Capítulo 30
La enfermería había estado a rebosar toda la noche de gente que necesitaba tratamiento para la hiperémesis provocada por la tormenta.
También había habido una buena cantidad de cortes y magulladuras, y dos fracturas.
Además, el equipo médico había estado yendo y viniendo por todo el barco, tratando a los pasajeros en sus camarotes o asegurándoles que el Coral Queen no se iba a hundir.
Una mujer había sufrido un ataque de pánico tan fuerte que Graham había tenido que sedarla con midazolam intramuscular.
Sarah había ido a ver cómo estaba esta mañana y su marido le había informado de que había dormido toda la noche y ya se encontraba bien.
Se disculpó por las molestias que hubieran podido causar y Sarah le aseguró que su mujer no había sido la única que se había asustado, omitiendo sutilmente que había sido la que peor lo había pasado.
El equipo estaba tomando café en el despacho de Gwen. Con los ojos vidriosos por el cansancio, se relajaron y se mostraron aliviados de que la noche hubiera terminado.
—Ha sido una de las peores noches en mucho tiempo —dijo Graham, expresando lo que todos sentían.
—No quiero ver más vómitos —dijo Bernard.
—Pues yo no quiero que me lo recuerdes, gracias. —Gwen le lanzó a Bernard una mirada fulminante.
—Lo siento. ¿Cómo estás, Brigitte?
Brigitte tenía mala cara; lo había pasado mal al principio de la tormenta, hasta que las pastillas de Gwen la habían ayudado a sentirse mejor.
—No me encuentro muy bien —contestó.
—¿Por qué no te vas a la cama, Brigitte? —dijo Gwen—. Nosotros cubriremos la consulta y yo haré tu turno de guardia de la mañana. Puedes relevarme después de comer.
—Gracias —dijo Brigitte, dirigiéndose a la puerta sin perder un instante. A Sarah le preocupaba que pudiera volver a vomitar.
—Creo que voy a ir a tomar un desayuno contundente con la familia —dijo Graham—. Gracias por ayudarme con ellos anoche, Gwen. No disfrutaron nada de la tormenta.
—De nada. Aunque no sé cómo puedes hablar de comida. No creo que vuelva a comer nunca más.
—Bah, luego volverás a la normalidad. Todo está en la cabeza.
—Díselo a Brigitte —dijo Sarah—. ¿Dónde está Alex?
—Se ha ido a tumbar un rato, también estaba un poco mareado —dijo Gwen.
—Voy a pasar a limpio todas mis visitas de anoche, tengo los bolsillos llenos de notas —dijo Sarah.
Quería comprobar otra cosa que le andaba rondando por la cabeza, pero no había tenido tiempo, pues había estado levantada casi toda la noche y atendiendo la enfermería desde las cinco de la madrugada.
Graham había dado el alta a los pasajeros cuando llegó a las ocho, antes de que el equipo se retirara a tomar un café.
Tras encender el ordenador en una de las salas de tratamiento, Sarah fue directa a los historiales que buscaba. Bastaron unas cuantas pulsaciones en el teclado para que la respuesta a lo que la andaba reconcomiendo saltara a la vista en la pantalla.
Cogió el teléfono inmediatamente y marcó el número de Rachel. Su amiga contestó, y su voz sonaba emocionada.
—Rachel, sé quién mató a la señora F y por qué.
—Yo también acabo de descubrirlo. ¿Cómo te has enterado?
—Anoche me llamaron para unas cuantas urgencias en la cubierta siete y surgió algo extraño, pero hasta ahora no he tenido tiempo de investigarlo a fondo. La respuesta está en los historiales médicos y ha estado ahí todo el tiempo.
—Eso suena interesante. Creo que tenemos suficiente para demostrar quién mató a la señora Flanders, pero todavía necesito atar algunos cabos más sobre el otro delito.
¿Nos vemos en el despacho de Waverley? ¿Podrías llamar también a Jason y hacerle una pregunta?
Creo que podría ser la clave del ataque a Sunita Chowdry. —Rachel le transmitió la consulta.
—Hecho. Te veo en media hora.