Capítulo 20 — Cuando despeja
La policía llegó con barro hasta las rodillas y puntualidad de tragedia.
Fueron tres hombres: un inspector de la zona, dos agentes y una expresión común de mal humor húmedo.
Venían desde el camino del bosque, a pie, después de dejar el coche al otro lado del desprendimiento.
Traían capas empapadas, botas cubiertas de barro y esa clase de autoridad que parece menos solemne cuando necesita apoyarse en una rama para no caer por un risco.
El inspector se llamaba Henri Lavigne.
Era un hombre ancho, de bigote gris y ojos pequeños, acostumbrado a desconfiar del clima, de los aldeanos y de los aristócratas con la misma energía.
Entró en La Casa Torcida con la gorra en la mano, el abrigo goteando sobre el vestíbulo y una mirada que abarcó, en menos de cinco segundos, la escalera, los retratos, las paredes húmedas, el rostro de Éléonore Kéravel y el cansancio general de los vivos.
—Me dijeron que había un muerto —dijo.
Delacroix, que estaba junto a la puerta del comedor, inclinó la cabeza.
—Ha habido una mañana laboriosa, inspector.
Lavigne lo miró con atención.
—¿Armand Delacroix?
—Depende de quién pregunte y con qué intención.
El inspector soltó un sonido que pudo ser risa o congestión.
—He oído hablar de usted.
—Qué temporada tan desagradable para mi intimidad.
—También he oído que, donde aparece usted, la gente suele estar muerta.
—Una injusticia estadística. En general, llego después.
Lavigne observó el comedor detrás de él.
Adrien Kéravel seguía sentado junto a la mesa, con el rostro pálido, el labio partido y las manos quietas.
No estaba atado. No hacía falta. Había hombres que, después de confesar, quedaban más sujetos por la mirada de los demás que por cualquier cuerda.
Éléonore permanecía de pie junto a la chimenea apagada, vestida de negro, rígida como una estatua que aún no había aceptado estar en ruinas.
Mireille se había sentado lejos de ambos.
Margot Dufresne estaba junto a la ventana, en silencio, por primera vez sin parecer interesada en convertir nada en literatura.
Noël Prigent aguardaba cerca de la puerta, con el palo ya oculto pero no demasiado lejos.
El doctor Vautrin venía desde la sala pequeña, donde Gabriel Artaud descansaba con la cabeza vendada y la dignidad en observación.
—¿Quién es el muerto? —preguntó Lavigne.
—Gaspard Kéravel.
El inspector cerró los ojos un instante. No por dolor. Por cálculo.
—Naturalmente.
—¿Lo conocía?
—Conocía su apellido. En esta costa, a veces basta para tener problemas.
—Qué definición tan económica de la aristocracia.
Lavigne miró hacia Adrien.
—¿Y él?
—Adrien Kéravel. Sobrino de la víctima.
—¿Sospechoso?
Delacroix hizo una pausa mínima.
—Confeso en parte. Negador por instinto. Detenido, diría yo, en cuanto usted decida ejercer de autoridad con más entusiasmo que nosotros.
Adrien levantó la mirada.
—No he firmado nada.
Lavigne se volvió hacia él.
—Eso siempre puede arreglarse.
—No hablaré sin abogado.
—Una decisión muy sensata para haber llegado tan tarde a la sensatez.
Delacroix sintió un aprecio inmediato por el inspector.
No profundo.
Pero prometedor.
Lavigne escuchó la primera versión en el comedor.
No interrumpió demasiado. Tomó notas en una libreta pequeña, pidió nombres, horas, objetos, lugares.
Uno de los agentes fue enviado a custodiar la sala de billar, donde el cuerpo de Gaspard permanecía todavía cubierto.
Otro acompañó a Vautrin para verificar el estado de Artaud.
Delacroix expuso lo esencial sin adornos: el testamento, la sombra falsa, la llave plantada, la puerta de servicio, las marcas de barro, la bufanda gris, la manipulación del faro, la agresión a Artaud, la trampa a Yann y la confesión parcial de Adrien.
No mencionó la frase de Gaspard en el momento final hasta que Yann regresó.
El farero entró con Colette unos minutos después.
Habían estado fuera, bajo el pequeño cobertizo del patio, no porque allí hiciera menos frío, sino porque a veces el aire libre duele menos que una habitación llena de apellidos.
Yann tenía el rostro cerrado. Colette, en cambio, parecía haber envejecido y enderezado la espalda al mismo tiempo.
Ya no llevaba las llaves en la cintura. Las había dejado sobre la mesa de la cocina, según dijo Noël, con el cuidado de quien deposita una carga y no sabe si debe sentirse culpable o aliviada.
Cuando Yann entró, Adrien no lo miró.
Eso fue lo primero.
Yann sí lo miró a él.
Eso fue lo segundo.
No hubo insultos. No hubo golpes. No hubo otra escena. Solo una mirada larga, desnuda, en la que cabían demasiados años para una habitación tan pequeña.
Delacroix terminó entonces el relato.
—Gaspard Kéravel pronunció su nombre antes de morir —dijo, mirando a Yann—. Eso declaró Adrien.
El farero no reaccionó de inmediato.
Colette cerró los ojos.
Lavigne levantó la vista de la libreta, quizá porque incluso un inspector local acostumbrado a viudas, herencias y pescadores ahogados sabía reconocer cuándo una frase dejaba de ser prueba y empezaba a ser otra cosa.
Yann miró a Adrien.
—¿Es verdad?
Adrien tardó en responder.
—Sí.
La palabra fue baja.
No humilde.
Solo cansada.
—¿Dijo algo más? —preguntó Yann.
Adrien sostuvo la mirada un segundo. En su rostro apareció una sombra de lo que pudo haber sido crueldad, pero no encontró fuerza suficiente para convertirse en frase.
—No lo oí.
Yann asintió.
No agradeció.
No perdonó.
No preguntó otra vez.
A veces una sola palabra, incluso incompleta, incluso miserablemente tarde, era todo lo que quedaba de un padre. Y a veces ni siquiera eso alcanzaba para construir algo. Solo para dejar de imaginarlo.
Lavigne ordenó a sus agentes que acompañaran a Adrien a una sala separada. Éléonore dio un paso.
—Inspector.
Su voz recuperó parte de la vieja autoridad.
Lavigne la miró con una cortesía rural, más práctica que reverente.
—Madame.
—Mi hijo hablará con representación legal.
—Eso ya lo ha dicho su hijo.
—Y esta familia colaborará dentro de los límites adecuados.
—Madame, su familia acaba de ofrecerme un cadáver, un intento de homicidio, una escena manipulada y un testamento falsificado. Agradeceré que no me hable de límites antes de que me quite el barro de las botas.
Éléonore se quedó inmóvil.
Mireille bajó la vista, pero Delacroix creyó ver algo parecido a una respiración de alivio. Muy pequeña. Casi culpable. Pero alivio al fin.
Adrien se levantó cuando el agente le tocó el brazo.
No protestó.
Miró a su madre.
—¿No vas a decir nada?
Éléonore sostuvo su mirada.
Durante un instante, Delacroix pensó que iba a decirle alguna frase terrible, otra de esas sentencias familiares que educaban más por daño que por sentido.
Pensó que diría algo sobre su padre, sobre el apellido, sobre haber fallado, sobre haber dejado huellas.
Pero Éléonore, por una vez, pareció no encontrar utilidad en el veneno.
—No —dijo.
Solo eso.
Adrien sonrió.
Una sonrisa pequeña, amarga, rota.
—Al final también llegas tarde.
Mireille se puso de pie.
—Adrien.
Él la miró.
La hermana parecía querer decir algo. Quizá una despedida. Quizá una acusación. Quizá esa frase imposible que las familias buscan cuando ya no queda forma de volver al día anterior.
Al final dijo:
—No voy a mentir por ti.
Adrien la observó con una tristeza inesperada.
—Lo sé.
Fue la respuesta más humana que le había oído desde el principio.
Luego salió escoltado.
La puerta del comedor quedó abierta tras él.
Nadie se movió durante varios segundos.
La casa parecía escuchar sus propios restos.
El inspector Lavigne cerró la libreta.
—Tendré que tomar declaración a todos.
—Una actividad muy recomendable en esta casa —dijo Delacroix—. Aunque conviene airear las habitaciones entre una y otra.
Lavigne lo miró.
—Usted también declarará.
—Lo temía.
—Con detalle.
—Eso también.
—Y luego debería marcharse.
Delacroix alzó una ceja.
—¿Me expulsa de una casa que no es suya?
—No. Le doy un consejo. Cuando una casa lleva tantas horas intentando matar la tranquilidad de un hombre, lo educado es concederle el divorcio.
Delacroix miró alrededor.
—Inspector, empiezo a pensar que usted y yo podríamos tolerarnos durante un café.
—Si no hay cadáver de por medio.
—No prometo milagros.
La investigación oficial ocupó el resto del día.
El cuerpo de Gaspard fue examinado, trasladado y cubierto de nuevo.
Vautrin entregó sus observaciones con una irritación meticulosa.
Artaud, todavía débil, confirmó por escrito cuanto pudo: la copia manipulada, las preguntas de Adrien, la intención de Gaspard respecto a Yann, las dudas sobre la página cambiada.
Margot repitió su testimonio acerca de la sombra, el reflejo y la figura vista desde la ventana.
Noël explicó lo de la puerta del ala oeste, la contraventana, las botas, los pasos y sus propios olvidos con una honestidad tan poco favorecedora que Lavigne acabó creyéndole por agotamiento.
Colette habló poco, pero cada palabra pesó.
Mireille habló más de lo que su madre habría querido y menos de lo que a ella misma le dolía.
Éléonore declaró con elegancia.
Mintió poco.
Ocultó menos de lo esperado.
No por arrepentimiento, pensó Delacroix, sino porque comprendió que la mentira ya no protegía nada útil. Hay personas que no se rinden ante la verdad, sino ante su inutilidad estratégica.
Al caer la tarde, la tormenta empezó a retirarse.