Mr. agosto (Solteros en la Playa nº 2) PRÓLOGO
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PRÓLOGO

MICHAEL

Se había ido.

No me di cuenta enseguida.

Al principio, pensé que me estaba esquivando otra vez. Jugando a ese juego suyo de acercarse y alejarse, de tira y afloja.

Pero después de tres días recorriendo cada lugar donde la había visto —la cafetería, el sendero del acantilado, el restaurante italiano con los manteles a cuadros— entendí la verdad.

No se estaba escondiendo.

Había desaparecido.

Se me había escurrido entre los dedos como humo en el viento. Como si jamás hubiera existido.

Y estaba cabreado.

No solo con ella. Conmigo mismo. Por dejar que volviera a pasar.

Estaba en reuniones en las que no podía concentrarme. Negocios que me importaban una mierda. Los míos estaban inquietos, las calles se estaban calentando, y todo el mundo tenía algo que decir.

Especialmente mi socio y mejor amigo, Brett.

—Queda bien a tu lado —dijo, no por primera vez, mientras Krystal se reía demasiado fuerte de algo que yo no había dicho.

—Es exótica. Es sexy. Todos los hombres de esta ciudad la desean.

No dije nada. Solo encendí un cigarrillo que no necesitaba.

Brett se inclinó y bajó la voz.

—Endulza el trato. Tiene sangre tribal. Esa tierra de la reserva... podría ser tuya. ¿Cuál es tu problema?

No respondí. Porque no podía decir cuál era el verdadero problema.

El problema tenía el pelo rubio como la miel, unos ojos que me calaban hasta el alma, y una boca que sabía a peligro y libertad a la vez.

El problema había desaparecido.

Y entonces la vi.

A la amiga.

La morena del restaurante italiano. La que se había reído entre copas de vino y tiramisú mientras Kate fingía que yo no existía.

La vi en la boutique de la Séptima. Estaba sola, con los brazos cargados de vestidos, distraída.

Me planté delante de ella antes de que pudiera escabullirse.

—Buenas tardes —dije, con calma.

Ella se sobresaltó.

—Michael —dijo con voz tensa—. Cómo no.

—¿Dónde está?

Apartó la mirada.

—Se fue de la ciudad. Por unos meses.

Ladeé la cabeza.

—¿Adónde?

—No pienso decírtelo —espetó—. Y no me preguntes nada más. Me hizo jurarlo. Dijo que si alguna vez me cruzaba contigo, intentarías obligarme a hablar.

Sonreí con sorna.

—No torturo mujeres para sacarles información.

Apretó la mandíbula.

—Pues yo no rompo promesas.

La estudié. No iba de farol. Era leal.

Y Kate había confiado en ella.

Eso significaba algo.

Retrocedí y asentí.

—Dile algo de mi parte, la próxima vez que hable contigo —dije.

La amiga no respondió.

—Dile —añadí en voz baja— que esto no ha terminado.

Luego me di la vuelta, salí al calor del sol de Bayview y encendí otro cigarrillo que no necesitaba.

Porque ahora lo sabía.

No solo había desaparecido.

Había huido.

Y eso significaba... que volvería.

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