Monstruo (Bestia nº 2) Capítulo 36 #4
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Capítulo 36 #4

—Porque es guapo —digo—, y honesto, y gracioso, y…

—¡Basta! —Harry tapa mi boca con una de sus manos y mis carcajadas aumentan. En ese momento, empezamos a forcejear el uno con el otro entre risas y palabras ahogadas.

Luchamos un rato dentro del coche y, una vez que me acorrala contra el asiento trasero y me hace enlistar en voz alta sus cualidades más atractivas, me deja ir.

No hemos dejado de sonreír desde entonces.

No hemos dejado de acariciarnos las manos y los brazos constantemente mientras conduce en dirección desconocida.

—Hablé con Douglas Schneider —dice al cabo de un rato en silencio.

—¿Acerca de qué? —pregunto, con aire distraído.

—De la situación de Hayley.

Asiento.

—Supongo que ya sabes que es imposible que yo la cuide, ¿verdad?

Harry suspira.

—Es una mierda que tenga que estar en una institución del gobierno cuando hay alguien aquí que está perfectamente capacitado para cuidar de ella —dice, y un destello de frustración se filtra en su voz.

—Ya ni siquiera sé qué es lo que espero respecto a ese asunto, ¿sabes? — me sincero—. Una parte de mí desea que Hayley sea capaz de regresar con su madre, pero al mismo tiempo soy consciente de que Kim no es la persona indicada para criarla en este momento.

Se hace el silencio.

—Tampoco quiero que otra familia la tenga —continúo, al cabo de un rato—; porque, por muy egoísta que suene, no soporto la idea de no volver a verla jamás.

Apenas he pasado unas semanas sin frecuentarla y ya la extraño como el infierno.

—La tristeza tiñe mi voz—. Lo peor de todo es que tampoco es como si pudiese adoptarla.

No tengo nada que ofrecerle. Ni siquiera tengo un maldito trabajo.

¿Cómo pretendo hacerme cargo de una criatura si ni siquiera tengo con qué alimentarla?

Un juez no me daría su custodia ni drogado.

Se hace el silencio.

—¿Maya?

—¿Sí?

—¿De verdad quieres adoptarla?

Otro silencio.

—Sí… —Me sincero y siento cómo sus dedos aprietan los míos.

—Entonces, cásate conmigo.

Sus palabras caen sobre mí como un baldazo de agua helada y, al mismo tiempo, se siente como si algo cálido y luminoso se hubiese encendido dentro de mí.

—¿Qué?

—Cásate conmigo. —Me dedica una mirada fugaz y el nerviosismo que veo en su expresión hace que mi corazón se acelere.

—Harry…

—Piénsalo —me interrumpe—. Podríamos adoptar a Hayley. Podría hablar con el comandante para que limpie mi historial y tengamos más oportunidades de obtener su custodia. Tengo un trabajo estable, un apartamento… ¿Por qué no intentarlo?

—No quiero que te cases conmigo solo porque quiero la custodia de Hayley. —Mi voz es un susurro inestable y débil.

—Quiero casarme contigo porque te amo, Maya.

—La resolución en su tono envía un escalofrío por mi espina dorsal—.

Quiero casarme contigo porque tengo la certeza absoluta de que es contigo con quien quiero pasar el resto de mis días.

Estoy tomando a la pequeña como un maldito pretexto para proponértelo sin sonar como un completo lunático por la premura del tiempo.

Me falta el aliento. Mi pulso golpea con violencia justo detrás de las orejas y mi corazón parece estar a punto de hacer un agujero para escapar del pecho y, de pronto, la imagen de él levantándose a mi lado todas las mañanas por el resto de mis días invade mi cabeza.

La sola idea hace que mi estómago se estruje y que mi respiración se atasque en la garganta.

No puedo creer que siquiera lo haya dicho en voz alta.

No puedo creer que esté pidiéndome que me case con él cuando todo nuestro mundo es un caos andante.

Es una completa idiotez. Una estupidez de tamaño monumental y, al mismo tiempo, es la cosa más maravillosa que ha podido pasarme en mucho tiempo…

—Esto es una locura. —Mi voz suena estrangulada debido al centenar de emociones que me llenan el cuerpo.

—Nuestra vida entera es una completa locura, Maya —dice, y suelta una carcajada nerviosa.

Niego con la cabeza, en un gesto incrédulo.

—¿Eres consciente de lo que estás pidiéndome? —Aún no puedo creer que lo haya dicho. Aún no puedo terminar de procesarlo…

—Plenamente —asiente y me dedica otra mirada rápida.

Se hace el silencio. Ninguno de los dos se mueve. Ninguno de los dos deja de esperar a que el otro diga algo…

«¡Por el amor de Dios, Maya! ¡Es una jodida estupidez! ¡¿Cómo se le ocurre?!», grita la voz de mi cabeza, pero la ignoro por completo. La ignoro porque el rugido de mi corazón es más intenso, y la adrenalina que me invade es insoportable…

—Sí… —digo, al cabo de un inmenso momento, y un extraño peso se coloca sobre mis hombros. Este, sin embargo, es agradable y dulce.

Mi voz interior sigue gritándome que esto es una completa locura, pero el resto de mí se siente al borde del éxtasis. Justo en la cima del mundo.

—¿Sí? —Harry suena incrédulo y aterrorizado. Una sonrisa aliviada se dibuja en los labios del chico a mi lado, pero el asombro y el terror se han apoderado de sus facciones.

—Sí asiento—. Quiero casarme contigo, Harry. Quiero esto contigo.