Capítulo 6
Aurelia apoyó la mejilla en el frío revestimiento de la puerta, deseando que el calor amainara.
Aún le hormigueaban los labios y sus entrañas se revolvían con una cálida ola de deseo.
¿Qué acababa de pasar? Había venido a Montana para casarse y tener un bebé antes de cumplir los treinta, no para enamorarse de él.
Por supuesto, eso sería un extra, pero no todas las bodas reales tenían por qué ser por amor.
La obligación heredada de producir un heredero era el principal objetivo del matrimonio. Ese había sido el legado de su hermano. Hasta que él y sus padres murieron en un accidente de coche.
Sus padres se habían casado por la inteligencia y el buen juicio del otro. Tras tener dos hijos y criarlos para que heredaran el reino, por fin habían encontrado un amor profundo y duradero y tiempo para pasar juntos.
Además de explorar el mundo, Aurelia había soñado con enamorarse y casarse con el hombre de sus sueños. Ahora solo esperaba casarse y tener el hijo que salvaría el reino de su gobierno.
Pero ese beso… Santo cielo.
Aquel beso llenó su tonto corazón de esperanza en un «y vivieron felices para siempre», una oportunidad de encontrar el amor y una vida con un marido y una familia.
Había besado a chicos en el colegio y a hombres en sus citas, e incluso había hecho el amor, pero nunca, nada le había hecho sentir el aluvión de sensaciones que había experimentado al besar a Gavin.
La conexión había hecho que le temblaran las rodillas y que fuera incapaz de recuperar el aliento. Y debió de causarle una buena impresión, porque estaba dispuesto a darle un día más a su descabellada propuesta.
Más que nunca, Aurelia sentía que esta era su única oportunidad. Si quería mantener intacto el legado de su familia, solo tenía un par de semanas para convencer a Gavin de que su matrimonio era lo correcto.
Después del beso, la idea de tener hijos había adquirido un contexto completamente diferente. Tener sexo con Gavin Blackstock no sería ningún sacrificio. Si hacía el amor con la mitad de pericia con la que besaba…
Aurelia se abanicó; el calor se extendía por todo su cuerpo, acumulándose en su vientre. Tenía que salir ahí y hacerle ver que tenían una oportunidad de vivir juntos, o no habría sexo con Gavin, ni boda, ni un hijo antes de su treinta cumpleaños.
Aurelia se deslizó unos calcetines en los pies y metió los pies en el par de botas dingo que el vendedor le había asegurado que eran el tipo de bota adecuado para llevar en un rancho.
Eran sorprendentemente cómodas. Tras meterse la camisa por dentro de los vaqueros y pasarse un cinturón de cuero por las trabillas, Aurelia se recogió su larga melena rubia en una coleta y salió de su habitación.
Tal como había prometido, Gavin la esperaba en el rellano. Le tendió la mano, no el brazo, y la estrechó entre las suyas. Juntos bajaron las escaleras y entraron en la cocina.
—Podríamos usar el comedor —dijo Hannah, de pie en medio de la gran cocina impregnada del maravilloso olor a comida—, pero la mesa de aquí es bastante grande, y los peones están acostumbrados a comer aquí.
—Los comedores formales son para bodas y funerales —dijo Percy—. Prefiero comer en la cocina, donde Cookie hace su magia.
—Gracias, Percy —un hombre bajo de brazos fornidos, pelo castaño muy corto y ojos verdes se arremangó las mangas por encima de los codos—. Puede que no te parezca magia cuando descubras que vamos a cenar estofado de ternera y pan de maíz.
Percy sonrió y se frotó la barriga:
—Magia pura, amigo mío. Magia pura. Te enseñaron bien en las Fuerzas Aéreas.
Cookie resopló.
—Jamás pisé una cocina en el servicio activo. Lo aprendí todo cuando me retiré.
A Aurelia se le hinchó el pecho de esperanza. Si Cookie podía aprender a cocinar a una edad avanzada, ella también.
Todo el equipo estaba reunido alrededor de una gran mesa de madera. En el centro de la mesa había fuentes de esponjoso pan de maíz amarillo, dos grandes soperas de estofado humeante y jarras de té helado.
Gavin le retiró la silla a Aurelia mientras ella tomaba asiento. Luego se sentó a su lado.
Los demás apartaron las sillas y se colocaron alrededor de la enorme mesa. Lori se sentó frente a Aurelia. Taz y Hannah se sentaron a la cabecera y a los pies de la mesa, respectivamente. Cookie trajo un par de cucharones grandes para el estofado y se sentó a la mesa.
En palacio, el cocinero nunca comía con la familia real. Tampoco lo hacía el personal ni los mozos de cuadra. A Aurelia le gustó la sensación de que todos en la sala formaban parte de una gran familia.
Acostumbrada a que el servicio sirviera la comida, Aurelia se recostó y observó cómo todos cogían la comida, la pasaban y se ayudaban unos a otros a servirse raciones en sus cuencos y en sus platos.
Atacaron el contundente estofado con entusiasmo y mordieron trozos del pan de maíz, parecido a un bizcocho.
Como nunca había probado el pan de maíz, Aurelia no estaba muy segura de cómo comerlo.
—¿Nunca has comido pan de maíz? —preguntó Gavin.
Aurelia negó con la cabeza, esperando que el pan de maíz no se sirviera normalmente en Maine.
—Hay quien considera que el pan de maíz es comida sureña. Cookie es de Luisiana. Así que verás algo de esa influencia sureña en sus menús —dijo Hannah—. A mí me encantan sobre todo su gumbo y su arroz sucio.
Gavin se inclinó hacia Aurelia.
—A algunos les gusta el pan de maíz con mantequilla. A otros, con mermelada. ¿A mí? Yo prefiero la miel —levantó un tarro del centro de la mesa y vertió una espesa miel sobre su pan de maíz. Luego le ofreció el tarro a Aurelia y sirvió una porción de pan de maíz en su plato.
Siguiendo su ejemplo, vertió miel sobre una esquina del pan. Con el tenedor, pinchó la esquina y se la llevó a la boca. La combinación del pan abizcochado y la miel se le deshizo en la boca.
—¿Te gusta? —preguntó Gavin.
Ella asintió, se echó más miel y dio otro bocado.
—A mí me gusta mojar el pan de maíz en el estofado —Lori cogió toda la rebanada de pan de maíz y mojó la punta en su estofado.
Pensando que no podía haber nada mejor que la miel, Aurelia lo probó de todos modos.
En lugar de ser pegajoso y dulce, el pan de maíz salió cubierto del estofado caliente y sabroso.
Cuando se lo metió en la boca, se convirtió en una explosión de sabor en su lengua.
No se había dado cuenta de la hambre que tenía.
Collin estaba sentado al otro extremo de la mesa, comiendo como si fuera su última cena. Probablemente estuviera contento de volver a Estados Unidos y comer alimentos más familiares.
—¿Qué tal el estofado y el pan de maíz? —preguntó Cookie.
Aurelia sonrió al hombre mayor.
—Maravilloso —dijo.
—Pues guardad sitio para la tarta de fresa y ruibarbo —dijo Cookie—. He hecho tres.
—Cookie, Aurelia no ha cocinado nunca —dijo Hannah—. Seguro que le gustaría aprender. ¿Podrías darle algunos consejos?
—Claro. Cuando quieras —dijo Cookie.
—Aurelia, ¿cuánto tiempo te quedarás con nosotros? —preguntó Hannah.
Con una rápida mirada a Gavin, Aurelia se encogió de hombros. Quería quedarse todo el tiempo que hiciera falta, pero no presionaría a Gavin, aunque su tiempo se estuviera acabando.
—No lo sé. Espero que lo suficiente como para ayudar por aquí.
—¿No te echará de menos tu familia? —preguntó Hannah, y se metió una cucharada de estofado en la boca.
A Aurelia se le oprimió el pecho. Aunque habían pasado más de dos años, todavía no podía hacerse a la idea de que ya no estaban. Negó con la cabeza, con la mirada fija en el estofado del cuenco que tenía delante.
—No me queda familia directa.
Hannah frunció el ceño.
—Siento oír eso. Cuando mi madre murió de cáncer, pensé que estaba sola en el mundo. Es la peor sensación que existe.
—Oye, me tenías a mí —dijo Gavin—. Los amigos son como la familia.
—Sí, te tenía, y sí, lo son —dijo Hannah—. Y luego me enteré de quién era mi padre.
—Y ahora me tiene a mí —Taz le guiñó un ojo a Hannah desde el otro lado de la mesa.
Hannah sonrió.
—Sigo echando de menos a mi madre, pero ayuda tener gente a la que quieres a tu alrededor —ladeó la cabeza—. ¿Te importa si pregunto qué le pasó a tu familia?
Cuando Aurelia vaciló, Hannah levantó la mano.
—No respondas si es demasiado doloroso.
Aurelia inspiró hondo y espiró lentamente.
—Mis padres y mi hermano mayor murieron cuando su coche se salió de la carretera hace dos años.
—Lo siento —dijo Hannah—. No sé qué es peor, perder a alguien tan de repente o ver sufrir a un ser querido hasta que finalmente fallece. Al menos, yo pude despedirme antes de que mi madre muriera.
—¿Podríamos hablar de algo más alegre? —Young levantó su vaso de té—. Me gustaría proponer un brindis por los nuevos amigos a los que les gustan los caballos —levantó su vaso hacia Collin y luego hacia Aurelia—. Por Collin y la señorita George. Bienvenidos a Brighter Days.
Todos los que estaban en la mesa levantaron sus vasos hacia los dos nuevos residentes.
—Por Collin y la señorita George —dijeron al unísono.
A Aurelia se le encendieron las mejillas.
—Gracias, pero debéis llamarme Aurelia. Señorita George es demasiado formal.
—Hecho —dijo Young y dejó el vaso sobre la mesa—. Cookie, creo que a Aurelia le gustaría un poco de esa tarta ahora.
—Nosotros las traemos —dijeron Franklin y Vasquez al unísono, y luego se levantaron de un salto y corrieron a la encimera donde las tartas se estaban enfriando—.
Trajeron dos de las tartas a la mesa. Luego Franklin volvió a la encimera a por la tercera tarta, y Vasquez fue a por los platos de postre y un cuchillo.
La conversación giró en torno a los últimos rescates del rancho.
—Estoy preocupado por Sassy —dijo Percy—. Da coces en su establo. Me temo que se haga daño.
—Y cuando la soltamos en el potrero, es difícil volver a meterla en el establo —dijo Franklin.
—Tiene que acostumbrarse al establo. En invierno hace demasiado frío para que esté fuera —dijo Hannah.