y fingió ser un pobre comerciante preocupado por sus telas.
—¡Yo no sabía que Lenoir iba a morir!
La frase salió demasiado alta.
Y demasiado específica.
La sala quedó inmóvil.
Delacroix ladeó apenas la cabeza.
—Qué curioso, monsieur Perret. Nadie ha dicho que usted supiera que iba a morir.
Perret abrió la boca.
No encontró nada.
Brissac sonrió con crueldad.
—Ahora sí empieza a sudar.
Delacroix no le prestó atención. Su mirada estaba fija en la caja de tejidos de Perret.
—Ábrala.
—No.
—Monsieur Perret.
—Es mercancía privada.
—A estas alturas de la noche, la privacidad está empezando a parecer una especie en extinción.
—No tiene derecho.
—Probablemente no. Pero tengo una caja de Lenoir con su firma, una víctima a pocos metros, una cartera escondida en una capilla, una mentira repetida y un intento bastante poco elegante de mover su mercancía hacia una puerta exterior.
Puede resistirse, desde luego. Eso añadiría dramatismo, aunque dudo que mejore su posición.
Perret miró a todos alrededor.
Nadie lo ayudó.
Ni siquiera Brissac, que parecía disfrutar demasiado como para intervenir. Odette estaba muy quieta. Madeleine lo miraba como si acabara de descubrir que la noche tenía otro acreedor. Étienne no levantó los ojos del fuego, pero sus manos se habían cerrado sobre las rodillas.
Perret sacó una llave pequeña de su chaleco.
No la de Lenoir.
Otra.
Abrió la caja.
Dentro había tejidos, sí. Sedas, lanas finas, encajes envueltos en papel encerado. Durante un instante, Perret pareció recuperar algo de dignidad.
—¿Ve?
Delacroix no respondió.
Apartó con cuidado las primeras piezas de tela. Debajo había más tejidos. Los levantó también. En el fondo, bajo una doble tabla mal disimulada, encontró un compartimento plano.
Perret cerró los ojos.
—No es lo que parece.
—Tiene razón —dijo Delacroix—. Suele ser peor.
Abrió el compartimento.
Dentro había dinero, varios sobres sellados, una copia del contrato de venta del refugio y un documento firmado por Gaspard Lenoir que autorizaba a Jules Perret a tomar posesión provisional del inmueble en nombre de la sociedad compradora si el prestamista no podía comparecer a la firma.
Madeleine apoyó una mano en la mesa.
—Dios mío.
Perret levantó las manos.
—Era legal.
—Qué consuelo tan popular entre los canallas —dijo Odette.
Delacroix tomó el último sobre.
Estaba sin abrir. Llevaba una inscripción breve.
Para Perret. Solo si Aubert se vuelve problemática.
Delacroix lo mostró.
Perret negó con la cabeza.
—No sé qué es eso.
—Por supuesto.
Abrió el sobre.
Dentro había una hoja doblada y una fotografía pequeña, rígida, algo gastada. Delacroix la miró primero.
No reconoció el rostro.
Pero Madeleine sí.
La reacción fue mínima. Un golpe seco de aire. Un paso atrás.
Étienne se puso de pie.
—¿Qué es?
Delacroix no le respondió. Le entregó la fotografía a Madeleine.
Ella la tomó como si quemara.
En la imagen aparecía un hombre de unos treinta años, con ropa de trabajador, junto a una mujer joven que apenas sonreía. La mujer era Madeleine, muchos años antes. El hombre no era Étienne. No era Lenoir. No era nadie presente.
—Madame —dijo Delacroix—, ¿quién es?
Madeleine no apartó la vista de la fotografía.
—Mi marido.
Étienne se quedó helado.
—¿Qué?
Madeleine cerró los ojos.
—Tu padre.
El joven dio un paso hacia ella.
—Mi padre murió en el deshielo. Eso dijiste.
La sala pareció retroceder alrededor de ellos.
Madeleine no contestó.
Delacroix leyó la hoja que acompañaba la fotografía.
La letra era de Lenoir.
Muy breve.
Muy limpia.
Muy cruel.
—«Si madame Aubert se niega a firmar, recuérdele que ciertos muertos también pueden deber dinero. Y que ciertos hijos quizá prefieran no saber por qué su padre desapareció realmente.»
Étienne miró a su madre como si el suelo acabara de moverse bajo sus pies.
—Madre.
Madeleine seguía sosteniendo la fotografía.
Ahora ya no parecía la encargada del refugio, ni la mujer fuerte, ni la cómplice posible de un crimen. Parecía alguien que acababa de perder, en una sola noche, al muerto que había ocultado y al vivo que había intentado proteger.
Delacroix dejó la carta sobre la mesa con cuidado.
La caja de Perret no había contenido el cuerpo.
Había contenido algo peor para Madeleine Aubert.
Otro motivo.