Capítulo 14
Gavin pensó que se pasaría la noche en vela pensando en la decisión que había tomado, preocupado por si era la correcta.
Pero se había quedado dormido a los pocos minutos de apoyar la cabeza en la almohada.
Se despertó sintiéndose mejor que en años.
Más optimista y esperanzado con el futuro.
Lo cual era completamente extraño, teniendo en cuenta todo lo que había averiguado sobre Aurelia, o más bien, sobre la princesa Olivia.
Al pensar en ella, creía que Olivia le pegaba.
Se movía como una princesa, todo eran líneas rectas y confianza.
¿Qué hacía una princesa con un vaquero como él?
Fuera cual fuera la razón, había decidido dar el paso. Iba a seguir adelante con el plan.
El sol que entraba por la ventana lo hizo sonreír. Si iba a casarse ese día, más le valía levantarse y hacer las tareas pronto. Después necesitaría una ducha para no oler como uno de los animales del establo.
Tras ponerse la prótesis, los vaqueros, la camisa y las botas, bajó las escaleras y salió al establo antes que nadie. Fue a ver a Ranger y a Sassy. Hoy, Sassy se limitó a sacudir la cabeza en su dirección cuando se acercó. No pateó el suelo ni se encabritó para dar coces contra las paredes del box.
Se alegró de ver que la yegua por fin se estaba calmando. Aurelia había obrado su magia con el animal.
Una vez que dio de comer a los caballos, salió del establo y se dirigió a la cocina.
—Te has levantado muy temprano —dijo Percy, encontrándoselo en el patio—. ¿Deberías estar hoy a la vista de todos?
—Me he ocupado de los caballos. No espero que nadie haga mi parte del trabajo.
—No esperamos que hoy te pringues con los animales. Yo me encargaré de las gallinas y los cerdos. Métete en casa y mira a ver si Cookie necesita ayuda. Y quédate dentro. No podemos permitir que al novio lo hieran o lo maten el día de su boda.
Una sonrisa tiró de las comisuras de los labios de Gavin mientras entraba en la casa por la puerta de la cocina.
Cookie, sartén en mano, dio la vuelta a unos huevos y los devolvió al fuego.
Gavin echó un vistazo a su alrededor.
—Si buscas a Aurelia, Hannah le ha llevado el desayuno —dijo Cookie—. Se supone que no debes ver a la novia el día de la boda hasta la ceremonia.
—¿Quién inventó esa regla estúpida? —preguntó Gavin, decepcionado por no poder ver a Aurelia en todo el día. Se había acostumbrado a tenerla cerca en el poco tiempo que llevaba en Brighter Days.
—No es una regla…, es una tradición —le informó Cookie.
—Aun así, es una estupidez. —Y frustrante. Gavin tenía muchas ganas de verla, de asegurarse de que de verdad iba a seguir adelante con la boda.
—Sé útil y ocúpate de la tostadora, Blackstock —ordenó Cookie—. Vamos a dar de comer a la cuadrilla para que podamos limpiar la cocina y prepararla para las celebraciones de la tarde.
Gavin untó mantequilla en las tostadas y llevó una pila a la mesa. Ayudó a Cookie a llevar todos los acompañamientos habituales y a poner los cubiertos y los platos para todos.
A los pocos segundos de dejar las fuentes en la mesa, los asientos se llenaron y todo el mundo empezó a servirse comida.
Gavin se sorprendió a sí mismo buscando a Aurelia varias veces, deseando que estuviera con él.
Casi sin darse cuenta, se habían acabado los huevos, junto con más de un kilo de beicon y aún más salchichas. Los chicos lo echaron de la cocina, insistiendo en que era el novio y, como tal, debía prepararse para la boda.
—Aún faltan ocho horas —protestó él.
—Por eso, tienes que ir a relajarte y quedarte en casa, fuera del alcance de los disparos —dijo Collin—. He hablado con Hank Patterson esta mañana. Ha dicho que estaría aquí antes del mediodía con un puñado de sus hombres para inspeccionar la zona.
—Bien. No soy el único que podría salir herido si alguien empieza a disparar. Deberíamos limitar el número de invitados a aquellos que estén dispuestos a arriesgarse a estar en la línea de fuego.
—Bien pensado —dijo Percy. Puso una mano en la espalda de Gavin y lo giró hacia el salón—. Ve a afeitarte, o algo. Y no estaría de más que te ducharas. Hueles a mierda de caballo.
Gavin fulminó a Percy con la mirada.
—Bésame el…
—Caballeros —Hannah se aclaró la garganta—. Tenemos una boda que organizar en muy poco tiempo. Necesito que todos echéis una mano. Las sillas y la carpa llegarán en… —consultó el reloj—, diez minutos. Os necesito para ayudar a descargar, montar y colocar las cosas que traen.
Percy, Collin, Franklin, Vasquez y Young se dirigieron a la puerta.
Cuando Gavin empezó a seguirlos, Hannah se interpuso en su camino.
—Tú no. Necesito que te quedes dentro hasta el evento. Te necesitamos vivo para la ceremonia.
Gavin se rio.
—¿Y después?
Ella se encogió de hombros.
—Estaría bien que te quedaras para la luna de miel. La mayoría de las novias prefieren tener a sus novios con ellas para eso.
Él levantó la cabeza bruscamente.
—¿Luna de miel?
—Eso es —dijo ella, clavando la mirada en él—. Cortesía de Hank.
Frunció el ceño.
—¿Tengo algo que decir en todo esto?
—En realidad, no. —Hannah sonrió y le dio una palmadita en la mejilla—. Oh, deja de quejarte. La quieres y ella te quiere a ti. Sales ganando con esto. Hagamos que la boda sea memorable. No tendrás una segunda oportunidad.
—¿Amor? —Miró a Hannah como si se hubiera vuelto loca—. Acabo de conocerla.
—Y vas a casarte con ella. —Hannah parpadeó—. El Gavin que yo conozco no se casaría con nadie que no le importara. No diría «sí, quiero» a menos que sintiera algo por esa mujer. ¿Qué otra cosa podría ser si no es amor? —Sonrió de oreja a oreja.
—¿Lástima? ¿Locura? Daño cerebral, tal vez. ¿Pero amor? —Negó con la cabeza—. ¿No es mucho decir para una relación de tres días?
—Yo supe que amaba a Taz más o menos en el mismo tiempo. Cuando lo sabes, lo sabes y punto. —Dio una palmada—. Ahora, deja de hacerme perder el tiempo. Tengo un millón de cosas que hacer. —Se giró y gritó—: ¡Lori! ¿Dónde estás? Es hora de poner esto en marcha.
—¡Voy! —Lori entró cojeando en la cocina.
—Vete —le dijo Hannah a Gavin—. Hueles a establo. Dúchate, échate colonia, plancha el esmoquin. Queremos que impresiones a la princesa. ¡Tío, vas a pescar un buen partido! Alégrate de que no quiera un acuerdo prenupcial. —Se inclinó y lo abrazó rápidamente—. Estoy muy feliz por ti.
A Gavin lo hicieron salir de la cocina y le dijeron que subiera a su habitación.
—No mires a la novia —le gritó Lori—. Trae mala suerte.
—Suerte ni qué ocho cuartos —refunfuñó Gavin. Le dieron ganas de llamar a la puerta de Aurelia solo para demostrar que la suerte no existía.
Incluso levantó la mano, pero se lo pensó mejor en el último segundo. Quería verla, aunque solo fuera para demostrar que seguía allí. ¿Y si le había entrado el pánico y se había escapado antes de la boda? Gavin apoyó la frente en la puerta y la llamó en voz baja.
—Aurelia, ¿estás ahí?
Durante el instante más largo de su vida, no hubo respuesta.
Su corazón se detuvo durante ese instante, y contuvo la respiración.
Entonces ella respondió.
—Sí, estoy aquí.
Soltó de golpe el aire que había estado conteniendo.
—¿Estás bien?
—Estoy bien —respondió ella con voz suave, pero cercana, como si estuviera al otro lado de la puerta, tan cerca como él.
—¿Un «bien» de verdad? ¿O un «bien» de esos de «lee entre líneas, que me muero»?
—Un «bien» de verdad —dijo ella.
—Vale, solo comprobaba. —Debería haberse alejado de la puerta, pero no lo hizo.
Quería estar con ella. Abrazarla y decirle que todo iría bien—.
Podemos con esto, nena —susurró. Y entonces se apartó de la puerta y entró en su habitación a coger sus cosas para ducharse.
Tenía una boda para la que prepararse. Y quería tener su mejor aspecto…
y olor. Iba a casarse con una princesa. No quería espantarla antes de que llegara al altar.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que ya no estaba enfadado con ella.
Estaba preocupado por ella. Tenía una enorme carga sobre sus hombros y alguien que intentaba sabotear su compromiso de cuidar de sus súbditos.
Había hecho lo que tenía que hacer para asegurarse de que su país no cayera en las manos equivocadas.
Aurelia —no, la princesa Olivia— sería una líder justa y ecuánime para su país, y Gavin haría lo que fuera necesario para ayudarla en sus esfuerzos.
Al otro lado de su puerta, Aurelia se secó una lágrima rebelde de la mejilla.
Esta boda estaba completamente mal. Gavin era un buen hombre que se merecía a una mujer que velara por sus intereses.
No a una mujer que solo podía pensar en sí misma y en su país.
Él no tenía ni idea de la presión que suponía estar siempre en el ojo público, ni de la cantidad de diplomacia necesaria para moverse por el pantano de los líderes mundiales.
Sería un desgraciado en Lastovia, lejos de su querida Montana.
Después de ver parte de ese hermoso estado, Aurelia podía comprender la profundidad de su amor por su hogar.
Se sentía fatal por pedirle que lo dejara para irse con ella a Lastovia.
Pero tendría que pasar la mayor parte de sus días allí.
Y cualquier hijo que tuvieran tendría que ser criado como miembro de la realeza para comprender su lugar en la sociedad y entre los líderes mundiales.
Oh, lo que no daría por recuperar a su hermano y a sus padres.
Ellos podrían continuar con el reinado de los St. George, y ella podría ser simplemente Olivia, una chica a la que le gustaba viajar, una chica que quería casarse con un vaquero y vivir en Montana, donde criarían a media docena de niños iguales a su padre.
Otra lágrima rodó por su mejilla. Maldita sea, tenía que recomponerse. Una novia no podía presentarse a su boda con los ojos enrojecidos e inyectados en sangre.
Oyó la puerta de Gavin abrirse y cerrarse, y luego la puerta de enfrente del pasillo abrirse y cerrarse. Se estaría duchando, preparándose para la boda.