MONTANA SEAL’S MAIL-ORDER BRIDE (Brotherhood Protectors nº 12) Capítulo 15
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Capítulo 15

—¿Era esa nuestra novia? —preguntó Franklin mientras corría por el corral hacia Gavin.

—¡Joder, sí! —Gavin corrió hacia el box de Ranger, lo abrió de un tirón y sacó al caballo. En menos de un minuto, le había puesto la silla y la brida, pero sabía que Sassy y Aurelia le llevaban tanta ventaja que le costaría alcanzarlas antes de que ocurriera algo terrible.

Aunque los hombres de Hank habían llegado y peinado la zona al alcance de un francotirador desde la carpa de la boda, no podía estar seguro de que un tirador no se hubiera colocado después de que los Protectores de la Hermandad hubieran completado su barrido.

Aurelia podría estar cabalgando directa al peligro.

—No puedes ir a por ella —le gritó Percy—. Corres tanto peligro como ella, si no más.

—No puedo dejarla ir. Podrían herirla o matarla. —Gavin metió el pie en el estribo y pasó su pierna mala por encima del lomo de Ranger. Percy le colocó el pie protésico en el estribo y se apartó de un salto.

Gavin galopó hacia los pastos.

Vasquez ya tenía la cancela abierta cuando llegó, lo que le permitió a Gavin pasar al galope.

Los motores rugieron a su espalda. Los hombres de Hank montarían en todos los quads disponibles. Cuando se les acabaran los quads, el resto los seguiría a caballo.

Gavin no podía pensar en ellos, pero sabía que le cubrirían las espaldas si llegaban a tiempo.

¿Por qué demonios había huido Aurelia? Al parecer, se lo había pensado mejor.

Sintió una opresión en el pecho. Que sintiera que tenía que huir para no casarse con él le dolía más de lo que jamás hubiera imaginado.

Por mucho que quisiera casarse con Aurelia, no lo haría si eso la hacía desgraciada.

Ella merecía ser feliz. Si era con otro, que así fuera.

Pero en ese momento, estaba en peligro. Gavin no dejaría de protegerla solo porque ella no quisiera casarse con él.

A lo lejos, pudo ver el vaporoso vestido de novia blanco ondeando tras el caballo, que cruzaba el pasto a toda velocidad.

Sassy era rápida, pero Ranger era más grande, más fuerte e incluso más rápido, y le gustaba ser el primero.

Poco a poco, estaban alcanzando al otro caballo y a la novia a la fuga.

Tenía que alcanzarlos antes de que Sassy intentara saltar otra valla.

Llevaba corriendo un buen rato, tenía que estar cansada.

Si intentaba un salto, podría fallar y engancharse las patas en el alambre de espino.

Gavin no podía permitir que eso ocurriera. Clavó los talones en los flancos de Ranger, instándolo a ir aún más rápido.

Cuando se puso a la altura de las fugitivas, extendió el brazo, le arrebató las riendas de las manos a Aurelia y tiró de las de Sassy y de las de Ranger al mismo tiempo, hincando los talones en los estribos.

—¡Sooo! —gritó.

Para cuando consiguió detener a los dos caballos, estaban a centímetros de una valla de alambre de espino.

Sassy se encabritó y piafó, tirando de las riendas, con los ojos desorbitados y salvajes.

Gavin soltó una palabrota mientras intentaba mantenerse en la silla, sujetar las riendas de Ranger y evitar que Sassy tirara a su jinete.

Finalmente, alargó el brazo, arrancó a Aurelia de la silla y la arrastró sobre su regazo.

Cuando soltó las riendas de Sassy, la yegua salió disparada y corrió de vuelta hacia el establo.

Aurelia se apoyó en su pecho, con la respiración entrecortada y los ojos tan desorbitados y salvajes como los del caballo que había estado montando.

—Eh, shh —le dijo en voz baja—. No pasa nada. Ya te tengo.

—Sí que pasa —dijo ella, negando con la cabeza—. No puedo casarme contigo.

—No tienes que hacer nada que no quieras —dijo él, aunque le dolió. Quería que ella se casara con él—. Solo quiero que seas feliz.

—Serías un desgraciado si te casaras conmigo —dijo ella—. La vida de la realeza no es un camino de rosas. Es un trabajo, y los paparazzi te acosan. No hay un solo momento en que no te preocupe que alguien malinterprete lo que dices. No puedo hacerte eso.

—Lo sé. Si es tan malo, ¿por qué no lo dejas?

Ella rio, con la voz quebrada.

—No puedo dejar a mi gente en manos de mi primo. Es un ser humano terrible. Pero tendré que hacerlo, ya que no voy a casarme contigo. Lo odiarías con toda tu alma. Y no podríamos vivir en Montana por mucho tiempo.

—Espera. —Le puso un dedo en los labios. La esperanza le creció en el pecho—. ¿No te casas conmigo porque crees que yo seré un desgraciado?

Ella asintió.

—Sé que serías un desgraciado.

—Cariño, yo ya sé lo que es la desdicha. Estar hasta los codos de arena y balas a más de cuarenta y cinco grados de temperatura es una desdicha. Toparse con cámaras y periodistas no es nada en comparación.

—Tendríamos que vivir en Lastovia la mayor parte del año. Montana está demasiado lejos para que yo sea una líder eficaz para mi gente.

—¿Quién ha dicho que yo no iría a Lastovia?

—Pero a ti te encanta este sitio —dijo ella, mirándolo a los ojos—. Es precioso, y es tu hogar.

—¿No te has enterado? —Le tocó un mechón de pelo que se le curvaba junto a la oreja—. El hogar está donde está el corazón —dijo, bajando el tono de voz—. La pregunta es, ¿dónde está tu corazón, princesa Olivia?

Ella inspiró bruscamente y sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Nones. —Levantó un dedo—. Nada de lágrimas, o te estropearás el maquillaje. Tengo entendido de buena fuente que te ha maquillado la famosa Sadie McClain. —Le guiñó un ojo—. Así que, ¿dónde está, Aurelia? ¿Dónde está tu corazón?

Ella ahuyentó las lágrimas con un parpadeo y le puso una mano en el pecho.

—Aquí mismo —susurró—. Tú eres donde está mi corazón. Dondequiera que estés tú.

—Y el mío está contigo. —Se inclinó hacia delante y le dio un beso en los labios.

Unos disparos rasgaron el silencio.

Gavin bajó la cabeza mientras envolvía a Aurelia con su cuerpo para protegerla de una intoxicación por plomo.

Ranger dio un paso lateral y piafó, ansioso por moverse.

—Tenemos que irnos —dijo él—. La pregunta es, ¿huimos y nos olvidamos de todo, incluida Lastovia, o volvemos y celebramos una boda de la leche?

Sonó otro disparo.

—La boda. Volvamos a la boda —soltó Aurelia y se aferró a él.

Gavin tiró de las riendas, haciéndolos girar. Luego clavó los talones en los flancos de Ranger.

El caballo saltó hacia adelante, galopando tan rápido como podía con dos jinetes a lomos.

Los quads rugieron al aparecer.

Gavin redujo la velocidad lo suficiente para señalar la dirección de la que creía que procedían los disparos. Luego continuó hacia la casa del rancho.

Cuando llegó frente a la casa, las mujeres bajaron apresuradamente del porche y ayudaron a Aurelia a desmontar. Hannah llevaba un rifle.

Gavin no desmontó. En lugar de eso, hizo girar al caballo y volvió hacia la acción.

—Volveré a tiempo para dar el «sí, quiero». No empecéis sin mí.

—No, Gavin. Te matará —gritó Aurelia.

—No si yo lo mato primero.

—Entonces necesitarás esto —dijo Hannah y le entregó el rifle.

Gavin sujetó el arma con una mano y las riendas con la otra, mientras se alejaba al galope, decidido a poner fin al terror en el que había estado viviendo Aurelia.

Ranger se estiró, devorando el terreno con zancadas largas y fluidas.

Gavin se inclinó sobre el cuello del caballo, instándolo a ir aún más rápido. Cuando regresó al lugar donde había oído los disparos por primera vez, pudo ver a los hombres de Hank peinando la maleza en busca del tirador.

Gavin desmontó de Ranger y estudió su entorno con ojo de francotirador. Si quisiera matar a alguien, el mejor lugar sería en un terreno elevado, mirando hacia abajo. Escudriñó la zona, mirando hacia las colinas.

Los hombres de Hank habían tenido la misma idea y estaban subiendo por la ladera de una cresta empinada.

Algo brilló bajo el sol por encima de donde trepaba Collin. Luego, el rugido de un motor, y un hombre en una moto de cross arrancó, cruzando la cima de la cresta a toda velocidad, en dirección al rancho y a la carretera.

Al estar en la cima de la cresta, el hombre tendría que bajar pronto. Y bajar era mucho más lento y peligroso que subir.

Gavin montó a horcajadas y espoleó a Ranger para que galopara en paralelo a la línea de la cresta.

Sabía qué sendero subía a esa cresta y por dónde saldría finalmente.

Con esa ubicación en mente, se inclinó sobre el cuello del caballo y le soltó las riendas.

Ranger cruzó el valle como una exhalación.

Cuando llegó al lugar donde el sendero debía bajar de la cresta, Gavin tiró con fuerza de las riendas y detuvo a Ranger. Luego se dejó caer al suelo, escondió a Ranger detrás de un grupo de árboles y arbustos y corrió a ocultarse cerca de por donde saldría la moto de cross.

Como esperaba, el motorista bajó la colina a toda velocidad hacia Gavin, que se escondió en las sombras hasta que la moto estuvo a la altura de su escondite.

Gavin extendió el brazo, agarró al tipo del brazo y lo tiró de la moto. La motocicleta volcó sobre un costado y se deslizó el resto del camino colina abajo.

El hombre que la conducía se levantó luchando.

Gavin quiso estrellarle la cabeza contra las rocas, pero no podía.

Tenía que mantenerlo vivo para averiguar quién lo había contratado.

Sería el testigo clave en un caso que enviaría a un criminal a la cárcel por asesinato e intento de asesinato.

Con eso en mente, Gavin le retorció el brazo a la espalda y se lo subió bruscamente entre los omóplatos.

Luego lo estampó contra un árbol, golpeándole la cabeza con la fuerza suficiente para aturdirlo, pero no para matarlo.

Los hombres de Hank llegaron a tiempo para ayudarle a sujetar al hombre y llevarlo de vuelta a la casa del rancho, donde Hannah había tenido la previsión de que el sheriff Barron estuviera esperando para arrestarlo.

Una vez que las autoridades se hubieron marchado, Gavin buscó a Aurelia por los alrededores.

—Está arriba sacudiéndose el polvo del pelo y del vestido. —Hannah sonrió—. Pero no te preocupes, bajará.

—¿Estás segura?

Hannah asintió.

—No sé qué le has dicho, pero ya no tiene miedo. ¿Qué era lo que decía? Ah, sí. Ni los caballos salvajes podrían evitar que me casara con ese hombre.

—Hablando de eso…

—Sassy está a salvo en su box, comiendo grano. —Lori señaló la casa—. Ve a lavarte. El predicador está esperando.

—Me da igual que Aurelia tenga polvo en el pelo. Dile que baje. No quiero que se le ocurra una idea descabellada y me vuelva a dejar plantado. —Dijo sus palabras lo suficientemente alto como para que la mujer a la que iban dirigidas pudiera oírlas.

—Bajo en un minuto —gritó Aurelia desde el rellano de arriba.

—Más te vale darte prisa —dijo Hannah—. A una princesa no le gusta que la hagan esperar.

Gavin corrió al baño, se lavó las manos y la cara y se sacudió el polvo del esmoquin. En menos de un minuto, estaba de vuelta en el salón, esperando a su novia al pie de la escalera.

—Se supone que tienes que esperar con el predicador —dijo Lori.

—Al diablo con la tradición. Se va a casar conmigo. Puede caminar conmigo hasta el altar.

Aurelia apareció en lo alto de la escalera, con un ramo de rosas rojas. Una joven desconocida estaba detrás de ella, vestida con un largo vestido rosa pálido, con el rostro iluminado por una feliz sonrisa.

Aurelia miró a Gavin, una sonrisa se extendió por su rostro, iluminando la habitación.

Contuvo el aliento mientras la mujer más hermosa que jamás hubiera podido imaginar bajaba la escalera curva para estar con él.

—Soy el vaquero de una sola pierna más afortunado del mundo —le susurró al oído y le ofreció el brazo—. ¿Quién es la dama que está detrás de ti?

—Mi mejor amiga de Lastovia. Se volvió y señaló con la mano a la rubia fresa—. Lili, te presento a Gavin. Gavin… Lilianna.

—Encantada de conocerte, Gavin —dijo Lilianna, con las mejillas teñidas de un bonito color rosa.

Gavin le tomó la mano.

—El placer es mío.

Lilianna se inclinó hacia Aurelia.

—Es incluso más guapo que en su foto de perfil.

La mirada de Aurelia no se apartó de la de Gavin.

—Sí, lo es.

A Gavin se le hinchó tanto el pecho que temió que fuera a estallar. Aquella mujer estaba a punto de entregarse a él.

Ella posó la mano sobre la manga de él y caminó a su lado fuera de la casa y a través del césped hasta un cenador que había sido engalanado con docenas de rosas rosas y blancas.

En una nebulosa de palabras y asentimientos, Gavin prometió amar, honrar y respetar por el resto de su vida a aquella mujer que solo conocía desde hacía tres días. Pero nunca había estado más seguro de su decisión como cuando dijo «Sí, quiero».

Cuando el predicador dijo que podía besar a la novia, el Navy SEAL la tomó en sus brazos y le dio un beso que haría que quisiera quedarse con él para el resto de su vida.

Cuando la soltó, su rostro estaba sonrojado y coronado por una sonrisa.

—No te preocupes, princesa, de donde ha salido ese hay muchos más.