Capítulo 37 #3
No puedo enojarme con ella por amar al mismo hombre que yo. No cuando ese hombre es el más noble, valiente y dulce que he tenido la fortuna de conocer. No cuando ese hombre es capaz de robarle suspiros a cualquiera…
Eventualmente, la oficial que se encuentra dentro de la sala con nosotras recibe una llamada por la radio que lleva colgada en la cinturilla de los vaqueros y sale de sin decir nada. La psicóloga ni siquiera parece notar la ausencia de la mujer, ya que no deja de hacer preguntas ni un solo momento.
No me pasa desapercibido el hecho de que no hemos dejado de hablar de la relación que había entre Kim y Will antes de que falleciera. Estoy segura de que la doctora cree que ese ha sido el motivo del quiebre en la salud mental de mi amiga. Yo también lo creo.
—Dices, entonces, que Kimberly se fue del apartamento que compartían después de la muerte del padre de su bebé —la doctora afirma antes de alzar la vista de la libreta que lleva entre las manos.
Asiento.
—Ni siquiera fue al funeral. No volví a saber nada de ella hasta que apareció en el apartamento de Harry, lista para matarlo —digo. Mi voz denota cansancio. Ya no quiero seguir hablando sobre esto. No cuando se supone que debería de estar feliz por lo que pasó esta mañana.
La mujer hace otra anotación.
—Muy bien —dice—. Creo que esto será suficiente por ahora. Si llegase a tener alguna otra pregunta te mandaré llamar una vez más.
Se pone de pie. Yo también lo hago. Paula se aparta de la pared y se acerca a nosotras con toda la intención de despedirse de la psicóloga y, entonces, ocurre…
Un estallido resuena en la lejanía y las tres nos congelamos en nuestro lugar un segundo antes de mirarnos de hito en hito. El silencio lo invade todo.
—¿Qué fue eso? —la psicóloga habla con voz temblorosa e inestable, y un escalofrío de puro terror me recorre entera.
Paula clava la vista en la puerta, pero le toma unos instantes reaccionar y precipitarse hacia ella. La sensación vertiginosa de la adrenalina me invade cuando noto cómo se lleva una mano a la cinturilla de los vaqueros. Busca su arma.
En cuestión de segundos mi pulso se convierte en un golpeteo abrumador e irregular y trato de agudizar el oído para percibir otra cosa que no sea el sonido tembloroso de mi respiración. Otro sonido estridente lo invade todo y el caos se desata en ese instante.
Gritos horrorizados y aterrorizados truenan en el pasillo exterior y mi carne se pone de gallina cuando otro disparo truena. Paula se apodera de la manija de la puerta en ese momento.
—¡Espera! —digo, casi en un grito, y ella se detiene en seco para mirarme por encima del hombro.
—¿Qué? —espeta.
—No vayas —pido con un hilo de voz. La mandíbula de Paula se aprieta.
—Lo has oído, ¿no es así? Tengo que ir. Tengo que averiguar qué está pasando.
—Por favor, quédese aquí —suplica la psicóloga, y soy capaz de escuchar el terror en su voz—. No nos deje solas. No se vaya, por favor.
Paula duda durante unos instantes y, de pronto, el caos estalla…
Los gritos horrorizados provenientes del exterior, aunados al martilleo insoportable de los disparos, me aturden y me paralizan durante el tiempo suficiente como para que cientos de escenarios fatídicos se dibujen en mi cabeza.
Como para que la imagen de Tyler llene mis pensamientos y me haga imposible hacer otra cosa más que temblar debido al terror y la impotencia.
En ese instante la psicóloga se mete debajo de la mesa y Paula desenfunda su arma de un movimiento limpio antes de gritar en mi dirección.
—Rompe el vidrio de ahí. —Hace un gesto de cabeza en dirección al espejo que hay en la sala—. Hay una puerta que da hacia uno de los pasillos del interior. Sal de aquí y busca a Harry. Llévate a la psicóloga contigo.
Yo, sin más, comienzo a moverme. Busco desesperadamente algo con que romper el cristal, pero no es hasta que mi vista se posa en la silla donde me encontraba que la tomo y comienzo a golpearlo con todas mis fuerzas.
Las grietas aparecen en toda la superficie, pero esta no se rompe hasta mi tercer intento. La psicóloga sale de su escondite en ese momento.
—¡Rápido! —Paula grita y yo ayudo a la mujer a pasar a través de nuestra improvisada ruta de escape.
Una vez que la mujer se encuentra en el otro lado de la sala trepo yo también.
Los pequeños cristales filosos del borde se entierran en mis palmas en el proceso, pero trato de ignorar el dolor mientras llego al otro lado.
No hay nadie en este lugar. Dudo mucho de que haya habido alguien durante mi conversación con la psicóloga.
—¡Paula! —Llamo a la chica para que se apresure con nosotros, pero ella no se mueve—. ¡Vamos, Paula! ¡No voy a dejarte!
La policía suelta una maldición en ese momento y avanza hacia nosotras. Los disparos están por todos lados, los gritos y las órdenes a voces desgarradas no se hacen esperar y reprimo un sonido horrorizado cuando los vidrios de las ventanas que dan hacia el pasillo estallan.
Paula se deja caer al suelo en ese momento y observo cómo se arrastra para llegar hasta nosotras. Entonces la puerta se abre de golpe y un hombre vestido completamente de negro invade mi campo de visión.
—¡Vámonos de aquí! —La psicóloga tira de mi brazo y logra alejarme un par de pasos del vidrio quebrado.
Un grito de terror puro me llena los pulmones cuando miro a la chica tirada en el suelo alzar su arma en dirección al tipo.
Ni siquiera logra terminar de levantar los brazos.
Ni siquiera logra hacer nada cuando el estallido de un disparo lo invade todo y ella cae al suelo con la mitad superior de la cara destrozada por completo.
El horror construye un grito en mi garganta cuando veo el cráneo destrozado y ensangrentado de Paula y el ángulo antinatural en el que ha caído el resto de su cuerpo. Lágrimas aterrorizadas se agolpan en mi mirada y me cubro la boca con una mano para evitar vomitar.
Quiero gritar. Quiero llorar. Quiero aovillarme en el suelo y quedarme ahí hasta que lo que acabo de presenciar se disuelva en mi memoria; pero, en su lugar, me echo a correr en dirección a la puerta de la que Paula habló.
Corro por un enorme pasillo mientras grito por ayuda, pero aquí no hay nadie.
La psicóloga no deja de llorar como una niña pequeña al tiempo que trata de aguantar mi paso con los pies enfundados en unas inmensas zapatillas.
—¡Quíteselas ya, con una mierda! —le grito al tiempo que me giro para encararla.
Ella asiente en ese momento y, justo cuando estoy a punto de echarme a correr de nuevo, el alma se me cae a los pies.
El tipo de negro avanza a toda velocidad en nuestra dirección. Grita algo en un idioma desconocido y sé, en ese momento, que habla con alguien más. No puedo evitar preguntarme si lleva alguna especie de intercomunicador en el cuerpo. No puedo evitar preguntarme si es con Tyler con quien habla.
Me echo a correr. La psicóloga corre justo a un paso detrás de mí y grita algo acerca de una escopeta.
Quiero creer que ha gritado que el hombre lleva una.
Un sonido estrangulado y torturado se escapa de los labios de la psicóloga y giro el rostro solo para encontrarme con que nuestro atacante se encuentra a escasos dos metros de distancia de nosotros.
La doctora Ritchie cae al suelo en ese momento y el tipo no pierde el tiempo. Apunta su arma en dirección a la cabeza de la doctora y dispara. Un gemido horrorizado brota de mi garganta cuando la sangre caliente de la mujer que hace unos minutos se encontraba viva me salpica.
Tiemblo. Tiemblo con tanta fuerza que apenas puedo mantenerme de pie. Entonces, trato de correr de nuevo, pero el tipo de la escopeta es más rápido y me alcanza antes de tirarme al suelo. Trato de quitármelo de encima, pero es imposible. Es demasiado fuerte.
Un grito de terror se me escapa, pero no dejo de luchar. No dejo de golpearlo una y otra vez en la cara. No dejo de pelear con toda la fuerza de mi cuerpo, a pesar de que no logro hacer otra cosa más que aligerar su agarre en mí.
El hombre espeta algo que suena como a una palabrota en un idioma que, a mis oídos, suena como ruso o quizás alemán, y se aparta de mí solo para apuntarme con la escopeta que lleva entre los dedos.
Yo dejo de moverme. El pánico se arraiga en mis venas a pesar de que no quiero rendirme y cierro los ojos.
Cierro los ojos porque sé que se ha acabado.
Voy a morir. Todo ha terminado…
—¡No la mates! —El grito de una voz familiar me hace abrir los ojos de golpe solo para encontrarme con la visión de otro hombre vestido de negro corriendo hacia nosotros.
El aturdimiento se apodera de mí en un abrir y cerrar de ojos, y no es hasta que el nuevo atacante se quita el pasamontaña que me doy cuenta de quién se trata…
—Tyler… —digo, casi sin aliento, y él esboza una sonrisa radiante.
—¿Quién lo diría? —dice antes de soltar una pequeña carcajada—. Vine a matar a Robert Griffin y terminé encontrándome a Maya Bassi en persona. ¡Me he sacado la puta lotería!