Capítulo 25
Aquella noche, el bufé tenía una temática maorí y los platos tradicionales estaban a la altura del desafío. Los chefs de talla mundial a bordo nunca decepcionaban, y aquella noche no fue una excepción, con platos tradicionales que consistían en pescado y boniatos.
—Para variar, llegas a tiempo. —Sarah apareció detrás de Rachel con una bandeja cargada de comida.
Rachel se rio al ver el tamaño de la cena. —¿Supongo que tienes hambre?
—Ya te lo he dicho otras veces, cuando estoy de guardia nunca sé cuándo volveré a comer.
Bernard y yo somos de los que piensan «más vale prevenir», mientras que Brigitte y Gwen son de las que piensan «no me importa quedarme en el chasis».
—Ambas se rieron mientras buscaban una mesa en el bufé, que estaba relativamente tranquilo.
—Sin embargo, parece que tú nunca engordas.
—¡Tampoco lo harías tú si te pasaras el día corriendo por todo el barco como yo!
Mientras comían, charlaron de trivialidades, pero tras dejar que Sarah comiera tranquila, Rachel sacó la carta y se la entregó a su amiga. A Sarah se le puso cara seria mientras la leía.
—Tenemos que llevarle esto a Waverley.
Rachel se había esperado esa reacción, ya que Sarah siempre tendía a velar por su seguridad. —Después de lo que ha dicho esta tarde, no estoy segura de que vaya a creerlo. Simplemente supondrá que Robert me está utilizando.
—Una opinión con la que probablemente esté de acuerdo —dijo Sarah en voz alta.
—A eso me refiero. Si tú piensas así, ¿cuánto más Waverley?
Mira, no digo que no se lo llevemos, pero primero sigamos adelante con nuestro plan.
Echamos un vistazo al camarote de Robert, revisamos las notas de su caso y, después, si no hay nada útil, vamos a ver al jefe.
No soy estúpida, Sarah, sé que podría ser una treta, pero concedámosle el beneficio de la duda por los viejos tiempos.
Además, parecía desesperado cuando vi que la policía se lo llevaba y, si hay un topo, no queremos alertarlo.
—¿Quién podría ser el topo?
—Eso, mi querida amiga, es lo que vamos a averiguar.
Sarah suspiró. —Venga, pues, ahora es tan buen momento como cualquier otro.
Los auxiliares de camarote ya habrán terminado sus rondas de noche y lo más probable es que los pasajeros estén por ahí.
Llevo el uniforme y el maletín de guardia, así que cualquiera que nos vea supondrá que estamos en acto de servicio.
Las dos mujeres bajaron a la cubierta siete y encontraron el camarote de Robert en la popa.
Sarah utilizó su tarjeta maestra para abrir la puerta, después de mirar a ambos lados del pasillo para asegurarse de que nadie se daría cuenta.
Se veía a una pareja joven al final del todo, pero parecían puntitos en la lejanía, de lo largos que eran los pasillos.
Entraron en la habitación y Sarah usó su tarjeta para encender las luces.
La cama no estaba preparada para la noche; probablemente le habían dicho al auxiliar que dejara el camarote tal cual.
El camarote era similar al de Rachel, con una cama de matrimonio, sillas y un sofá cama.
Rachel respiró hondo, intentando no imaginarse a Robert consumiéndose en un calabozo de una comisaría australiana.
Ni la policía ni los delincuentes trataban bien a los polis corruptos, así que le esperaban unos días difíciles, y algo mucho peor si lo trasladaban a una prisión.
—Date prisa, Rachel, no pueden encontrarnos aquí.
Rachel observó el desorden del camarote y se le cayó el alma a los pies. —Llegamos tarde.
Sarah también se percató del estado de la habitación. —¡Lo han desvalijado! Tenemos que llamar a Waverley ya.
Rachel se dirigió al armario donde estaba la caja fuerte. La puerta estaba entornada y la caja fuerte, vacía.
—Estoy de acuerdo, y también tenemos que salir de aquí.
Podrían estar vigilando el camarote. Solo espero que Robert no haya dejado ninguna información sobre mí aquí dentro.
—Tragó saliva, recordando los primeros días a bordo y cómo Robert se le había acercado abiertamente.
El derecho a fanfarronear habría sido irresistible para él y, quienquiera que hubiera hecho esto, seguro que sabía de su relación anterior.
Solo cabía esperar que no sospecharan que ella estaba implicada en una investigación.
Robert había sido muy discreto cuando se reunió con ella y Sarah la otra noche, así que esperaba que no lo estuvieran vigilando entonces y que su rechazo inicial a su antiguo amor le hubiera indicado al topo que no había nada de qué preocuparse en lo que a ella respecta.
—Mira por el pasillo, Sarah.
—Rachel, me estás asustando. ¿Qué está pasando?
—Nada, es solo que no queremos entrar en el radar de una banda desesperada, eso es todo.
Sarah asintió y miró por la mirilla. —Enfrente está despejado.
Rachel abrió la puerta despacio y comprobó el pasillo. Un hombre mayor estaba entrando en su camarote, más o menos a mitad de camino.
Cuando entró, ella susurró: —Despejado. —Con el corazón desbocado y la ansiedad en aumento, esperó a que Sarah quitara la tarjeta de la ranura de la luz y cerrara la puerta sin hacer ruido.
Caminaron a toda prisa hacia el centro del barco.
En su estado de alerta exacerbado, toda persona con la que se cruzaban le parecía sospechosa a Rachel.
—Rachel, te hemos echado de menos en la cena. —Glenis salió cuando llegaron frente a los seis ascensores de pasajeros que recorrían el barco de arriba abajo.
—Lo siento, para variar he decidido tomar una cena ligera y quedar con Sarah.
La mujer mayor entrecerró los ojos al mirar a Sarah, que estaba ligeramente sin aliento por arrastrar el pesado maletín de guardia al ritmo que Rachel había marcado.
—¿No sabía que estaba usted en esta planta?
—No estoy. Han llamado a Sarah para ver a alguien, así que la he estado esperando aquí. Vamos, Sarah, me prometiste una copa.
—Que os divirtáis, chicas. Hasta mañana, Rachel. Creo que vamos a necesitar esa clase de defensa personal. —Glenis giró en la esquina para seguir por el pasillo del que acababan de venir.
—Por los pelos —dijo Sarah—. ¿A qué se refería con eso?
—Ni idea, pero larguémonos de aquí antes de que aparezca alguno de los otros de la lista. Tampoco sabía que estaban en esta cubierta. Demasiadas coincidencias para mi gusto.
—¿Qué quieres decir? No pensarás que alguno de ellos está metido en este asunto de contrabando, ¿verdad?
Rachel soltó una risita. —En realidad, no, pero cosas más raras se han visto. Me gustaría saber cuántos de ellos han hecho un crucero antes. Además, Joe Flanders está en la posición ideal para una operación de contrabando, ¿no crees? ¿También está en esta planta?
Sarah frunció el ceño. —Sí, aquí está. No quiero ser grosera, pero no parece lo bastante inteligente.
—¿Y qué hay de la nueva esposa modelo? ¿O incluso de la hija?
—No, no me puedo creer que Georgia esté involucrada. Además, la drogaron, ¿recuerdas?
A Rachel le asaltó una sensación de inquietud que aún no estaba dispuesta a compartir con Sarah.
Estaban saliendo de los ascensores en la cubierta nueve cuando sonó el busca de Sarah. —Accidente en la cubierta doce, un pasajero se ha resbalado junto a la piscina principal.
Sarah suspiró profundamente. —Será mejor que vaya. Rachel, tienes que llevarle esa carta a Waverley para que al menos vaya a mirar el camarote de Robert, lo que añadirá una duda razonable a su culpabilidad.
Rachel se encogió de hombros. —A menos que diga que Robert lo hizo todo antes de irse para que pareciera un robo —murmuró por lo bajo mientras Sarah volvía corriendo hacia los ascensores—. Este caso se está complicando cada vez más.
Después de quedarse un rato en el pasillo y de echarse una buena reprimenda, finalmente decidió dar media vuelta, seguir el consejo de Sarah e ir a ver a Waverley. Lo que le contaría dependería estrictamente de él.
La cubierta tres, donde se encontraba el despacho del jefe de seguridad, estaba tranquila.
Con la vana esperanza de que el despacho estuviera a oscuras, a Rachel le decepcionó ver las luces encendidas y las persianas abiertas.
Waverley, Jason y algunos otros oficiales, entre ellos Ravanos, un oficial que había conocido anteriormente, estaban en medio de una reunión, probablemente un relevo o una puesta al día.
Quién sabe, igual estaban mirando fotos de boda.
Quizá sea mejor no molestarlos , pensó, pero antes de que pudiera darse la vuelta, Waverley la vio y le hizo un gesto para que entrara. Al menos sonreía.
—Señorita Prince.
Vaya, ¿volvemos a esas? —Jefe Waverley —respondió ella, pero luego sonrió, sabiendo que no debía empezar con mal pie—. ¿Puedo hablar un momento con usted?
Él frunció el ceño cuando ella miró a los otros oficiales, queriendo que los despidiera. —De acuerdo, chicos, pueden irse. Goodridge, usted quédese, necesito hablar con usted.
A Rachel no le importó que Jason se quedara porque estaba de su parte. La carta de Robert decía que no confiara en nadie, y si los delincuentes podían infiltrarse en su equipo, sin duda podían infiltrarse en la seguridad del crucero, así que por ahora no quería a nadie más presente.
—Tome asiento, Rachel. —Waverley señaló los dos sillones y el sofá que rodeaban una mesa de centro.
Cuando ya estaban todos sentados, Rachel en un sillón, Jason en el otro y Waverley en el sofá, ella habló. —Tengo algo que enseñarle. —Le entregó la carta de Robert. Waverley la cogió y examinó el documento antes de pasárselo a Jason para que lo leyera.
—Supongo que cree que dice la verdad, ¿no? —Waverley sonaba escéptico.
—Casi al cien por cien, pero he considerado que podría ser una treta para que investigue su caso.
—Me alegra oír que al menos lo ha considerado, aunque tiene un elemento de verdad. Creo que será mejor que nos cuente lo que sabe sobre el caso en el que está trabajando.