Mr. agosto (Solteros en la Playa nº 2)
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CHARLIE
—Date prisa, Char. Las olas están increíbles.
Mi gemelo, Chase, llamó a la puerta de mi habitación. Teníamos la misma edad, pero a él le había llegado la pubertad antes y parecía más un hombre que un adolescente.
—¡Bajo en cinco minutos!
Recorrí con la mirada mi cuerpo delgado y pálido, avergonzada.
Chase y yo teníamos quince años, casi dieciséis, pero los «casi» no cuentan.
¿No se suponía que ya debería tener curvas? No era justo que mi hermano gemelo ya tuviera abdominales marcados, vello corporal y voz grave.
¿Se había olvidado la pubertad de mí?
Había sido un error comprar un bikini cuando no era más que kilómetros de piel pálida sin curvas. No tenía nada más que ponerme.
—Al menos aquí nadie me conoce.
Suspiré, me puse las chanclas, cogí la bolsa de playa y bajé las escaleras corriendo.
Nuestra familia alquila esta casa de playa casi todos los años. La abuela siempre venía con nosotros hasta que falleció hace dos años. Ahora solo estábamos mi hermano y nuestros padres.
Que peleaban constantemente.
Papá juega al golf con clientes la mayor parte del día mientras mamá se va de compras. O al spa.
—¿Qué llevas puesto? —Chase casi escupió el refresco que tenía en la boca.
—¿Un bañador?
—No. Ve a cambiarte —señaló las escaleras.
—No eres mi padre.
—Soy peor. Soy tu gemelo.
—Vaya si lo sé —puse los ojos en blanco mientras pasaba a su lado.
—Hablo en serio, Char. No quiero que mis amigos te miren.
—Nadie se va a molestar en mirarme.
Levantó una ceja.
—Es lo que hacemos los tíos. Miramos. Evaluamos.
—¿No querrás decir juzgar? Relájate, todavía no he «florecido».
—Sé que ya te vino la regla.
—¡Chase! —mi cara ardió.
—¿Qué? Compartimos baño. ¿A quién le importa?
—Sí, a quién le importa.
Los dos nos giramos. Hunter estaba apoyado en la pared, con una sonrisa burlona de oreja a oreja.
—Estás muerto —le solté a mi gemelo entre dientes mientras subía las escaleras corriendo.
—¿Qué pasa? Somos familia, Pecas. ¿A quién le importa si te vino la regla? —me gritó Hunter—. Más vale tarde que nunca, ¿no?
Por suerte, la casa estaba vacía cuando bajé media hora después. Todavía furiosa, fui pisando fuerte hasta un rincón apartado en la arena, extendí la toalla y me puse los auriculares.
Odiaba a los chicos.
A todos.
Incluso a mi hermano gemelo.
Chase y Hunter empezaron a remar hacia las olas. Fingí no fijarme en Hunter sobre su tabla. Era más grande que Chase. Todo piel bronceada, flequillo largo empapado de agua salada y músculos marcados.
La ola se curvó sobre la punta de la tabla de Hunter y se lo tragó. Solté un grito ahogado y me incliné hacia delante, buscando desesperada alguna señal de él.
Salió a la superficie y sus brazos fuertes cortaron el agua. El corazón me latió con alivio. Mi gemelo seguía en su tabla, esperando su ola.
Decidí ignorarlos a los dos, abrí la aplicación de lectura y busqué un buen thriller. Me encantaban los buenos sustos. El suspense de calidad. Me perdí en aquel mundo de héroes y villanos hasta que un golpecito en el hombro me interrumpió justo cuando la cosa se ponía interesante.
—Vamos a Kokomo's a comer, ¿vienes?
—Claro —recogí mis cosas y decidí volver a la casa a por un pareo. El Audi descapotable de Hunter brillaba bajo el sol. Chase iba de copiloto mientras yo iba atrapada en el asiento de atrás.
Las chicas giraban la cabeza mientras Hunter y Chase cantaban canciones de Justin Timberlake. La capota estaba bajada. La gente miraba. Yo iba detrás. Ellos eran el sol y yo era la nube blanca y sosa de su cielo.
¿Quizás también era invisible? Tamborileé con las uñas sobre la mesa de madera. Nuestra camarera enumeró con entusiasmo los platos del día, anotó lo que querían beber sin siquiera mirarme.
—¡Yo quiero un té helado!
Siguió caminando.
Hunter se llevó dos dedos a la boca y soltó un silbido que la hizo girarse en seco. Le hizo un gesto con el brazo para que se acercara.
—Nuestra chica quiere un té helado con un vaso de hielo extra aparte —ella asintió secamente.
—Gracias.
Chase estaba con el móvil, mandando mensajes, sin prestar atención a nada.
—¿Con quién estás haciendo sexting?
—Con nadie. Además, yo no hago sexting.
Hunter le quitó el móvil a mi hermano.
—¿Harper Hilton? Ni hablar, tío. Esa tía es mala noticia.
—La estaba rechazando con educación.
—¿Cómo consiguió tu número?
A Chase se le subieron los colores.
—Pensé que era mona antes de darme cuenta de lo zorra que es.
—Ladillas. He oído que las tiene.
—Mantente alejado, tío.
El móvil de Chase sonó con un mensaje. Hunter tecleó una respuesta rápida. Miré por encima de su hombro y me quedé boquiabierta: había enviado un emoji de cangrejo rojo como única respuesta a su pregunta de si podían quedar.
—Brutal, ¿eh? Así me las gasto yo, nena —me guiñó un ojo.
Menos mal que era amigo y no enemigo. Mentiría si dijera que Hunter no había cambiado desde el verano pasado.
Su familia pertenece al mismo club de campo de verano que la nuestra. Hunter se acercó a Chase y a mí en la piscina infantil cuando teníamos siete años. Estaba allí con su niñera y nos preguntó si queríamos jugar. Desde entonces, los tres hemos sido inseparables cada verano.
Los últimos años han sido un poco tensos.
Al menos para mí. Empecé a sentirme incómoda con mi cuerpo.
Hunter ya no era el niño escuálido que yo creía huérfano.
Se había convertido en un rompecorazones de chico malo con una cuenta bancaria que rivalizaba con la de un magnate tecnológico.
Yo tenía mi propio dinero. Eso no me impresionaba.
Solo deseaba dejar de ver con otros ojos al chico que conocía desde hacía la mitad de mi vida.
No podía.
Estaba demasiado bueno.
—Toma.
Empujó sus patatas fritas hacia mi plato mientras masticaba su hamburguesa descomunal.
—No quería patatas fritas.
—Las necesitas.
—¿Qué estás insinuando?
Se giró hacia mí sin dejar de masticar.
—Necesitas más grasa en esos huesos.
—¿Vas a defenderme?
Me giré hacia mi gemelo.
—Tiene razón. Toma. Coge un poco de mi pollo frito.
Me puso más comida en el plato.
—No tengo ningún trastorno alimentario.
—Sabemos que no. Tiene razón. Estás demasiado delgada.
—Genial, gracias por señalar lo obvio.
Los dos se quedaron mirándome comer hasta que terminé todo lo que me habían puesto en el plato.
Sabía que no serviría de nada. Por alguna razón, mi cuerpo quemaba calorías sin más.
Siempre había sido así. No era precisamente una chica atlética.
Pasaba el tiempo haciendo manualidades, cosiendo, pintando. Todo lo artístico me calmaba.
Después de comer, Chase y Hunter decidieron jugar a videojuegos. A mí me parecía una pérdida de tiempo. Los dejé a lo suyo mientras decidía hacer algo de una vez con lo de mi peso.
—¿Mamá?
Llamé a su puerta, sorprendida de que su coche estuviera en la entrada.
—¿Sí?
—¿Puedo entrar?
—Claro.
—¿Podemos hablar?
Estaba ocupada empolvándose la cara.
—Tengo diez minutos.
—Necesito que me pidas cita con un médico. Algo va mal. No me estoy desarrollando. Como casi cuatro mil calorías al día y no consigo ganar ni medio kilo.
Resopló.
—¿Y eso es malo? ¿Ya te vino la regla?
—Sí. Por favor, ¿puedes hacer esto por mí?
Puso los ojos en blanco, con sus pestañas postizas de visón bien pegadas.
—Está bien, cariño. Toma.
Abrió el bolso y me dio unos cuantos billetes de cien dólares.
—¿Para qué es esto?
—Para lo que quieras.
Pasó a mi lado taconeando.
—No quiero tu dinero. Solo quiero que te importe.
Ya se había ido.
Mis palabras quedaron flotando en el dormitorio vacío, donde aún persistía el olor de su perfume.
Dos horas más tarde me envió un mensaje. Tenía cita la semana siguiente en un centro médico local.
Quizás mamá no era tan mala, solo estaba ocupada con su propio verano ajetreado en la costa.
Golpeteé el suelo con el pie. Mamá debería haber vuelto del club hacía treinta minutos. Chase estaba jugando al golf con papá. No podía esperar más. Si salía ahora y caminaba los casi cinco kilómetros hasta el centro médico, quizás llegara a tiempo.
El calor era brutal. Se me quemaron los hombros después de un kilómetro.
—¿Eres tú, Pecas?
—No tengo tiempo para ti.
—¿Necesitas que te lleve a algún sitio?
—De hecho, sí.
El aire fresco de su Range Rover fue un alivio.
—Estás quemada.
—Sí, es lo que me pasa siempre. Voy al centro médico.
Frunció el ceño.
—¿Estás bien?
—No es asunto tuyo.
—¿Tienes tu tarjeta del seguro?
Agité mi carterita.
—A salvo aquí dentro.
—Pero solo tienes quince años, Pecas. Necesitas un tutor contigo.
—¿Según quién? Además, casi tengo dieciséis.
—El gobierno. Aprueban leyes que nos dicen qué podemos y qué no podemos hacer hasta que cumplimos dieciocho, muñeca.
Volvió a la carretera, giró a la izquierda en lugar de a la derecha.
—Uf, es por ahí.
—Relájate.
—¿Adónde vamos?
—A mi casa.
Cinco minutos después cruzamos unas puertas de hierro abiertas hacia una impresionante entrada circular. Su casa de verano era enorme. Enorme de verdad, como las de los ricos y famosos.
—Espera aquí. Vuelvo en cinco.
—Uf, ¿por qué? ¿Por qué tiene que estar tan bueno?
Me aferré al asiento. Hunter acababa de salir por la puerta principal con un traje de verano gris claro.
Corbata azul hielo impecable y Ray-Ban oscuras.
No se había afeitado en unos días. La barba incipiente solo ayudaba al engaño.
Cuando abrió la puerta, pensé que quizás debería cancelar mi cita.
Mis hormonas funcionaban perfectamente. Olía increíble y parecía un magnate de treinta años salido de una sala de juntas.
—¿Colaré como el Sr. Carmichael? Aunque puedes llamarme simplemente Papi.
—Estás demente.
—Te estoy salvando el pellejo, Pecas. El médico pensará que soy tu padre. Tranquila, yo firmo todos los formularios de consentimiento y pago en efectivo.
—No me van a hacer ningún procedimiento.
Las palmas me sudaban.
—Espera. ¡No vas a entrar conmigo a la consulta!
—Solo dilo una vez.
—¿Decir qué?
—Papi.
—Por Dios, Hunter. Para ya.
Sonrió mientras arrancábamos. Sí que parecía mayor. Quizás esto funcionaría.
—Solo sígueme la corriente, ¿vale? Todo irá bien.
—No hables mucho. Siéntate y entretente con el móvil.
Me registré y esperé unos diez minutos hasta que la enfermera me llamó. Hunter firmó todos los formularios de consentimiento. La administrativa apenas levantó la vista de la pantalla del ordenador. El plan de Hunter funcionó.
—¿Por qué estás aquí?
—Yo... creo que tengo algo en la tiroides. No consigo engordar. Puedo comer lo que quiera y cuanto quiera. Sigo pareciendo una niña de siete años.
—¿Fecha de tu última regla?
—Hace dos semanas.
—¿Alguna alergia conocida o antecedentes médicos que debamos saber?
Negué con la cabeza.
—La doctora vendrá enseguida. Ponte esta bata. Los lazos van detrás.
—¿Señorita Carmichael?
—Soy yo.
Había respondido unos minutos después de que la doctora llamara a la puerta. Hablamos durante unos minutos. Hizo lo típico de los médicos: me pinchó y me palpó por todas partes.
—Voy a pedirte unos análisis de sangre. Cuando tengamos los resultados sabremos más. Podría ser cualquier cosa, desde un cáncer de sangre poco frecuente hasta hipertiroidismo.
—¿Cáncer?
Tragué saliva. Me temblaban las manos cuando me dio el volante para los análisis.
—¿Pecas? Estás tan pálida que ya no se te ven.
Me tembló la barbilla.
—Llévame al laboratorio.
Por una vez no hubo ninguna réplica ingeniosa. Hunter miró el papel que le tendí y me cogió la mano.
No la soltó en ningún momento.
Ni siquiera mientras conducía.
Se sentó a mi lado mientras la técnica me sacaba sangre. No hizo ninguna pregunta. Simplemente estuvo a mi lado.
—No se lo digas a Chase. No hasta que lleguen los resultados.
—He dejado mi número de móvil. Siguen pensando que soy tu padre.
—Gracias.
—Todo saldrá bien.
—¿Cómo puedes saberlo?
Hunter me guiñó un ojo.
—El de arriba tiene planes para ti. Y yo también.
Cuando salimos del laboratorio, no apartó el brazo de mi cintura. Bromeó diciendo que parecía a punto de desmayarme. En lugar de llevarme directamente a casa, fuimos a Kokomo's y me obligó a comerme una hamburguesa con queso y patatas fritas del paseo marítimo.
—Te han sacado mucha sangre. La comida te ayudará a recuperarte antes.
Asentí.
—Gracias.
Observé las olas. El olor a sal me cosquilleaba en la nariz. Me sentía paralizada. En un limbo, incapaz de vivir hasta saber qué me pasaba. Hunter notó que no quería hablar. El trayecto a casa transcurrió en un silencio espeso.
—¿Vas a estar bien? ¿Quieres que entre contigo?
—No, estaré bien. Gracias por todo.
—Siempre cuidaré de ti, Pecas.
La casa de la playa estaba fresca y en silencio.
El tictac del reloj sobre la repisa de la chimenea era el único sonido.
Abrí la puerta corredera que daba a la terraza trasera.
Como fuera, tenía que mantener la compostura.
Me arranqué la venda del brazo y la escondí en la basura.
Me senté a la sombra del toldo preguntándome qué me depararía el futuro.