Muerte en el faro (Los misterios de Armand Delacroix 13) Capítulo 20 — Cuando despeja #2
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Capítulo 20 — Cuando despeja #2

No despejó de golpe. La costa no tenía esa clase de generosidad.

Primero se abrió una grieta en las nubes sobre el mar.

Luego la lluvia dejó de sonar contra los cristales.

Después el viento cambió de tono, menos furioso, más cansado.

El camino seguía cortado para los coches, pero varios hombres del pueblo habían empezado a despejar el desprendimiento.

Se oían voces lejanas, golpes de palas, relinchos, órdenes.

El mundo exterior regresaba a La Casa Torcida con botas sucias y muy poca poesía.

Delacroix subió a su habitación para recoger la maleta.

No había deshecho casi nada.

Aquello le pareció una de sus mejores decisiones de la semana.

La habitación azul seguía teniendo muy poco de azul.

La colcha gris, las cortinas desvaídas, la alfombra antigua y el jarrón de porcelana con violetas pintadas lo recibieron con una calma indecente.

Delacroix se acercó a la cómoda y miró el lugar donde había dejado rodar la moneda el primer día.

Ya no estaba allí, por supuesto. La llevaba en el bolsillo.

La sacó, la apoyó una vez más sobre la madera y la empujó con suavidad.

La moneda rodó.

Despacio.

Hacia la ventana.

Hacia el mar.

Hacia el mismo lugar al que parecía tender toda la casa.

Delacroix la recogió antes de que cayera.

—No exagere —murmuró—. Ya ha colaborado suficiente.

Cerró la maleta.

Al bajar, encontró a Yann en el vestíbulo.

El farero estaba solo, de pie frente al retrato de Auguste Kéravel.

Miraba al hombre pintado con una expresión indescifrable.

No admiración. No odio. Quizá curiosidad.

La curiosidad amarga de quien descubre que ha vivido bajo el techo simbólico de una familia y aun así nunca ha sido invitado a entrar por la puerta principal.

—No parece él —dijo Yann sin volverse.

Delacroix se acercó.

—¿Gaspard?

—No. El retrato. Todos decían que los Kéravel se parecían mucho. Yo no lo veo.

Delacroix observó el rostro severo del antepasado.

—Quizá la familia se parecía menos a sus retratos que a sus errores.

Yann asintió apenas.

—¿Qué pasará con la casa?

—Eso dependerá del testamento verdadero, de la ley, de las deudas y de la resistencia de las paredes. Una combinación poco romántica, pero bastante poderosa.

—No la quiero.

—Lo dijo.

—Lo digo otra vez por si la casa está escuchando.

—Lo está, sin duda. Pero las casas entienden mal las renuncias. Están hechas para permanecer.

Yann miró hacia el pasillo del ala oeste.

—El faro sí lo quiero.

Delacroix no respondió enseguida.

—Eso suena menos a herencia que a oficio.

—Es lo que es.

—Entonces quizá pueda aceptarlo sin aceptar a Gaspard entero.

Yann bajó la mirada.

—No sé cómo se hace eso.

—Nadie lo sabe al principio. Por eso algunas vidas se dedican a aprender tarde cosas sencillas.

El farero apretó la mandíbula.

—Dijo mi nombre.

—Sí.

—No sé si eso me alivia o me enfurece.

—Las dos cosas pueden turnarse. No hay prisa por elegir.

Yann miró a Delacroix.

—Usted siempre habla como si el dolor fuera una habitación que uno pudiera ordenar.

—No. Hablo así porque sé que no se puede, y la cortesía es una forma de no tropezar demasiado con los muebles.

El farero soltó una risa baja.

No alegre.

Pero real.

—Colette quiere hablar con usted.

—¿Su madre?

Yann tardó un segundo.

—Sí.

La palabra salió menos extraña que antes.

Eso ya era algo.

Colette estaba en la cocina.

No llevaba delantal. Ese fue el primer cambio. Tampoco llevaba las llaves. Estaban sobre la mesa, como había dicho Noël, quietas, inútiles por primera vez en muchos años. La muchacha de servicio las miraba de vez en cuando con la superstición de quien contempla una corona abandonada.

Colette estaba junto al fogón, pero no cocinaba.

—Monsieur Delacroix —dijo.

—Madame Marchand.

—Quería darle las gracias.

—No se precipite. Traje un crimen a sus secretos y saqué sus secretos al crimen. Hay gratitudes que conviene revisar en frío.

—No trajo nada que no estuviera aquí.

—Eso es cierto. Pero lo iluminé con mala educación.

Colette miró hacia la ventana.

El patio interior estaba mojado. En el cubo de zinc ya no caían gotas del canalón roto. El silencio parecía demasiado grande.

—He pasado la vida pensando que guardar silencio era proteger a Yann —dijo.

Delacroix no respondió.

—Después pensé que era protegerme a mí. Luego a Gaspard. Luego a la casa. Una se acostumbra. Al final ya no sabe si calla por amor, por miedo o porque ha perdido la voz exacta.

—La ha encontrado hoy.

—Tarde.

—Casi todo lo importante llega tarde en esta casa.

Colette asintió.

—¿Cree que Yann me perdonará?

Delacroix miró las llaves sobre la mesa.

—No lo sé.

La sinceridad le dolió. Él lo vio.

Pero ella no apartó la mirada.

—Bien —dijo—. Ya era hora de que alguien no me regalara consuelos.

—Puedo ofrecerle uno muy modesto.

—¿Cuál?

—Está aquí. Y él también. A veces la vida, cuando no puede reparar, al menos deja a las personas en la misma habitación.

Colette cerró los ojos.

—Eso no parece mucho.

—No. Pero conozco muertos que lo habrían considerado una fortuna.

La mujer respiró hondo.

Luego tomó la argolla de llaves y se la tendió.

—No quiero seguir guardándolas.

Delacroix no la cogió.

—No soy el nuevo ama de llaves.

—Déselas al inspector.

—No.

Colette lo miró.

—¿No?

—Déselas usted a quien corresponda. O guárdelas hasta decidir. Pero no convierta el primer gesto de libertad en entregar otra vez el peso a un hombre.

Colette sostuvo las llaves unos segundos.

Después las dejó de nuevo sobre la mesa.

—Tiene una forma muy molesta de ser amable.

—Me lo han dicho con peores palabras.

Cuando salió de la cocina, encontró a Noël en el pasillo, fumando junto a una ventana abierta.

—Eso le hará mal —dijo Delacroix.

—También esta familia, y aquí sigo.

—¿Se quedará?

Noël miró hacia el ala oeste.

—No lo sé. Uno se acostumbra a las goteras. Luego, cuando cesan, parece que falta música.

—Una frase excelente.

—No la use sin pagarme.

—Soy detective, no editor.

—Peor todavía. Ustedes roban desgracias.

Delacroix sonrió.

—Ha sido usted útil, monsieur Prigent.

—No se lo diga a nadie. Podrían hacerme trabajar más.

—Guardaré su secreto.

Noël miró hacia la puerta del comedor.

—El señor Gaspard no era bueno.

—No.

—Pero tampoco era el peor.

—La moral familiar suele conformarse con poco.

—Sí. Tal vez por eso duró tanto.

Apagó el cigarrillo contra el alféizar con gesto culpable y luego miró la marca que había dejado.

—Colette me matará si ve esto.

—Después de la mañana que hemos tenido, quizá le conceda clemencia.

—Usted no conoce a Colette.

—Empiezo a hacerlo.

Noël escondió la colilla en un pañuelo con dignidad de contrabandista.

En el salón, Margot Dufresne escribía.

Naturalmente.

Estaba sentada junto a la ventana, con la libreta sobre las rodillas y el cabello todavía algo húmedo. Al ver a Delacroix, no cerró el cuaderno. Lo cual, en un escritor, podía considerarse una forma de confianza o de provocación.

—¿Ya se marcha? —preguntó.

—Antes de que alguien decida matarme por equilibrio estético.

—Sería una pena. Aunque debo admitir que mejoraría mucho el último capítulo.

—Procure resistir la tentación.

—No prometo nada. Las buenas escenas son seres tiránicos.

Delacroix miró la libreta.

—¿Escribiendo sobre nosotros?

—Sobre la casa.

—Más prudente. Las casas demandan menos.

—Esta no. Esta parece capaz de contratar abogados incluso inclinada.

—¿Y qué ha escrito?

Margot leyó, sin pedir permiso:

—“El faro no había matado a nadie. La casa tampoco. Pero ambos habían prestado su arquitectura con una docilidad que solo poseen las cosas antiguas cuando los hombres deciden usarlas para mentir.”

Delacroix guardó silencio.

Margot levantó la mirada.

—¿Demasiado?

—No. Lo bastante.

—Eso viniendo de usted parece una reseña entusiasta.

—No abuse.

La escritora cerró la libreta.

—¿Cree que la publicaré?

—Creo que lo intentará.

—¿Y usted?

—Yo negaré haber estado aquí.

—No podrá. Hay demasiados testigos.

—En esta casa, eso no garantiza gran cosa.

Margot sonrió.

Fue una sonrisa cansada, pero limpia.

—Cuídese, monsieur Delacroix.

—Qué advertencia tan literaria.

—No. Personal.

Él inclinó la cabeza.

—Entonces la aceptaré con más preocupación.

En el vestíbulo, Mireille esperaba junto a la puerta.

No llevaba abrigo, aunque el aire que entraba desde fuera era frío. Parecía más pequeña que el día anterior y, al mismo tiempo, menos dispuesta a encogerse. La paradoja le sentaba bien.

—El inspector me ha dicho que Adrien será llevado al pueblo cuando despejen más el camino —dijo.

—Sí.

—Mi madre irá con él.

—Eso imaginaba.

—No para salvarlo.

Delacroix la miró.

—¿No?

—Para asegurarse de que nadie cuente la historia antes que ella.

La frase era triste, pero no amarga. Mireille parecía haber empezado a comprender a su madre sin necesidad de perdonarla de inmediato.

—¿Y usted? —preguntó Delacroix.

—Me quedaré hasta resolver lo de la casa.

—No será fácil.

—Nada lo ha sido.

—Eso no convierte las dificultades futuras en una obligación.

Mireille miró hacia el ala oeste.

—Tío Gaspard quiso protegerme en el testamento.

—Sí.

—Y yo no sé si odiarlo menos por eso.

—No está obligada a ordenar a sus muertos en una sola tarde.

—Usted dice cosas sensatas de una forma muy irritante.

—Es uno de mis pocos encantos.

Mireille sonrió apenas.

—Yann no quiere la casa.

—No.

—Yo tampoco sé si la quiero.

—Quizá la casa necesite que, por una vez, nadie la quiera demasiado.

La joven miró hacia arriba, hacia los retratos.

—¿Cree que debería venderse?

Delacroix siguió su mirada.

Auguste Kéravel, o alguno de sus parientes igualmente satisfechos de sí mismos, los observaba desde la pared con su gesto de piedra pintada.

—Creo que hay casas que solo empiezan a salvarse cuando dejan de servir como excusa.

Mireille asintió, aunque quizá no entendió del todo. O quizá entendió demasiado.

—Gracias —dijo.

—Por favor, no empiece usted también. Esta casa se ha vuelto inquietantemente agradecida cuando ya no puedo escapar con elegancia.

—Entonces no le doy las gracias.

—Mucho mejor.

—Solo le deseo que sus próximas vacaciones sean aburridas.

Delacroix miró hacia la puerta.

—Mademoiselle Kéravel, después de estos días, el aburrimiento me parecería una forma menor de felicidad.

El coche que debía llevarlo hasta el tramo despejado del camino estaba preparado una hora después.

No era el mismo cochero que lo había traído.

Aquel, según Noël, se había negado a volver hasta que el cielo recuperara la cordura, lo cual podía interpretarse como cobardía o como sabiduría profesional.

El nuevo conductor era un muchacho del pueblo, demasiado joven para conducir con solemnidad y demasiado impresionado por La Casa Torcida para bromear sobre ella.

Delacroix subió al coche con su maleta.

Antes de partir, miró una vez más hacia la casa.

Villa Kéravel seguía allí, inclinada hacia el risco, húmeda, agrietada, con las ventanas reflejando un cielo que empezaba a despejar.

De día, con la tormenta retirada y la policía dentro, parecía menos siniestra.

Casi hermosa. Esa era una de las trampas más antiguas de la luz: hacía que las cosas terribles parecieran capaces de haber sido inocentes.

Junto al sendero, el faro permanecía encendido aunque ya no hiciera falta.

Yann estaba a su pie, hablando con uno de los agentes. Colette esperaba a unos metros. No lo interrumpía. No lo vigilaba. Solo estaba allí. Cuando Yann terminó, se volvió hacia ella. Dijeron algo que Delacroix no pudo oír. Luego caminaron juntos hacia la pequeña casa de piedra del farero.

No abrazados.

No reconciliados.

Juntos.

A veces, pensó, la vida no ofrece finales mejores. Solo direcciones menos solitarias.

El coche empezó a moverse.

Las ruedas crujieron sobre la grava húmeda. La Casa Torcida quedó atrás poco a poco. El camino bordeó el acantilado, todavía peligroso, todavía lleno de barro y ramas rotas. El mar, abajo, seguía golpeando las rocas con la misma fuerza indiferente de la víspera.

Delacroix miró hacia el faro.

La luz giró una vez más.

De día parecía casi hermoso.

Esa era la ventaja de ciertas cosas terribles: con suficiente luz, hasta podían fingir inocencia.

El coche avanzó hacia el bosque.

Delacroix se acomodó en el asiento, cerró los ojos y pensó que sus vacaciones, en efecto, habían sido una mala idea.

Aunque no podía negar que habían resultado bastante instructivas.

El cochero joven, después de varios minutos de silencio, se atrevió a preguntar:

—¿Es verdad que hubo un asesinato, monsieur?

Delacroix abrió un ojo.

—Joven, en esa casa hubo varios.

El muchacho palideció.

—Pero solo un muerto, ¿no?

Delacroix miró por última vez la silueta del faro desapareciendo entre la niebla que quedaba.

—Ahí está el error más común —dijo—. Creer que un muerto basta para medir un crimen.

El muchacho no volvió a preguntar.

Y, por primera vez en casi dos días, Armand Delacroix disfrutó de un silencio que no parecía estar escondiendo nada.

O que, al menos, tuvo la cortesía de fingirlo hasta el final del camino.