Capítulo 24
Llegaron de vuelta al puerto a las cinco de la tarde.
El minibús se detuvo en el muelle donde el magnífico Coral Queen estaba atracado en todo su esplendor.
Los pasajeros subían apresuradamente por la pasarela de vuelta al barco.
El sol derramaba un resplandor brillante, bañando el lujoso buque como si lo estuviera preparando para una magnífica sesión de fotos.
Rachel estiró las piernas y se volvió hacia Glenis, a la que ayudó a bajar del autobús mientras el conductor aceptaba agradecido las propinas del adinerado grupo.
—Muchas gracias por este día tan estupendo. Voy a dar un paseo por el muelle antes de volver a bordo.
Glenis respondió, bostezando, cansada tras un largo día: —Ha sido un placer que nos acompañaras, Rachel. ¿Te veremos en la cena?
—Eso espero, hasta luego.
Rachel se alejó del barco y caminó hasta donde pudo dentro de los límites de la zona acordonada por la seguridad.
No había mucho que ver aparte de unos cargueros más allá, aunque otro crucero estaba zarpando del lado opuesto del puerto.
Observó durante un rato cómo se alejaba del muelle y se adentraba lentamente en el mar.
Hora de volver al Coral antes de que también zarpe .
Se dio la vuelta y regresó hacia el barco.
Como la mayoría de los pasajeros ya estaban a bordo, se fijó en un coche de policía que no estaba aparcado allí cuando había vuelto su minibús.
Para su sorpresa, dos policías bajaban por la pasarela del barco con Robert, que llevaba las manos esposadas por delante.
Sus miradas se cruzaron brevemente, y la resignación era claramente visible en la de él mientras lo conducían hacia el coche de policía que esperaba.
Se quedó paralizada durante lo que pareció una eternidad, observando impotente cómo el coche de policía atravesaba las barreras del puerto.
El sol se había ocultado como para acentuar la confusión y el miedo que sentía al ver que detenían a Robert en un país tan lejos de casa.
El frío la hizo temblar, ¿o fueron los recuerdos de tiempos más felices, ahora completamente destruidos?
—¿Señora? —la llamó un tripulante con un mono de trabajo gris. Le miró el rostro curtido por el tiempo, fijándose en los dientes manchados de nicotina cuando le sonrió, pero ella no se movió—. Señora, el barco zarpa en veinte minutos. Estamos retirando la pasarela. Por favor, suba a bordo, señora.
Rachel volvió a mirar hacia la carretera por donde se habían llevado a Robert y sopesó la idea de ir tras él, pero no tenía ni idea de adónde se lo había llevado la policía.
A la comisaría, supuso. La absoluta confusión que le recorría las venas le convirtió las piernas en gelatina.
No podía moverse y sintió que las lágrimas le escocían en los ojos al notar que las piernas le fallaban y el mundo se volvía negro.
—¿Rachel? —La voz de Sarah irrumpió en la penumbra y se encontró tumbada en una camilla que la llevaban hacia la tan familiar enfermería de la cubierta dos—. Rachel, ¿estás bien?
Abrió los ojos y vio el rostro preocupado de Sarah junto a la camilla con ruedas. La expresión igualmente inquieta de Waverley estaba al otro lado.
—Lo siento, creo que me he desmayado.
—Así es —dijo Waverley—. Por suerte, un tripulante te sujetó antes de que te desplomaras en el hormigón.
—Oh, por favor, dale las gracias de mi parte. Creo que estaba intentando animarme a volver a bordo justo antes de que se me nublara la vista.
Para entonces habían llegado a la enfermería y Bernard le estaba tomando la tensión mientras le ponía una sonda en el dedo índice para comprobarle los niveles de oxígeno.
Le colocaron unos electrodos en el pecho y un monitor mostraba que su ritmo cardíaco era más rápido de lo normal, a noventa y ocho pulsaciones por minuto.
El doctor Bentley llegó y les pidió a todos que se fueran menos a Sarah mientras la examinaba.
—Ya me siento mejor. —Rachel intentó incorporarse, pero todavía se sentía un poco débil. Su ritmo cardíaco estaba bajando gradualmente hasta sus habituales sesenta y cuatro pulsaciones.
—Solo ha sido un desmayo —dijo el doctor Bentley—.
Te sentirás mejor después de comer y beber algo, y entonces te daremos el alta.
Solo por una vez, me gustaría que estuvieras a bordo del barco y no acabaras en mi enfermería.
—Descorrió las cortinas que protegían su intimidad y a ella le agradó ver las caras sonrientes del equipo médico.
Hasta Waverley se rio de la broma del doctor Bentley.
—Créetelo o no, a mí también me gustaría.
—Rachel, ¿puedo hablar contigo un momento? —Waverley tosió como solía hacer cuando tenía noticias malas o delicadas.
—Sí, claro.
Raggie llegó con una bandeja de té y galletas y Waverley se sentó junto a la cama. Rachel se incorporó, dándose cuenta de que la mayor parte del equipo se había ido, ya que era hora de pasar consulta por la tarde. Sarah se quedó y tomó asiento al otro lado de la cama.
—La mujer que ambas encontrasteis ayer está en coma inducido para dar tiempo a que baje la inflamación del cerebro. Los médicos no están seguros de si se recuperará y, si lo hace, de si recordará algo de los sucesos que tuvieron lugar ayer.
—Es una tragedia. —Rachel pellizcó la sábana y se dio cuenta de que Sarah se mordía el labio inferior, lo que significaba que había algo peor por venir.
—Mmm, eso no es todo. El señor Chowdry ha acusado a un tal Robert Hutchins de intento de asesinato. —Tosió y miró a Sarah antes de continuar—. Tengo entendido que tú conoces… mmm… conocías al señor Hutchins.
Las lágrimas volvieron a escocerle en los ojos, el temblor regresó y sintió que se le secaban los labios. Se estiró y bebió un sorbo de té.
—Estuvimos prometidos una vez, así que sí, lo conocía.
No es capaz de hacer esto; puede ser controlador, obstinado y un incordio, pero no es un asesino.
—Su voz sonó fuerte y lejana, como si no le perteneciera, y notó que su ritmo cardíaco había vuelto a subir, pero esta vez inhaló lenta y profundamente unas cuantas veces antes de continuar—. ¿Hay alguna prueba contra él?
—Tienen el móvil de ella, que al parecer revela que ella y… —volvió a toser— el señor Hutchins tenían una aventura.
—De eso ya estaba al tanto. Sarah y yo hablamos con él anoche. —No mencionó que él hubiera admitido haber eliminado pruebas de la escena del crimen—. Eso no demuestra que la atacara. ¿Seguro que el principal sospechoso no es su marido, por un crimen pasional y todo eso?
—Así sería, pero el señor Chowdry tiene una coartada sólida para la hora del ataque. Estaba con una señora de la excursión de «cosas que hacer antes de morir», charlando sobre la fauna que ambos habían visto, al parecer.
—Ah, ya veo. ¿Pero tiene que haber algo más que el hecho de que tuvieran una aventura para que lo detengan?
—¿Entonces sabes lo de la detención? Me pregunté si eso fue lo que te hizo desmayarte. Lo siento mucho, Rachel. —Sarah le cogió la mano y se la apretó.
—Sus huellas dactilares estaban por todas partes. —Waverley miró a Rachel como si calibrara su reacción. No podía pensar que ella tuviera algo que ver, ¿verdad? Esperaba que Sarah no le hubiera dado detalles de la conversación de la noche anterior con Robert.
—Sigo sin creer que la atacara.
—Entonces, ¿por qué estarían sus huellas por todas partes?
Los sanitarios confirmaron que no se le permitió tocarla una vez que vosotras llegasteis al lugar.
Las huellas de Sarah también estaban allí, pero sabemos por qué.
Rachel, lo siento, pero tienes que admitir que las pruebas son convincentes.
La gente cambia; quizá no sea el hombre que creías que era y quizá te libraste de una buena.
Intercambió una mirada con Sarah, que negó con la cabeza. —No sé por qué están sus huellas, pero estoy segura de que aquí pasa algo más.
Waverley se puso rígido. —¿Y qué podría ser?
Rachel bajó la vista. —No lo sé.
Al verla juguetear con el anillo de compromiso en su dedo, Waverley suavizó su tono de nuevo. —Enhorabuena, veo que Carlo y tú habéis decidido por fin casaros.
Sintió que se sonrojaba y que la felicidad volvía al mencionar a Carlo. —Sí, justo antes de este crucero.
—Entonces te sugiero que te olvides de este incidente.
Sarah me informa de que no habías visto a este hombre desde hace un par de años.
Si es inocente, un abogado podrá demostrarlo, y si es culpable, se merece todo lo que le pase.
—Waverley se levantó—. Créeme, el matrimonio es maravilloso.
—Salió de la enfermería con una enorme sonrisa en la cara.
—Gracias por no contarle lo de la manipulación de las pruebas, pero puede que tengamos que hacerlo si no descubrimos qué está pasando.
—Casi lo hago, la verdad. Me preocupaba cómo reaccionaría, pero tampoco quería fastidiar la investigación de Robert, aunque ahora no estoy segura de qué quedará de esa operación.
—Eso me recuerda que la pareja a la que el equipo de Robert ha estado siguiendo iba hoy en el segundo minibús de nuestra excursión.
Por lo visto, conocen al grupo sudafricano.
Deep dice que son filántropos muy conocidos, Harrison y Marion Scheffler, y Charles también los conoce un poco.
Voy a buscarlos, luego compraré un bono de internet.
—Sarah, sé que Robert no te cae bien, y tampoco es santo de mi devoción, pero él no hizo esto. Si no fue el marido de Sunita, tiene que tener algo que ver con esa pareja, los Scheffler, con lo que sea que se traigan entre manos.
—Antes de involucrarme más, ¿puedo preguntarte una cosa?
—Lo que quieras.
—¿Sigues enamorada de Robert? Y si es así, ¿qué pasa con Carlo?